Por Pablo Alfonso
La noche del sábado 3 de febrero de 1962 Fidel Castro sintió, por primera vez, el peso del yugo soviético, con el que había pactado para satisfacer sus ansias de poder.
Fue la primera, pero no sería la única ocasión en la que el Kremlin haría sentir su dominio a Castro. Un aspecto poco conocido de la incierta transacción política que puso en manos de la URSS a la revolución cubana, surgida con la voluntad de retorno al orden democrático y constitucional, roto una década atrás por el general Fulgencio Batista, con similares pretensiones autoritarias de poder.
El día había transcurrido en medio de la expectación creada por los enigmáticos anuncios de la prensa oficial, que convocaba para el domingo 4 de febrero a una importante concentración en la Plaza de la Revolución.
Se decía que en ese acto multitudinario Fidel Castro daría una contundente respuesta a la decisión de la Organización de Estados Americanos (OEA ) de expulsar al gobierno cubano del organismo regional. El acuerdo de expulsión fue adoptado el 31 de enero, durante la Octava Reunión de Consulta de ministros de Relaciones Exteriores, celebrada en el ya desaparecido Hotel San Rafael del balneario uruguayo de Punta del Este, con la votación de 14 países a favor, la abstención de Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Ecuador y Uruguay, y los votos en contra de México y Cuba.

El motivo: “Que el actual Gobierno de Cuba, que oficialmente se ha identificado como un gobierno marxista-leninista, es incompatible con los principios y propósitos del Sistema Interamericano”, explicó la declaración de la OEA.
En vísperas de la anunciada concentración popular, la propaganda oficial no cesó de generar un ambiente de intriga con aires apocalípticos.
Así lo describe Jaime Caldevilla García-Villar, Consejero de Información de la Embajada de España en La Habana, entre 1957 y 1966, en unos papeles de información clasificada, aún inéditos:
Más, hay algo especialísimo y como el develar de un secreto que Fidel va a proclamar a todos los vientos. Los titulares de los periódicos hacen afirmaciones como estas: “Junto a la América Latina, la humanidad espera el domingo 4 de febrero”. Otro titular: “El Mundo sabe que cuanto diga Cuba ese día tendrá importancia para todos los hombres”.
La víspera de la concentración, el periódico Revolución publica un enigmático editorial del cual es este párrafo: “Antes de que termine el día de mañana, domingo, 4 de febrero un escalofrío de muerte estará recorriendo la columna vertebral del imperialismo y el espinazo sumiso de los lacayos de Dean Rusk, los títeres no podrán digerir con calma los dólares que obtuvieron, con la traición el entreguismo y la infamia de Punta del Este”.

Más todavía: ”Los yanquis tampoco podrán saborear la resolución que pide la expulsión de Cuba de la OEA”. Este lenguaje apocalíptico, amenazador y de tales seguridades interiores auguraba el más terrible discurso y el conocimiento de algo asombroso y espectacular. Fidel Castro tenía en la mano unas cartas misteriosas, inauditas, desconocidas, y medio millón de personas en la Plaza de la Revolución, y los millares que escuchaban y viesen desde sus casas y los que en Norteamérica y otros países esperaban las más extrañas declaraciones, todos, todos, estábamos bajo el conjuro de algo genial nuevo y desconocido que respondería a la curiosidad provocada y a los titulares de los periódicos y anuncios de la radio y televisión y al famoso editorial del periódico órgano del Movimiento 26 de julio”.
Pero al final del domingo 4 de febrero ningún “escalofrío de muerte” recorrió “la columna vertebral del imperialismo”. Fidel Castro se limitó a pronunciar un discurso insípido, de consigna y barricada, y a leer la llamada Segunda Declaración de La Habana, una proclama de subversión. Fue un discurso de profecías sobre la revolución continental que –según el texto– surgiría inexorable en todos los países de la región, y que a la larga resultó tan fallido, como promesa política, al igual que otras tantas que vaticinó sobre la prosperidad futura de Cuba, al amparo del comunismo marxista-leninista.
Para los cubanos de a pie, ya septuagenarios, y para los historiadores de la revolución cubana, la Segunda Declaración de La Habana no es un texto o una referencia desconocida. Contrario a lo que, con toda probabilidad, significa Fidel Castro para las nuevas generaciones.
En un alarde de filosofía marxista, que pretendía dibujar el porvenir latinoamericano a la luz del materialismo histórico de Marx y la dialéctica de Hegel (tesis-antítesis-síntesis), Fidel Castro leyó el texto del largo y tedioso documento, que más bien parecía elaborado para una conferencia académica que para la sustentación ideológica de la movilización subversiva del continente.

“Que ésta tenga lugar por cauces pacíficos o nazca al mundo después de un parto doloroso, no depende de las fuerzas reaccionarias de la vieja sociedad, que se resisten a dejar nacer la sociedad nueva, que es engendrada por las contradicciones que lleva en su seno la vieja sociedad”, auguraba el documento, salpicado de frases rotundas como “El deber de todo revolucionario es hacer la revolución” o aquella repetida hasta el cansancio por los movimientos guerrilleros y la izquierda internacional: “Esta gran humanidad ha dicho basta y ha echado a andar”.
Seis décadas después, aquel presagio subversivo, con tintes de erupción volcánica, todavía espera por su materialización.
Quizás vale la pena destacar que el Teniente Coronel Hugo Chávez Frías escogió la fecha del 4 de febrero de 1962 para su fallido intento golpista en Venezuela contra el presidente Carlos Andrés Pérez. Justo 30 años después del llamado de Castro a la revolución marxista. ¿Fue pura casualidad o una simple coincidencia? En cualquier caso, ni Castro ni Chávez hicieron referencia alguna al hecho.
En otra parte de los papeles del diplomático español Caldevilla puede leerse:
Fue el peor de todos los discursos que le habíamos escuchado. Estaba triste, cansino. No dijo nada nuevo. No dio sorpresa alguna. Fue el chasco más inverosímil de toda la historia y oratoria del arrogante primer ministro
¿Qué había ocurrido? No se podía comprender la algarabía de la propaganda y el anuncio concreto de que Fidel iba a decir algo tremebundo que “como un escalofrío de muerte iba a recorrer la columna vertebral del imperialismo” con aquel discurso anodino que, además, no se parecía en nada a los anteriores suyos. Había ocurrido algo grave y era necesario averiguarlo.
Pero Caldevilla lo averiguó, del mismo modo que ya, en ese temprano comienzo de 1962, había indagado cómo se había desarrollado, paso a paso, la estrategia de la URSS para la sovietización de la revolución cubana y el emplazamiento en Cuba de las bases de misiles nucleares, que en ese momento comenzaban a levantarse en 14 lugares del territorio de la isla.
De todo ello, con pormenores, fechas, nombres y detalles, dejó constancia escrita Caldevilla en 269 cuartillas mecanografiadas y archivadas en una sólida carpeta, que ha permanecido engavetada por 60 años y solo ahora salen a la luz las primeras revelaciones de su contenido.
El legajo de Caldevilla contiene cuartillas repletas de información inédita, con las localizaciones de las bases militares soviéticas en Cuba, fecha de llegada y nombres de los buques soviéticos que transportaban los misiles, los puertos de desembarco, número de militares soviéticos y de Europa Oriental, así como los hispano soviéticos llegados a la isla para estas operaciones, y un largo y pormenorizado etcétera que incluyó conversaciones privadas entre funcionarios y diplomáticos soviéticos de alto rango con Fidel Castro, acompañado de una mínima representación de sus hombres de confianza.

Esta es la primera vez que el nombre de España y de su veterano diplomático en La Habana aparece relacionado con la Crisis de los Misiles.
Este 14 de octubre se cumplieron 63 años del comienzo de aquel episodio que, durante 13 días, mantuvo al mundo en vilo, temiendo un holocausto nuclear ante la posibilidad latente de un enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Desde entonces se han escrito sobre el tema decenas de libros y estudios académicos, se han organizado seminarios internacionales con participantes clave en la crisis –tanto soviéticos y estadounidenses como cubanos– y se han desclasificado cientos de documentos que hasta hace muy pocos años fueron archivados como secretos por los gobiernos de Estados Unidos y la extinta Unión Soviética, actual Rusia. No han faltado películas y documentales televisivos a propósito de esos días cruciales para la humanidad.
Pero en ningún caso se menciona el rol de Caldevilla y, en consecuencia, de España y del dictador Francisco Franco, en torno a aquellos acontecimientos decisivos de la historia contemporánea.
Caldevilla escribió sus cuartillas con la intención de convertirlas en un libro, que primeramente retuvo y que nunca se materializó por motivos que resultan parte de un enigma por desentrañar. Según explica el autor, estos papeles son su respuesta a las flagrantes imprecisiones del libro Thirteen Days A Memoir of the Cuban Missile Crisis, escrito por Robert Kennedy, hermano del Presidente John F. Kennedy y participante del selecto comité de crisis por su condición de secretario de Justicia.

¿Por qué quedó inédito el libro? Se pueden elaborar varias hipótesis, pero siempre serán eso: hipótesis. Caldevilla murió en 1976 y dejó el volumen, con varias correcciones, pero sin editar, en manos de su esposa, doña Rosa María Menéndez Carrillo, quien falleció en 2022. La viuda guardó con ella la papelería y cumplió con la recomendación de Caldevilla de no publicarlo hasta después de la muerte de ambos.
Si los papeles de Caldevilla son, como parece indudable, el resumen de sus informes al Ministerio de Asuntos Exteriores y a la Oficina de Información Diplomática, estas revelaciones llegaron a las manos de Franco.
Hay varias preguntas que emanan de la lectura de los documentos y apuntes del autor. Si desde temprana fecha en 1960 la Embajada española en La Habana estaba en conocimiento de la llegada de funcionarios soviéticos y, posteriormente, de pertrechos militares de carácter atómico a Cuba, ¿qué uso hicieron de esas primicias la Cancillería y los servicios de inteligencia españoles? ¿Le informó el gobierno de Franco a Washington de estas revelaciones anticipadas? ¿O fue un secreto que le guardó Franco a Castro en solidaridad por los ancestros gallegos compartidos y la rivalidad con los vecinos del Norte, que también habían sometido a España a sanciones comerciales?
Si el dictador español las compartió con la jerarquía de Washington, los estadounidenses no las tomaron en serio, como ha sucedido en otros eventos sensibles de implicación internacional. Si no las compartió, es poco probable que semejantes pruebas se mantengan en secreto en los archivos oficiales de España.
Según el general cubano Fabián Escalante Font, oficial del Ministerio del Interior devenido historiador, Caldevilla era un agente de la CIA. Bajo esa lógica, entonces los informes de Caldevilla debieron alertar a la CIA de todo lo que describe el diplomático en sus papeles, aunque resulta poco probable que la CIA haya ocultado a la Casa Blanca la gravedad de lo que ocurría en Cuba.
Lo que queda fuera de toda duda es que el relato de Caldevilla ha sido confirmado con los años, a medida que se han desclasificado los documentos relacionados con la Crisis de los Misiles, incluso los más recientes asociados con el asesinato del presidente Kennedy.
La utilización de Cuba como base de armas nucleares soviéticas a 90 millas de las costas de Estados Unidos está descrita en esas puntillosas cuartillas, que anticipaban en tiempo real lo que años después confirmaron los documentos secretos desclasificados en relación con la Crisis de los Misiles o Crisis de Octubre, en el contexto de la Guerra Fría.

Esos documentos desclasificados, que no se apartan de lo narrado entonces por Caldevilla, son la mejor prueba de su credibilidad.
Moscú le había ordenado a Fidel Castro mantener en secreto la construcción de las bases militares y la llegada de armas nucleares al territorio cubano. La intención de la URSS era establecer su plataforma frente a Estados Unidos, como respuesta a las bases que los estadounidenses tenían esparcidas por Europa y Asia.
Defender a Cuba de una potencial intervención militar estadounidense estaba lejos de las verdaderas intenciones de la URSS. Sin embargo, para Fidel Castro era difícil mantener en secreto su hipotético arsenal nuclear, con el cual podría, según sus cálculos, mantener la balanza con Estados Unidos.
Por eso, los titulares de la prensa cubana que precedieron la Segunda Declaración de La Habana, pronosticando un anuncio que haría estremecer de miedo al imperialismo, hicieron sonar las alarmas en Moscú, alertadas por el embajador soviético Serguei S. Kudryavtsev quien, dicho sea de paso, no mantenía las mejores comunicaciones con el líder cubano.

Así lo describe Caldevilla:
Kudryavtsev se entrevistó con el primer ministro cubano en una de las sesiones más tormentosas que sus allegados recuerdan. Por uno de ellos, que aún sigue a su lado, tuve ocasión de saberlo y comentarlo: Fue en la víspera del que iba a ser el tronante discurso del hombre de la Sierra Maestra. Las discusiones entre ambos personajes duraron desde el día tres hasta muy entrada la madrugada del cuatro. Presa de un ataque de verdadero paroxismo Castro daba con su cabeza en las paredes; denostaba a los rusos; insultaba al embajador y decía como un niño enrabietado que él haría y diría lo que le viniese en gana. Kudryavtsev había tomado ya sus prevenciones, pero Fidel Castro no podía salir muerto de la Embajada soviética: aún era pronto y siguiendo las normas trazadas por el Kremlin acudiría al viejo Partido Socialista Popular, que así se llamaba desde 1925 el Partido Comunista de Cuba. Y encabezados por Blas Roca los hombres más significativos del Partido que antes citamos visitaron al presidente de la República Osvaldo Dorticós y al Che Guevara, y a Raúl y hablaron con el comandante [René] Vallejo, el médico del Primer Ministro. El dilema era tajante: o se guardaba el secreto calificado de Estado y de guerra de los misiles, o Rusia se retiraba de Cuba… La noche en vela, la agria discusión con el Embajador soviético la prohibición total, y el ridículo de una propaganda, que no iba a responder a nada, y, sobre todo, el someterse a una disciplina de Partido explicaban, la voz cansina, la mirada vaga y el fracaso y chasco universal de aquel discurso del Primer Ministro, discurso anunciado con tanta alharaca y que reventó en pompas de jabón, en aquella tarde del 4 de febrero
Según los registros de Caldevilla, Kudryavtsev insistió en que había que crear un Partido Comunista, que integrase a todas las fuerzas revolucionarias, poniendo en su dirección a hombres que siempre sirvieron a los dictados de Moscú, es decir, las figuras destacadas del viejo Partido comunista.

Y prosigue Caldevilla:
En medio de las fuertes discrepancias entre el embajador soviético y Fidel Castro, Blas Roca ha sido llamado a Moscú y cuando regresa le dice que el Comité Central del Partido Comunista, al que todos deben obediencia y acatamiento, desea varios cambios esenciales en la marcha de la Revolución, y la interferencia llega nada menos que a esto: Fidel no podrá pronunciar discurso alguno sin someterlo antes a la censura del Comité Supremo del nuevo Partido, que siguiendo las directrices moscovitas, acaba de crearse en Cuba y que se denomina Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), en el cual doce de sus veinticinco miembros son conspicuos y antiguos militantes del Partido Comunista cubano. Y Fidel, que ha puesto a Blas Roca de vuelta y media, obedece y sus discursos duran una hora, hora y media cuando más, cuando antes eran de tres o cuatro horas seguidas.
Al iracundo ministro de las Fuerzas Armadas Raúl Castro, se le nombra de adjunto a otro viejo luchador comunista: Joaquín Ordoqui y como figura máxima de gobierno al frente del nuevo Partido Comunista, con poderes ilimitados es elegido por el Kremlin, Aníbal Escalante Dellundé, al que en la práctica quedará sometido Fidel y todo su equipo de gobierno.
Kudryavtsev logró cumplir las instrucciones de Moscú y que se formase el nuevo equipo gobernante con preponderancia de miembros del antiguo Partido Socialista Popular, pero respetando externamente el orden que pudiera ser más grato a Fidel.

Este orden fue el siguiente: Fidel Castro Ruz, Raúl Castro Ruz, Ernesto Che Guevara, Osvaldo Dorticós, Blas Roca, Emilio Aragonés Navarro, Carlos Rafael Rodríguez, Augusto Martínez Sánchez, Aníbal Escalante Dellundé, Faure Chomón Mediavilla, Ramiro Valdés Menéndez, Severo Aguirre Cristo, Flavio Bravo Pardo, César Escalante Dellundé, Joaquín Ordoqui Mesa, Lázaro Peña González, Manuel Luzardo García, Ramón Calcines Gordillo, Juan Almeida Bosque, Armando Hart Dávalos, Sergio del Valle Jiménez, Guillermo García Frías, Osmany Cienfuegos, Raúl Curbelo Morales y Haydee Santamaría.
La embajada soviética puede decir a Moscú que la crisis entre los hermanos Castro y la disciplina soviética del Partido ha sido ganada por la vieja organización comunista de absoluta confianza para la URSS. Rusia podrá seguir enviando material estratégico y organizando sus bases. Con los viejos militantes del partido en el poder no habrá más caprichos ni más sustos de Fidel Castro.
Sin embargo, el embajador soviético no conocía la diplomacia gallega. Fidel pasó por todo, se agazapó se enfermó, disimuló disciplina y cuando nadie lo esperaba, soltó sin censura, su discurso del 26 de marzo en el cual atacó violentamente al viejo Partido Comunista a su figura más destacada a la que aparentemente parecía que sería, sometido, Aníbal Escalante; puso de relieve las connivencias del comunismo criollo con la dictadura de Batista en las que algunas de sus figuras habían llegado a Ministro y comparó la conducta de los miembros del Partido con la de los jóvenes del Movimiento 26 de julio que en la época batistiana habían sido perseguidos y muertos. Volvió en estos a renacer la esperanza de recuperar su revolución nacional y Castro supo mover los resortes psicológicos del pueblo.

La Unión Soviética se dio cuenta de que aquel hombre, o era eliminado, o había que seguir con él si admitía, al menos por conveniencia, determinadas normas de actuación.
El planteamiento soviético de lo que era más conveniente para la revolución comunista mundial en las máximas alturas de su organización internacional fue este: Castro representa fuerzas juveniles y renovadoras que son un ejemplo seductor en Hispanoamérica. Los viejos cuadros comunistas son de nuestra absoluta confianza, pero están desgastados sin prescindir de éstos conviene aprovechar al castrismo cómo elemento nuevo y joven.
En ese justo momento, Fidel Castro pidió la retirada del embajador soviético. El Kremlin no vaciló en hacerlo. A mediados de mayo de 1962 fue designado para sustituirlo a su Consejero inmediato, Alexis Alexeyev.
Caldevilla apunta en sus papeles que el nuevo embajador había cultivado la amistad con el Primer Ministro y varios miembros de su familia. En los primeros días de junio de 1962 se publica su ascenso como embajador.
Los hermanos Castro habían ganado así la partida para ser dueños absolutos de la situación y figuras representativas del estado satélite de la Unión Soviética en el Caribe.

Caldevilla reproduce la presunta tesis que Alexeyev transmitió a Moscú:
Si queremos seguir adelante con nuestros propósitos en Cuba no tenemos más remedio que entendernos con Fidel Castro. Si lo eliminamos la Revolución se viene abajo. No hay quien lo sustituya y es lo más probable que tengamos que abandonar la isla por lo tanto se impone resolver los problemas pendientes y asunto concluido”.
Las ORI acordaron disolverse el 26 de marzo de 1962 y convertirse en el Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS), una suerte de pacto entre el Kremlin y La Habana mediante el cual la dirección partidista estaba representada en el papel, pero el poder real y mando único quedaba en manos de Fidel Castro, quien hacía y deshacía a su antojo, sin reglas ni disciplina.
A partir de ese momento, la URSS aceleró el envío de tropas y armamento militar a Cuba, aunque la primera información sobre el desembarco de armas nucleares por el puerto del Mariel la había adelantado Caldevilla en los primeros días de mayo de 1961:
Es en el mes de mayo y apenas treinta y tantos días, después de la invasión de Girón… al cabo de un mes se pudo confirmar la noticia con toda exactitud. Hacia los cinco primeros días del mes de julio de 1961 había logrado la información exacta, se habían desembarcado armas nucleares de las llamadas de mediano y pequeño alcance… Con los cohetes desembarcados se podían alcanzar objetivos a 1000 kms de distancia… La gravedad de la noticia nos hizo ofrecerla con el máximo de cautela, pero con toda certidumbre…
Estamos en el mes de noviembre del año 1961 y ya comienzan a bajar las altas temperaturas tropicales. El espectáculo de las bahías de la isla es sugestivo pero quiero ahondar en lo que está ocurriendo: Parecen puertos rusos del Báltico o del mar Negro, pues la mayoría de los barcos lleva enarbolada la bandera roja con la hoz y el martillo. De unos buques han desembarcado ochocientos hombres, de otros como el Gruziya y el Maria Ulanova, mil doscientos. El número y nombres de buques soviéticos que durante el año penetró en los puertos de la isla aumenta sin cesar hasta llegar, a veinte por mes, cifra que como veremos adelante, se elevará progresivamente hasta pasar de cuarenta en los momentos álgidos de las discusiones con Fidel Castro y la enconada lucha de este con los viejos militantes del Partido.
Vamos a entrar en los meses de julio y agosto, el calor aplana los sentidos. Van a ser estos meses de definiciones casi exactas cuando las agobiantes temperaturas parece que embotan los entendimientos y no dejan discurrir con claridad, sin embargo, a los rusos el clima aún en el verano, no les fatiga y se han decidido a consumar su plan de bases atómicas en la isla de Cuba son ya catorce las zonas militares acotadas para emplazamientos balísticos dos ya concluidas: Banes en Oriente y San Cristóbal en Pinar del Río. Si en meses anteriores el sigilo, el disimulo, la ocultación eran las características del desembarco de armas y técnicos, ahora parece que no les importa y que alguien les aconsejó que era preferible el escándalo y la publicidad porque también estos eran un modo de disimular ¿cómo iban a creer en Norteamérica, que tan a las claras, de una manera que parecía desafiante, los soviéticos se iban a atrever a incitación pública nuclear?
No lo creyeron. Los soviéticos se burlaron de los servicios de inteligencia estadounidenses. La sorpresa asaltó a la Casa Blanca cuando las fotos de los U2 revelaron las bases nucleares en Cuba. Kruschev negoció el desmantelamiento de las bases a cambio de que Estados Unidos hiciera lo mismo con las suyas en Turquía y se comprometiese a no invadir a Cuba.
Fidel Castro se quedó sin misiles nucleares y aviones bombarderos estratégicos, y ni siquiera pudo contar con las armas tácticas nucleares que ya estaban listas en Cuba, y de cuya existencia nunca supo Estados Unidos hasta que Rusia abriera sus archivos y desclasificara documentos tras la desaparición de la URSS, en diciembre de 1991.
Todo lo había advertido Caldevilla desde 1962, pero su advertencia no tuvo eco.
**Un libro de investigación histórica basado en los papeles de Caldevilla bajo el título de El espía de Franco en La Habana, del periodista Pablo Alfonso, está en proceso de edición –en papel y en formato digital– por el sello editorial Universo de Letras, del Grupo Planeta. A su vez, el volumen de la papelería completa de Caldevilla ha sido sometido a una meticulosa labor de transcripción y revisión, y se encuentra actualmente valorándose para una próxima edición impresa.