Jorge Losada (1933-2026), un pilar de humanidad

Actor de larga y prolífica carrera, Losada fue un hacedor incansable que deja una reconocida obra en el teatro, la televisión y el cine cubanos, marcada por su versatilidad, carisma y don de gente.
El actor Jorge Losada, fallecido en La Habana a los 92 años. Foto: Facebook.

El Domingo de Pascua nos trae la ingrata noticia del fallecimiento en La Habana del actor Jorge Losada Moreno, a los 92 años, luego de un padecimiento que lo mantuvo luchando valerosamente por la vida durante largo tiempo.

Actor de larga y prolífica carrera, Losada fue un hacedor incansable, dispuesto siempre a asumir los roles que se le encomendaban con profesionalismo, entrega y buen ánimo, sentido de la cooperación y una cuota de humor que contagiaba el ámbito de creación. Era un tipo cabal, de esas personas para quienes los obstáculos son retos realizables y las dificultades se enfrentan con buena cara; alguien que era una bendición tenerlo en un equipo de trabajo o en una descarga entre amigos, por su buena onda y espíritu positivo.

Pero sobre todo, porque fue una persona dotada de una condición humana excepcional. Su amor por la vida y por sus semejantes fue la savia que le permitió prolongar su existencia, contra todos los pronósticos médicos, más allá de toda previsión, sobreponiéndose a las carencias extremas y la desatención proverbial de los tiempos cubanos que nos acechan.

Losada comenzó su carrera como declamador en la radio de los años 50 y debutó en el cine con la histórica película Soy Cuba (1964), de Mijail Kalatazov. Fungió también como subdirector del Estudio Lírico de La Habana, dirigido por Alina Sánchez, donde se desempeñó como actor y director de escena.

Su trabajo en el teatro fue sostenido durante décadas, mientras que su filmografía acumuló más de 20 títulos, entre los que cuentan las películas Maluala (1979) y Techo de vidrio (1982), de Sergio Giral; Patakín (1982), de Manuel Octavio Gómez; Alicia en el Pueblo de Maravillas (1990), de Daniel Díaz Torres; Me alquilo para soñar (1990), de Ruy Guerra; Guantanamera (1995), de Tomás Gutiérrez Alea; y El cuerno de la abundancia (2008), de Juan Carlos Tabío.

Si algo caracterizó su paso por el teatro, el cine y la televisión fue la versatilidad de su fibra actoral, lo mismo para interpretar un drama espeso que para la más hilarante comedia, género en el que deja memorables escenas. Y también su disposición para trabajar y colaborar estuvo abierto a todos los proyectos, escuchando siempre a los jóvenes y a quienes contaron con él para empeños en el cine independiente. Sin petulancia, con una sencillez que desarmaba, algo que parece una virtud definitivamente ida de nuestro acontecer contemporáneo.

Lo conocí a comienzos de los años 80 cuando formaba parte del elenco del Teatro Musical de La Habana, bajo la dirección general de Héctor Quintero. No fuimos amigos entrañables, pero mantuvimos desde entonces una afectuosa comunicación que no se destiñó a pesar de los prolongados intervalos de tiempo sin vernos. Nos reencontramos en Miami hace un tiempo, justamente una tarde de domingo, y las anécdotas y su carisma resultaron un regalo prodigioso, emotivo y risueño a la vez, dejando un recuerdo perdurable de su don de gente.

Luz y espléndido viaje en esta fecha de celebraciones religiosas, cumpliendo el ciclo espiritual para alguien que había nacido un 4 de diciembre, al amparo de Santa Bárbara (¿o Changó?). Abrazo eterno, querido Jorge, gracias por tu contribución auténtica a la cultura y al sentir cubanos.

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