Guerra de Angola: Los esquivos rostros de la muerte

Cincuenta años después de la guerra más larga que haya involucrado a combatientes cubanos a través de la historia, quedan múltiples interrogantes por responder sobre el conflicto bélico en Angola, más allá del número de muertos.

Por Ivette Leyva Martínez

La primera baja de cada guerra es la verdad
Esquilo

La cantidad de cubanos muertos durante la Guerra de Angola es, sin dudas, el elemento más disputado de los 16 años de la intervención cubana en el conflicto bélico. Medio siglo después, las interrogantes sobre la mayor contienda armada en la historia de la nación debieran ser otras.

Creo que debemos preguntarnos, por ejemplo, ¿por qué murió casi la misma cantidad de cubanos en combates que en accidentes? ¿Qué tipo de accidentes ocurrieron y por qué no se tomaron medidas para prevenirlos? ¿Por qué más de medio millar falleció a causa de enfermedades? ¿Cuántos murieron por suicidio? ¿Por qué no se informó oficialmente a las familias de las causas de las muertes de sus seres queridos? ¿Cuántos veteranos resultaron heridos, mutilados y cuántos sufren de estrés postraumático todavía?

He estado investigando la Guerra de Angola de manera intermitente desde 2009, cuando abrí mi blog La última guerra. Desde 2021 he entrevistado a numerosos veteranos y he revisado miles de páginas de publicaciones y documentos sobre la guerra de Angola como parte de una investigación en proceso de la Universidad de Illinois, encabezada por la académica María de los Ángeles Torres.

Aunque el foco de esa investigación no ha sido la cifra oficial de cubanos muertos o heridos, el tema es ineludible. Hasta el momento, solo hemos detectado una discrepancia en la lista publicada en medios oficiales cubanos.

En la historia oficial cubana, los muertos en Angola son una monótona retahíla de nombres sin rostro y sin historia, que se ha desvanecido de la memoria histórica nacional. No ha sido reproducida jamás desde el entierro masivo del 7 de diciembre de 1989, ni siquiera en ocasión del 50 aniversario, añadiendo leña a las especulaciones.

Operación Tributo, escenas de la despedida en territorio angolano, diciembre de 1989.

Hace dos años, hice un llamado a posibles familiares de caídos que no aparecieran en la lista a compartir la información —un texto del cual se hicieron eco varias publicaciones en internet—, pero no he recibido respuesta hasta ahora. Esto no quiere decir que no existan casos, pero sí sugiere que no hay miles de muertos en el anonimato, como se ha especulado con frecuencia.

A raíz del entierro masivo de los restos de cubanos caídos en misiones “internacionalistas”, en África y otras partes del mundo el 7 de diciembre de 1989, los medios oficiales cubanos publicaron las siguientes cifras:

Cubanos caídos en Angola hasta diciembre de 1989

787 en acciones combativas

705 en accidentes

524 por enfermedades

Total: 2016

Tabla publicada en la prensa oficial cubana el 6 de diciembre de 1989.

Esas estadísticas oficiales nos dicen que más del 60% de los cubanos muertos hasta diciembre de 1989 en Angola pereció a causa de accidentes y enfermedades.

En mayo de 1991, durante un discurso en el cementerio militar El Cacahual, Raúl Castro declaró que 377,033 cubanos cumplieron misión militar durante casi dos décadas. La cifra final de muertos en Angola era 2077, incluyendo tres cuyos restos no se habían recuperado. Cincuenta mil cubanos cumplieron misión civil, según Castro. Es una cifra sumamente elevada y probablemente sin precedentes durante un conflicto armado contemporáneo en territorio extranjero. Tampoco sabemos cuántos de los muertos eran civiles.

Mensaje de las estadísticas oficiales

Esos números indican que en sólo 15 meses entre diciembre de 1989 y junio de 1991, 61 cubanos murieron durante la retirada de las tropas. El primer teniente Alfredo Brook Casamayor murió en un ataque de la UNITA en la madrugada del 29 de noviembre de 1990, pero se desconoce si las 60 muertes restantes fueron a causa de enfermedades y accidentes.

Miles de cubanos fueron enviados a Angola con escasa o sin ninguna preparación militar, e incluso algunos de los que debían realizar labores complejas, como los zapadores, apenas estaban adiestrados. A mediados de la década de 1980, muchos cubanos fueron enviados a misiones de “castigo” en Angola, para corregir presuntos “problemas ideológicos”.

Operación Tributo. Llegada de los restos a Camagüey, 7 de diciembre de 1989. Foto: Radio Cadena Agramonte.

No es inusual que en conflictos bélicos contemporáneos la cifra de muertes por accidentes, suicidio y otras causas sea superior a los caídos en acción. En Estados Unidos, que cuenta con el ejército más numeroso y sofisticado del mundo, solo el 14% de las muertes de militares entre 2006 y 2021 ocurrieron en acción. El 32% fue por accidente, el 17.9% por enfermedades y heridas y el 25% por suicidio, de acuerdo con estadísticas oficiales del período de la intervención en Irak y Afganistán.

Pero a diferencia de Estados Unidos, la naturaleza totalitaria del gobierno cubano impide que haya transparencia, por lo cual desconocemos también cuántos cubanos se suicidaron en Angola, y si esas muertes se consideraron “accidentes” o “enfermedades”.

Las propias cifras oficiales contradicen la narrativa oficial: si la mayoría de los cubanos murió por accidentes y enfermedades, entonces la “potencia médica mundial” no estaba suficientemente preparada para proteger a las tropas, ya que el 25.9 % —una cuarta parte de sus bajas— fue por enfermedades. Sabemos que el paludismo, la disentería y, hacia el final de la guerra, el SIDA, asolaron a los cubanos en Angola, pero no cuántos fallecieron por esas enfermedades.

El accidente más letal

El accidente más conocido fue el derribo por fuego antiaéreo cubano de un avión AN26 el 27 de abril de 1988, en el que perecieron 26 cubanos, la mayoría militares. El incidente fue informado con inusual celeridad —apareció en la prensa cubana al día siguiente—, pero no se explicó, como de costumbre, la causa del error ni las medidas tomadas para prevenir otros similares.

Los familiares de los 26 cubanos fallecidos en ese accidente están entre los pocos que saben con certeza cómo murieron sus seres queridos. La gran mayoría de las familias, en cambio, aún ignoran las causas de las muertes que siguen lamentando.

Hace varios años, en su blog HavanaLuanda, el poeta y veterano de Angola, Raúl Tápanes, comenzó a colocar fotos y buscar historias detrás de la gélida lista de muertos. Entre otros, pudo rastrear los casos de Evelio Peña Cárdenas, quien se suicidó en 1984, y de José Miguel Ruiz Soto, quien cayó en combate en septiembre de ese mismo año con apenas 17 años. Había pasado menos de un mes en el servicio militar y murió a los seis días de llegar.

José M. Ruiz Soto, muerto en combate a los 17 años.

Tápanes falleció en Miami en 2017, y debido a su enfermedad no pudo continuar su aporte a la historia de Cuba en Angola.

Sabemos de manera anecdótica que en ocasiones el mando militar cubano intentó presentar como accidentes las muertes de pilotos derribados por el enemigo. Es el caso del derribo del piloto de helicóptero Emilio González Rivas el 17 de mayo de 1978, un suceso narrado por el piloto Mario Riva Morales.

“La Comisión investigadora de los hechos trató de presentar el derribo de la tripulación de Emilio, como un accidente, resultado de un error de la técnica de pilotaje, a lo que nos opusimos categóricamente”, relató Riva Morales.

En el mismo texto, Riva Morales narra un accidente ocurrido apenas horas después del derribo de González Rivas: “Habían reventado unas espoletas de mercurio que, por descuido, se encontraban en la oficina del Coronel [Harry] Villegas dentro de una lata que estaba siendo utilizada como cenicero por uno de los compañeros allí reunidos. Este descuido le costó a Villegas que una esquirla se le alojara en un testículo. El fumador perdió un dedo”.

Hacia el final de la guerra, el número de accidentes reportados en las tropas cubanas era tan significativo, que el trovador José Antonio Quesada, enviado a Angola en 1986, considera que formaba parte de la cotidianidad.

Al extremo izquierdo, «El Ronco» en el aeropuerto militar de Malange, Angola, el 13 de octubre de 1986, pocos días antes de morir en un accidente de helicóptero. Foto: Cortesía de José Antonio Quesada.

“A alguien dentro del Ministerio de las Fuerzas Armadas le dolía la cantidad de chicos que estaban muriendo. No en acciones combativas. Estaban muriendo por exceso de alcohol, accidentes de tráfico. De hecho, uno de mis amigos, El Ronco, que era piloto de helicóptero, como iba de aquí para allá y de allá para acá, tenía contacto con los almacenes y murió en una misión de traslado de material porque iba borracho. Había tomado mucho alcohol y subió a su helicóptero 1008 y no vio unos cables de alta tensión y murió y dicen que se quemó vivo. Y eso era el pan nuestro de cada día”, me contó en entrevista.

Al mismo tiempo, el propio enemigo atribuía a sus acciones muertes de combatientes cubanos que en realidad habían ocurrido por causas accidentales.

¿No hubo más muertos cubanos?

El análisis de numerosas investigaciones publicadas sobre este conflicto en Angola —una extensión de la Guerra Fría a África con participación de la Unión Soviética, Cuba, Sudáfrica y fuerzas namibias de la SWAPO como principales actores externos— conduce a la conclusión de que las bajas cubanas no están demasiado lejos de las reportadas por el gobierno.

La explicación de la cifra en 16 años de guerra es clara: los cubanos participaron en escasos combates directos.

Entre los más letales para las fuerzas cubanas estuvo la batalla del Quifangondo (10-11 de noviembre de 1975), donde los cubanos destruyeron las fuerzas del FNLA y sufrieron una o dos bajas. Raúl Díaz Argüelles, quien estableció y dirigió la misión militar cubana en Angola durante su primera etapa, murió a causa de una mina antitanque en la madrugada del 11 de diciembre de 1975 y, de acuerdo con la historia oficial cubana, cayó en la “Batalla de Ebo”. Fue ascendido póstumamente al grado de General de Brigada.

Raúl Díaz-Argüelles, entre las primeras víctimas del conflicto. Foto: PL.

Las cifras oficiales indican que en Cangamba, en agosto de 1983, hubo 18 cubanos muertos y en Cuito Cuanavale se reportaron 39  bajas entre muertos y heridos.

Varios colaboradores civiles murieron también en ataques de la UNITA —siete de ellos en Sumbe, en marzo de 1984. Un artículo aparecido este año en la prensa oficial admite que el contingente de 230 médicos, constructores y maestros cubanos se encontraba desprotegido, solo con el apoyo de “organizaciones de la defensa popular de Angola con escaso armamento”. Al mes siguiente, 14 constructores cubanos murieron en un ataque con explosivos contra un edificio en Huambo.

Probablemente preocupado por la cantidad de inicial bajas cubanas –y mirándose en el espejo del manejo de las bajas estadounidenses en la guerra de Vietnam–, Fidel Castro confinó las tropas a misiones de reabastecimiento (caravanas), patrullajes incluyendo incursiones en los quimbos (aldeas) y entrenamiento de soldados de las FAPLA, de modo que con excepción de esos dos momentos en la guerra, los cubanos no estuvieron involucrados en acciones ofensivas.

Soldados cubanos en Angola. Cuito Cuanavale, marzo de 1988. Foto: MINFAR.

Muchos veteranos de la década de los 80 entrevistados describen largos períodos de monotonía e incluso aburrimiento, rotos por visitas a los mercados locales (candongas), escapes a los quimbos, sustos a causa de serpientes y otros animales, ruidos de artillería lejana y la visita de alguna que otra brigada cultural.

Las caravanas fueron, quizás, las acciones más peligrosas en las que participaron la mayoría de los veteranos cubanos en Angola. Decenas de camiones y vehículos militares tenían que trasladar suministros durante días en la mata angolana, en rutas azotadas por la guerrilla de la UNITA. Mata (monte en portugués) es el nombre dado a las zonas rurales, tanto selváticas como de sabana.

Una cantidad desconocida de cubanos murió a causa de emboscadas y explosión de minas durante los largos recorridos. No está claro si las muertes por explosiones de minas fueron categorizadas como accidentes por el gobierno cubano. Por lo general, en el mundo militar las bajas por esta causa son consideradas muertes en acción.

La Guerra de Angola es una herida que no cicatriza en miles de familias cubanas, aún hoy afectadas por la pérdida de sus seres queridos, muertos en Angola, o a causa de su participación en esa guerra por suicidio o alcoholismo. Las preguntas sin respuesta quedan pendientes para generaciones futuras, porque la búsqueda de la verdad es una necesidad humana ineludible.

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