Ballet en Miami: Una tarde suntuosa en el Santuario de las Artes

El Ballet Clásico Cubano de Miami brindó un esplendido espectáculo con piezas del repertorio de la compañía, inspiradas en obras de Phillip Glass, David Dorantes, Heitor Villa-Lobos, Ernesto Lecuona, Nikolai Tcherepnin e Ignacio Cervantes, las que hicieron posible “ver la música y oír la danza”.
Kyra Werbin, Graceanna MacKaron y Cynthia Ham en HABANERAS. Foto: Guillermo Menéndez.

El Santuario de las Artes de Coral Gables ofreció el espectáculo Una tarde con el Ballet Clásico Cubano de Miami, el pasado domingo 12 de abril, con una selección de piezas del repertorio de la compañía, inspiradas en obras de Phillip Glass, David Dorantes, Heitor Villa-Lobos, Ernesto Lecuona, Nikolai Tcherepnin e Ignacio Cervantes, las que hicieron posible “ver la música y oír la danza”, porque como expresara el genial coreógrafo George Balanchine: “El baile es la música hecha visible”.

A veces en función de crítico se hace difícil encontrar el adjetivo más adecuado para calificar un espectáculo, pero, en este caso, no dudé en utilizar suntuoso, que cumple toda una significación para lo radiante, fastuoso y opulento, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Y sí, todo eso es aplicable a lo que vi en esa hermosa tarde dominical en el Santuario.

Suntuoso y exquisito, sí señor, desde la pieza Nosotros, con coreografía de Eriberto Jiménez y música de Phillip Glass, y que interpretaron muy fluidamente Eleni Gialas, Natalia Rocamonde, Natanael Leal y Oscar Medina, con el depurado estilo neoclásico que caracteriza a las creaciones coreográficas del maestro Jiménez, en feliz conjunción, en este caso, con el estilo arquitectónico del edificio que les sirvió de escenario.

Aquí debo aclarar que el término neoclásico en arquitectura tiene un significado y una época muy diferentes que en el ballet, ya que en la arquitectura ocurre después del barroco y del rococó, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII hasta finales del siglo XIX, como una reinterpretación de la arquitectura grecorromana de la antigüedad. Mientras, en el ballet aparece desde principios del siglo XX, se consolida en las décadas de 1920 y 1930, y continúa vigente hasta nuestros días, como una evolución del ballet clásico hacia formas más libres, más simples, con nuevos temas –incluso abstractos, sin argumento– y sin la rigidez de aquel, como el clásico pas de deux, con adagio, variaciones y coda, por poner un ejemplo, y hasta con influencias de las danzas que aparecen reflejadas en las vasijas y murales grecorromanos, en lo que resulta un punto en común con la arquitectura de igual apellido, quizás involuntario, pero sin dudas muy interesante.

Y de regreso a Nosotros, la virtuosa técnica de sus cuatro intérpretes estuvo completamente en función de la intención del coreógrafo de honrar todas las variaciones del amor entre los seres humanos, como sucede en la vida real desde que el mundo es mundo.

Natanael Leal y Oscar Medina.
Foto: Guillermo Menéndez

Por cierto, sería pertinente recordar que el estilo romántico en el ballet, desarrollado en Francia entre 1830 y 1850, con especial énfasis en las leyendas medievales como la del ballet Giselle (1841), terminó justo cuando la arquitectura llamada también romántica o historicista en Occidente estaba en auge, inspirada tanto en la grecorromana como la neoclásica, e incluso en la medieval, como el neogótico, pero con nuevos materiales como el acero estructural, que permitió columnas más altas y esbeltas en las catedrales neogóticas hasta finales del siglo XIX.

Después de Nosotros, Alexandra Werble salió a escena a defender el solo Semblanzas, con coreografía de Natalia Rocamonde y música de David Dorantes, en el cual la bailarina interactuó muy segura con una larga chalina negra (¿velo, burka?) –a lo Isadora Duncan, la sacerdotisa de la danza moderna– y que al final arrojó al piso, en un muy simbólico acto liberador.

A continuación, tuvo lugar una feliz fusión entre la danza y el arte lírico, con Baquianas, coreografia de Eriberto Jiménez y música de Heitor Villa-Lobos, danzada por Graceanna MacKaron, Emily Ricca, Natalia Rocamonde, Courtney Stolhton y Kyra Werbin. La pieza transcurrió con el lujo de la presencia y la voz de la exquisita soprano Marinel Cruz para mayor realce de su acoplado trabajo grupal, con un llamativo vestuario en evocación de Salvador de Bahía en Brasil.

La soprano Marinel Cruz con Graceanna MacKaron, Emily Ricca, Natalia Rocamonde, Courtney Stolhton y Kyra Werbin en BAQUIANAS. Foto: BSM

Después de esa grata incursión acústica y dancística en la exuberante floresta amazónica que Villa-Lobos tanto enalteció con su suite homónima –relacionada por supuesto con sus Baquianas –, el pianista Isaac Rodríguez revivió magistralmente desde su teclado apenas una parte del gran legado musical del célebre compositor cubano Ernesto Lecuona, pero ello fue suficiente para que Natalie Álvarez, Eleni Gialas y Cynthia Ham honraran su memoria e «hicieran visible” la música de Lecuona Suite, coreografiada por Eriberto Jiménez con su danza.

El pianista Isaac Rodríguez con Cynthia Ham en LECUONA SUITE.
Foto: Guillermo Menéndez

Si bien las tres obras reseñadas son ballets sin argumento –muy en la cuerda de Balanchine–, el maestro Eriberto Jiménez escogió un tema nada abstracto para su siguiente trabajo coreográfico: el solo Narciso, inspirado en el mito griego homónimo, con música de Nikolái Tcherepnin. Aquí Ariel Morilla demostró un gran dominio, tanto escénico como técnico, de este personaje, que se fascina con su propia imagen reflejada en un estanque y se lanza tras ella.

Ariel Morilla como Narciso. Foto: Guillermo Menéndez

Después de la “desaparición” de Ariel en el estanque imaginario del piso escénico del Santuario, correspondió a Natalie Álvarez, Graceanna MacKaron, Cynthia Ham, Courtney Stolhton y Kyra Werbin convertirse en cinco elegantes damas habaneras, que con la hermosa música de Ignacio Cervantes como nostálgica banda sonora, bordaron la coreografía del maestro Eriberto Jiménez con tanta gracia y cubanía, que la Fundación APOGEO de Miami le va a dar a Eriberto el Premio Cristo de La Habana en octubre de 2026. Tal vez, en una Cuba futura en libertad, ellas tendrán un lugar preferente en el Malecón, en cuyo muro Natalie podrá volver a dar –sin moverse un ápice del lugar– los impresionantes fouettés intercalados con los vertiginosos pirouettes de que hizo gala en esta feliz tarde; les deseo que ninguna de ellas se tope por allí con el personaje del “chulo” cubano que Oscar Medina interpretó tan bien en Habaneras y que me trajo a la mente a Alberto Yarini y Ponce de León (1882-1910), el mítico personaje de la cultura cubana que tanto hacía sufrir a sus amantes, aunque, como dice el dicho: “El que por su gusto muere, la muerte le sabe a gloria”.

Sueño de una tarde dominical en la Alameda (1947)/Mural de Diego Rivera.

En fin, reafirmo que fue “una tarde suntuosa en el Santuario de las Artes”. Mucho hay que agradecer al maestro Eriberto Jiménez por esta función de ballet tan hermosa y quiero extender mis más cálidas felicitaciones a su staff y a todos sus esforzados y talentosos bailarines. Esta jornada fue para mí fue como un preámbulo premonitorio del ballet en progreso Sueño con Martí en la Alameda, que prepara el maestro Eriberto Jiménez, con música de Silvestre Revueltas y libreto de mi autoría a partir del mural de Diego Rivera, Sueño de una tarde dominical en la Alameda (1947), donde aparece nuestro José Martí junto a Frida Kahlo y Diego niño, entre otras figuras históricas.

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