Por Leonardo Padura*
Morir en la arena es una novela triste. Si El hombre que amaba a los perros es quizás la más desencantada, o Como polvo en el viento la más visceral, esta es la manifestación de una tristeza personal ante una derrota colectiva.
Y es que se trata de la historia de una generación que, al llegar a sus años finales viviendo en Cuba, se encuentra en una situación realmente calamitosa, tanto en sentido económico como existencial. Después de tantos años de trabajo, de esfuerzos, de sacrificios, de haber estudiado y trabajado, de haber incluso participado en guerras, pues llegan a un final en el que son más pobres que nunca, más vulnerables, como se suele decir ahora. Porque, además, muchos de ellos, han visto partir a sus hijos y sufren ese desgarramiento que puede complicarse con la soledad. Y mientras, a su alrededor, todo se está desintegrando o ya se desintegró: ellos también forman parte de esa desintegración. Son esas personas que tienen mi edad y que se han jubilado con una pensión de 2000 pesos en un país donde hace falta mucho, mucho más dinero para vivir. Y, por supuesto, haría falta tener esperanzas, que no se pueden cuantificar, pero que sí pueden medirse y pesarse.

Es también una novela sobre el destino trágico de una familia en la que ocurre un acontecimiento brutal, que es un parricidio, y por ello de alguna forma deviene en una indagación sobre la posibilidad de la redención y la necesidad del perdón. Hay reflexiones sobre la posibilidad de redimirse y la necesidad de perdonar, y en ese sentido pues también hay una pequeña luz de esperanza en dos personajes que encuentran una tabla de salvación existencial que los va a llevar de un modo que tal vez les garantice un mejor desenlace para sus años finales de residencia en la Tierra.
El miedo que llevamos dentro
Morir en la arena es una alusión que reelabora ese viejo dicho cubano de “Tanto nadar para morir en la orilla”. Porque esta es una generación que nadó, llegó a la orilla y, cuando dio el primer paso en la arena, resultó que eran arenas movedizas, arenas que se los tragaron, arenas que los mataron. Por eso han muerto en la arena.
Es también una novela en la que trasciende una reflexión sobre la literatura y el destino que ha tenido la creación en Cuba, lo que significó y lo que significaría e implicaría hasta hoy aquel período oscuro de la década de 1970, cuando se estampó una marca de intolerancia y miedo de la cual la literatura cubana nunca se ha recuperado. Nunca.
Es una novela que, por tanto, también habla mucho sobre el miedo, el sentido del miedo en las personas de una manera muy general y humana, y así va desde el miedo de un escritor hasta el miedo de un individuo a ir a una guerra. Miedos muy concretos y miedos muy comunes entre los que ha vivido mucha gente en Cuba.
Angola y mi generación
En Morir en la arena, Rodolfo, uno de sus protagonistas, se vio conminado a ir a la guerra de Angola y ha regresado de allá con un trauma que no es físico, sino psicológico. Creo que la mayoría de los de los traumas que provocó esa experiencia bélica fueron de índole sicológica. Mucha gente de mi generación vino marcada de la experiencia; yo mismo regresé marcado de mi estancia en Angola y, por cierto, también con una dolencia física que adquirí allí: un trauma acústico irreversible que me hace oír desde entonces un zumbido en mi oído izquierdo.
Esta situación que, por ejemplo, en las novelas de Mario Conde, con el personaje del Flaco Carlos sí es un trauma físico, porque Carlos ha quedado inválido de por vida a causa de una herida que sufrió en la guerra, pero es un asunto que aparece en varios de mis novelas y cuentos, porque fue una experiencia que estuvo en el centro de la vida de mi generación.
Esta historia empezó en el año 1975 –recuerdo que estaba en la universidad cuando comenzó– y duró hasta 1989-1990, con el regreso de las últimas tropas cubanas. Yo estuve allí entre 1985 y 1986, un año completo, afortunadamente como periodista civil, aunque tenía al lado de mi cama un fusil AK-47 con dos cargadores llenos, y en cualquier momento, si era convocado, tenía que incorporarme al ejército. Además, en los bajos de nuestro edificio de apartamentos hubo una explosión que rompió cristales e hirió a algunos compañeros. Allí se sentía el aliento de la muerte.
Es decir, que sé y puedo decir lo que ocurrió allí, no desde el punto de vista militar, pero sí desde el punto de vista humano, y eso es todo lo que he tratado de reflejar en algunas de de estas motivaciones que están en mis libros alrededor de la guerra de Angola. Y hace un tiempo lo sinteticé en una crónica que titulé, por supuesto, “El año del miedo”.
Esa experiencia me ha perseguido. En La novela de mi vida, hay un personaje llamado Víctor que muere en Angola. En el cuento “Los límites del amor” están reflejadas las relaciones de pareja que se establecieron allí durante ese tiempo que permanecían las personas en misión. En “La puerta de Alcalá” hay un periodista que consigue regresar a Cuba a través de España y tiene un encuentro con un amigo en ese emblemático lugar; viene de cumplir misión como periodista en Angola, muy parecida a la misión que yo cumplí allí.
Son muchos los elementos narrativos que están ligados a la experiencia de la guerra de Angola en mis libros y en Morir en la arena es un tema muy importante, porque lo que lo que vivió Rodolfo en esa situación de guerra –él sí fue como militar– lo marcará por el resto de su vida.
Como la novela triste que es, Morir en la arena responde a una exigencia civil que he asumido como escritor. Contar y preservar así la memoria de una época, mi época vital, la de una generación a la que se le prometió el horizonte y, como suele ocurrir con el horizonte, se le alejó, y tanto, que se difuminó. Qué tristeza.
*La novela Morir en la arena sale a la venta en librerías y comienza su distribución comercial este miércoles 27 de agosto en España. Entre el martes 2 de septiembre y el 27 de septiembre, el autor realizará una gira promocional del libro, con presentaciones en Madrid, Barcelona, Zaragoza, Bilbao, Santander, Segovia, Salamanca, Valladolid, Sevilla, Cádiz y Córdoba.