– Mención recurrente en las trasmisiones televisivas durante cada partido de los Rojos de Cincinnati, el lanzador zurdo Aroldis Chapman es -a despecho del gobierno de la isla- la más reciente joya de las Grandes Ligas adquirida en el incipiente mercado cubano, un escenario que otra vez es fuente de conjeturas… y esperanzas.
No puedo recordar el instante preciso -¿sería con el salto de René Arocha, en 1991?- pero al menos durante los dos últimos decenios, de los 39 años en que escribí de béisbol en Cuba, la posibilidad de que jugadores de San Antonio a Maisí incursionen en el deporte organizado ha sido un comentario sotto voce en los más exclusivos escenarios.
“La gente [en Cuba] admira a los Van Van y al Ballet Nacional, no envidian su nivel de vida, y lo mismo va a pasar cuando vean a nuestros jugadores manejando un buen carro o pagando para que les construyan una casa con piscina en su provincia, allí donde los vieron crecer”, me comentó una vez, en su oficina del estadio Latinoamericano, un comisionado a quien por razones obvias no debo identificar.
“¿Qué es mejor? –agregaba aquel funcionario. ¿Formar al jugador con nuestros modestos recursos y después servirlo en bandeja de plata, o al menos participar de sus ganancias en las Grandes Ligas?”
Ese criterio está generalizado entre la familia beisbolera dentro de Cuba, por lo menos lo estaba hasta hace unos meses cuando vine a este país. Y dudo que nadie piense ahora lo contrario. Las charlas sobre el tema desembocaban siempre en una interrogante pesimista: ¿pero quién convence al hombre [Fidel]?
Yo también creo que el ex gobernante (¿o gobernante de vuelta?) es el único freno ante un eventual cambio en la estructura del deporte allí, lo que sería consecuencia -o detonante- de otros cambios dramáticos, porque el béisbol en Cuba, desde Emilio Sabourín y aún bajo la tutela colonial, ha sido estandarte de nacionalidad y no un simple entretenimiento.
No importa que el director de turno en el béisbol de Cuba o el mismísimo presidente del Comité Olímpico del país repitan las diatribas sobre los supuestos pecados del profesionalismo. De labios de hombres de otra generación brotan ideas muy diferentes. “Hay que topar para desarrollar a nuestros peloteros”, comentó más de una vez a los periodistas cubanos, a título íntimo, el médico de la selección nacional y actual vicepresidente de la Federación Cubana de Béisbol.
A él sí me atrevo a identificarlo, porque se llama Antonio y no es hijo de Cronos, así que se encuentra a salvo de ser devorado por su padre. Tony (se apellida Castro Soto del Valle), un joven de trato exquisito, cirujano ortopédico de profesión y muy querido por los peloteros cubanos (¿será además porque lo ven como la representación del poder entre los mortales?). Antonio -hijo del Hombre ahora redivivo- fue elegido hace menos de un año como tercer presidente de la Federación Internacional de Béisbol (IBAF), la organización que controla lo que en un pasado reciente se daba en llamar el béisbol aficionado en el mundo.
Algunos quisieron ver el nombramiento de Tony como un gesto ambicioso de su parte. Nada de eso. El médico no necesita ser miembro de entidad alguna para vestir un mono de Adidas o montarse en un avión con el equipo nacional en ruta hacia cualquier competencia internacional.
Si oportunismo hubo, tal vez gravitó en los votos de algunos de los delegados de la IBAF en la reunión de Lausana, el pasado diciembre, en franco coqueteo con ese muchacho de sonrisa jovial para convertirlo en tercer presidente de la Federación. Tal vez a sabiendas de que, a la vuelta de la esquina, don
Antonio podría tomar las riendas de un nuevo béisbol en Cuba y conducirlo a las Grandes Ligas.
* Cronista deportivo que tuvo a su cargo la columna de béisbol del diario Juventud Rebelde por 39 años. Abandonó la delegación cubana durante la celebración del II Clásico Mundial en San Diego, California.
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