Siempre he querido deslindar mi gusto personal por el trabajo de un músico, del modo en que aprecio el impacto de ese músico en la sociedad, en determinados grupos humanos. En ambos casos he tratado de no contaminarme con el bombardeo de la publicidad comercial o la ausencia de ella, según sea el caso, y ser responsable al emitir criterios.
En la música que escucho como melómana no hay un solo tema de Bad Bunny. Dentro de la que escucho como aprendizaje o actualización profesional, en un ejercicio al que me obligo no pocas veces con no pocos intérpretes me he acercado a los trabajos de Rosalía, C Tangana, Karol G., y en el caso de Benito, el album Debí tirar más fotos fue el primero que logré escuchar completamente.
Me acerqué con respeto a todos ellos y tratando de evadir lo más posible el prejuicio, porque siempre recuerdo que todo género o estilo musical surgido desde la creación popular ha sido siempre históricamente estigmatizado por quienes se han considerado con el derecho a fijar normas, a la excomunión cultural y al castigo social.
No olvidar que en la década de los 20 del siglo XX el son “era música de negros”, hasta que penetró sin remedio los salones de la alta sociedad haciendo imposible que las caderas y los pies de las “señoras bien” se quedaran tranquilas. No olvidar que en el Club Atenas –aquella sociedad de negros y mulatos de clase media y profesionales–, en sus inicios se le prohibió a Arsenio Rodríguez tocar en sus salones y se decretó que era mejor bailar valses vieneses que el son y la guaracha. ¡Y ni qué decir de la rumba! El danzonete fue criticado; esa cosa loca que es el mambo fue rechazado en Cuba en sus inicios y escandalizó a la sociedad mexicana cuando empezó a reinar en salones de baile y pantallas de cine; Brigitte Bardot se encargó de resignificar el cha cha chá para rubor y escándalo de la pacata sociedad europea.
Por eso nunca quise opinar sobre el reguetón y el reparto: porque la historia de la música cubana me gritaba que mirara para atrás.
El éxito global del Conejo Malo, al que nadie debería cuestionarle lo trabajador y creativo que ha demostrado ser, desata las pasiones más enconadas y encontradas. No necesariamente su aceptación mayoritaria por millones de jóvenes y no tan jóvenes en el mundo es resultado únicamente de las más sutiles y masivas técnicas de marketing, o de la eficacia del algoritmo. Nos guste o no, hay un calado real en esos millones de personas que se identifican con su música y las letras de sus canciones, pero no pasa nada si yo o cualquiera de ustedes decidimos no integrar esa cifra global y quedarnos fuera motu proprio. Nuestra renuencia personal a aceptar una manifestación artística, una expresión musical, pasa por gustos personales y también por condicionamientos y percepciones socioculturales, y hasta por zonas de silencio y ausencias en el conocimiento de este fenómeno, pero no cambiará la realidad.
Nada de esto impedirá el impacto en una parte mayor o menor de la sociedad, pero mucho más si esa música es comunicada junto a un mensaje no necesariamente político, pero sí motivador de innumerables empatías que surgen de vivencias, experiencias y anhelos personales y colectivos en las que tanto los individuos, como las comunidades pueden verse reflejados.
Es lo que ha pasado con Debí tirar más fotos, su mirada a la tradición y al pasado musical del Caribe, y su abordaje simbólico, expresivo y motivacional en clave de orgullo y pertenencia por parte de Benito. Si a eso sumas un contexto polémico, supremacista y sancionador donde esa pertenencia está siendo sometida a escrutinio y demérito, entonces, todo lo que Benito propuso anoche, ya presente en su disco y en su gira DTMF magnifica tanto el mensaje, como su recepción. Es lo que ha pasado con su espectacular show en el 60 Super Bowl, cuando toda una comunidad multinacional, multicultural, se ha visto reivindicada, más allá de la música, gracias a la música, o a pesar de la música.
En lo personal, no he tenido que convertirme a la religión de sus adeptos y seguidores incondicionales para apreciar y aplaudir a Benito anoche, a lo que allí ocurrió y sí, a sentir un estremecimiento de emoción ante tal despliegue de música, recursos de producción y energía. Sí, emoción y estremecimiento, porque también me crié entre boleros llorones y telenovelas color rosa, pero nunca bailando valses, como en el Club Atenas.