Pelota política: Despedida con arenga y mensaje del espía

el vicepresidente Miguel Díaz Canel entrega la bandera cubana al capitán del equipo cubano, Yulieski Gourriel.
el vicepresidente Miguel Díaz Canel entrega la bandera cubana al capitán del equipo cubano, Yulieski Gourriel.
Por Eric Reynoso

El equipo Cuba que competirá en el III Clásico Mundial de Béisbol 2013 partió la noche del jueves rumbo a Asia para completar su preparación precompetencia, pero antes tuvo que pasar por una engorrosa jornada de recordatorios ideológicos y advertencias políticas en plena Plaza de la Revolución de La Habana.

Me gusta este equipo cubano, con siete caras nuevas,  dinamismo, diferentes armas ofensivas, mejor defensiva y pitcheo más profundo que en otras ocasiones. La composición es reflejo de una óptica de cambios en la dirección del béisbol cubano, que parece estar en sintonía con las transformaciones económicas y sociales del país que impulsan Raúl Castro y su cohorte.

«Trabajamos por una actualización del béisbol cubano a los nuevos tiempos», afirmó el vicepresidente Miguel Díaz Canel, designado para pronunciar las palabras de despedida a la delegación cubana.

Una nota simbólica de esta jornada fue que el abanderamiento y la despedida estuviera a cargo del ascendente Díaz Canel, uno de los delfines de Raúl Castro y figura que se baraja para asumir un cargo de mayor relevancia tras la sesión plenaria del Parlamento cubano, el próximo domingo. Así que no es casual que el acto lo presidiera él, sin la presencia visible del nonagenario y aún presidente del Comité Olímpico Cubano (¿hasta cuándo?), José Ramón Fernández.

Actualización para nuevos tiempos

Actualización del béisbol cubano para los nuevos tiempos, dijo el dirigente político. Pero lo que oí luego en el resumen del Noticiero Nacional de Televisión y en los reportes de la prensa cubana resultó totalmente en otra dirección, completamente desintonizado y desfasado con la realidad del país y la proyección misma que han tratado de imponerles a los peloteros el mánager Víctor Mesa y el nuevo colectivo técnico de la selección criolla.

«Este es el equipo de los cubanos que defendemos la obra de la revolución», dijo Díaz Canel. «Regresen con la medalla de la dignidad, esa que ganan los hombres cuando son consecuentes con su tiempo, con su pueblo y con su patria».

El dirigente llamó a los peloteros a responder de forma «digna y contundente» las eventuales ofertas de «algunos mercachifles», una alarma preventiva ante las posibles propuestas de los cazatalentos y las deserciones que pudieran producirse durante el viaje de la delegación.

Si lo que debe primar son los valores deportivos, la confianza de los jugadores y el clima de competividad en un escenario donde Cuba se ajusta a cambios trascendentales a mediano y largo plazo, en otras palabras, profesionalización, participación en ligas foráneas y mayores libertades de movimiento para los atletas, ¿a qué viene ahora la arenga patriotera de Díaz Canel, combinada con la causa de los cinco espías como banderola de compromiso militante en tierras foráneas?

Para apuntalar el espíritu de exaltación política de la despedida, pues apareció un mensaje de estímulo y apoyo por parte del espía Antonio Guerrero en nombre de los cinco hombres que cumplen largas penas de prisión en Estados Unidos.

Pedestal de dignidad

«Y justamente esa convocatoria les llegó a los abanderados desde los corazones de un grupo de hombres que han hecho de la dignidad el pedestal del prestigio y de la honra a la Patria. Antonio Guerrero, en nombre de los Cinco Héroes injustamente prisioneros en Estados Unidos por combatir el terrorismo, les expresó lo mucho que significa ser pelotero y representar al país, en cada uno va el pueblo que los admira y espera por el regreso triunfal», dictaminó el diario Granma en su reporte sobre el acto.

Le tocó al recio bateador Frederich Cepeda leer el compromiso de «ser dignos representantes de un pueblo heroico» y asegurar que «sabrán defender la patria con el mismo espíritu de los cinco compatriotas retenidos injustamente en Estados Unidos».

Me parece lógico que el gobierno cubano gestione, presione, agite banderas y pelee en la arena internacional por el regreso de los cuatro agentes que tiene presos en Estados Unidos, y del quinto que está ya fuera de la cárcel y viviendo la libertad condicional por el Southwest de Miami. Si yo fuera la jueza Joan Lenard o el presidente Obama los mandaba mañana mismo para Cuba, así el contribuyente estadounidense se ahorraría sus gastos en prisión, y, por otro lado, ya los otros miembros de la red de espionaje que hicieron lo mismo, los «antihéroes», están hace rato disfrutando en la calle por cooperar con el gobierno.

Pero lo que no logra asumir el gobierno cubano -ni siquiera en declarada «época de cambios»- es que este discurso en boca de peloteros suena hueco y poco creíble, y usar la tribuna de la despedida para agitar el patriotismo y las estrategias políticas del régimen resulta a estas alturas un boomerang como imagen y como misión del equipo.

Resbalones y fugas

Si miramos siete años atrás, en el recibimiento al equipo Cuba que se alzó con las medallas de plata en el I Clásico Mundial, en el 2006, la memoria nos trae la imagen de Fidel Castro parado en una tribuna, cuatro meses antes de su crisis intestinal, exaltando el triunfo como una magna conquista patriótica.

Desde entonces el béisbol cubano ha sufrido suficientes resbalones y ha perdido demasiados títulos, desangrado por deserciones, apatía y falta de estímulos necesarios en esta hora del deporte global. La idea mesiánica de Fidel Castro aplicada al deporte no ha sido justamente el camino, ni aquel lanzador que fue definido como «Titán de Bronce» moderno por ganarle a un equipo de Grandes Ligas, en 1999, prosiguió por mucho tiempo después haciendo patria en el territorio de la isla.

Desde entonces mucho ha llovido y los directivos de la pelota cubana algo han aprendido y pensado en función de cómo insertarse en ligas profesionales, la Serie del Caribe y el futuro que no podrán parar ni con ideologías ni con reformas migratorias en los años venideros.

Mucho menos cuando los «desertores» y los «traidores» regresan ahora y son aclamados por la población como héroes, apegados a la tierra madre, sin olvidar su condición de cubano raigal, como José Ariel Contreras demostró.

Creo que ese futuro que está a la vuelta de la esquina, la pelota -y el deporte cubano en su totalidad- deben sacudirse de los lastres de etapas superadas, digo, si es que realmente están o van a ser superadas.

La despedida y el abanderamiento del equipo Cuba -que ojalá llegue bien lejos en este Clásico- no necesita de monsergas políticas para afianzar su espíritu competitivo en un torneo internacional. Hay un cambio fundamental que los peloteros y los ciudadanos en general tendrán también que hacer para poner las cosas definitivamente en su sitio: la bandera y el orgullo patrio que se sale a defender en un terreno, una cancha o un plenario académico son anteriores a la revolución de Fidel Castro, el socialismo y los octogenarios dirigentes del gobierno y el Partido comunista que dicen ser garantes de la soberanía nacional.

Por ahí habrá también que empezar para hacer cambios reales en nuestras jornadas beisboleras y deportivas. Lo que haga el equipo Cuba en el Clásico Mundial no lo va a determinar ni la arenga de Díaz Canel ni la carta del espía Guerrero.

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