La controversia desatada tras los pronunciamientos de un Doctor en Ciencias, Roberto Caballero Grande, en un descuadrado programa de la Televisión Cubana sobre el consumo del arroz, me han motivado a retomar un libro de obligada referencia que, lamentablemente, fue pasado por alto a la hora de su publicación entre los expertos, cubanólogos y rebobinadores del tema cubano en los espacios al uso. Me refiero a Rice in the Time of Sugar (2019), del profesor emérito e historiador Louis A. Pérez.
Se trata de un clásico que indaga en la historia de la producción y consumo arroceros en Cuba desde la época de la colonización española y de cómo el arroz se entronizó como alimento básico de la dieta nacional desde comienzos del siglo XIX.
Minimizar el papel del arroz en un país donde ninguna comida parece completa sin un plato de arroz en diversas variantes, derivado en un marcador de cultura e identidad culinaria, es realmente un disparate a cualquier escala, académica o callejera.

Pero este libro es mucho más. Es un estudio profundo que problematiza la relación de contrapunteo entre el azúcar y el arroz, paralelo al ya conocido entre el azúcar y el tabaco, y que explora con lucidez la manera en que el comercio azucarero tradicional de Cuba condicionó una economía dependiente de la importación de alimentos.
Louis Pérez, quien es también autor de un título imprescindible sobre el suicidio en Cuba (To Die in Cuba, 2008) y del memorable On Becoming Cuban (1999), dedicó diez años de estudio al tema del arroz para llegar a fascinantes revelaciones estadísticas, aportes documentales y conclusiones para ponernos a pensar en torno a nuestro «dilema arrocero».
Todavía no me explico la poca difusión que ha tenido este libro en el mundo académico de Estados Unidos y entre los estudios cubanos. Porque la perspectiva de la investigación del profesor Pérez es un acto de reivindicación en favor de “sacar al arroz de la oscuridad historiográfica, situándolo en el centro de la forma misma de concebir el pasado cubano y de interrogar las maneras en que las fuerzas del mercado global se infiltraron en el sistema nacional”.

Pérez rescata al arroz cubano y lo pone en el mapa de la conflictividad política con Estados Unidos.
En las 249 páginas de este libro sale a la luz una poderosa cultura arrocera que penetraba la vida social del país y los incesantes esfuerzos cubanos por diversificar la economía mediante la expansión de la producción de arroz, lo que enfrentó una agresiva resistencia de los productores de arroz de Estados Unidos, que dependían del mercado cubano tanto como la industria azucarera cubana dependía del mercado estadounidense.
Fue así como el arroz enconó las relaciones de Washington con La Habana, especialmente durante el gobierno dictatorial de Fulgencio Batista (1952-1958). Una legión de cabilderos de los productores de arroz y políticos estadounidenses de Texas y Luisiana buscaron insistentemente frenar las crecientes cosechas arroceras de la isla. Los productores y congresistas se animaron a proponer represalias que implicaban recortar la cuota de azúcar en una lucha por controlar los mercados arroceros cubanos.
Para fines de los años 50, la producción arrocera de Cuba cubría el 60% de las necesidades del país, con la impronta decisiva de Batista (por cierto, Pérez apunta que los períodos de Batista y Gerardo Machado resultaron espléndidos para el crecimiento arrocero cubano). De manera que el Departamento de Estado, bajo presiones políticas, intervino para detener el auge arrocero de 1952-1956, e incluso el autor no vacila en afirmar que fue un factor que socavó la capacidad de Batista para mantenerse en el gobierno, ya bajo tensas relaciones comerciales con Estados Unidos.
Las cartas que se relacionan en el libro son realmente una lección de economía política a partir de los granos de arroz.

De manera que resulta perfectamente explicable el respaldo de los arroceros cubanos a la flamante revolución de Fidel Castro en 1959, incluyendo terratenientes y empresarios acaudalados que luego romperían tajantemente con el proceso en marcha.
Pero ya sabemos lo que hizo Fidel Castro con la industria arrocera. La espiral de la destrucción que, curiosamente, repitió los esquemas tradicionalmente opuestos a la diversificación agrícola. La ilusión del café Caturra, el cordón de La Habana y la zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar se desvanecieron. Para 1977 el propio Castro, declaró púbicamente que Cuba podía obtener $7,000 dólares por hectárea de azúcar, frente a $400 dólares por maíz, arroz, café u otros cultivos, respondiendo al modelo de intercambio comercial del CAME.

Y llegamos a los días actuales, en que el gobierno cubano ha sido incapaz de garantizar el alimento privilegiado de la dieta nacional, y ha recurrido a gestores vietnamitas para tratar de componer la batea de la producción arrocera.
A comienzos de este año, a raíz de la incursión vietnamita por Pinar del Río, contacté al profesor Pérez en la cátedra J. Carlyle Sitterson de la Universidad Estatal de Carolina del Norte. Su respuesta fue corta pero contundente: “Es verdad: la historia del arroz en Cuba es realmente surrealista”.
Rice in the Time of Sugar es una lectura recomendable para hablar de arroz cubano con conocimiento de causa, si es que la conversación quiere rastrear seriamente una historia que pudo tener un final espléndido, pero que ha desembocado en una catástrofe improductiva.