
Eramos pocos y parió la Madrastra Patria.
Deben estar diciéndose entre chanzas mal disimuladas los altos cargos del raulismo a los que una pasión juvenil y un descuido imperdonable de políticos europeos -se presume que con experiencia- les ha matado dos pájaros de un tiro: a Oswaldo Payá Sardiñas con Harold Cepero, y la oportunidad de armar un gran show propagandístico nada menos que en Bayamo, la ciudad que sus vecinos prefirieron quemar antes que cayera en manos de los tatarabuelos de Ángel Carromero Barrios.
Sin desconocer la permanente y valiosa postura del Partido Popular (PP) y otras fuerzas políticas europeas en defensa de los demócratas cubanos, la pregunta es inevitable: ¿qué sentido práctico tiene viajar como turistas a una isla-cárcel para gritarle a los carceleros y sus chivatos, al poco de aterrizar, que fueron para verse con la disidencia pacífica?
A partir de ahora, sería más eficaz arriesgarse a que la dictadura deniegue el visado que viajar simulando. Y este gesto no solo sería importante de cara a evitar situaciones incomodísimas como las que ahora padece Carromero, supuesto autor de un homicidio involuntario e histórico, sino para contribuir a desmantelar ese gigantesco teatro de simuladores en que el castrismo ha convertido a Cuba.
La inevitable soledad
Si la única fórmula fuera la de viajar como turistas, entonces habría que aprender a ser prudentes y evitar conducir un coche de alquiler en un país con una red vial bombardeada, escasamente iluminada y señalizada salvo excepciones, y sabiéndose acosados por los chivatos y represores castristas.
Una de las consecuencias más terribles de esta desgracia cubana -la muerte de Payá deja huérfanos a todos los cubanos, al margen de su adscripción ideológica- es la notable soledad que padecerán ahora los opositores pacíficos cubanos, pues poco margen queda para aventuras como la de Carromero y el sueco Jen Aron Modig, y será complicado encontrar a demócratas extranjeros dispuestos a arriesgar el pellejo por la libertad de Cuba.
Al margen de la letanía del régimen criminalizando a la oposición democrática porque recibe dinero de instituciones norteamericanas y europeas -como ocurrió con el Movimiento 26 de Julio durante su guerra contra Fulgencio Batista-, la percepción totalitaria que deja la muerte de Payá y Cepero es que el régimen lo controla todo, lo sabe todo y que España, Estados Unidos y demás países democráticos se lo ponen fácil a la Seguridad castrista. Quizás la lógica democrática produzca individuos indefensos ante los opresores.
España tendrá que desplegar todo su arsenal diplomático para conseguir que -una vez concluido el show que se avecina- que Carromero sea repatriado a Madrid para cumplir su condena en su país de origen. Pero me temo que este joven político madrileño quedará ya tocado para siempre de su mala experiencia cubana.
De acuerdo a la legislación cubana, los tribunales competentes para juzgar a Carromero son los de Bayamo, jurisdicción donde se produjo el accidente, siempre según la versión de la policía cubana, corroborada parcialmente por el sueco adormilado y el madrileño con voz quebrada; lógica en un trance como el que está sufriendo.
Hacerse el sueco
Y ahora, que parecía haberse despertado al pisar suelo europeo -y pese a haber anunciado una rueda de prensa este viernes 3 de agosto- parece que Modig prefiere hacerse el sueco y avisa que suspende su comparecencia ante los medios de comunicación “para no perjudicar a Carromero”.
Al menos, la renuncia a abrir la boca del político sueco ndica que estaríamos ante dos variantes posibles: la primera, que hay hechos que desmienten la versión oficial, pero ahora no es el momento o no hay más versión que al accidente puro y duro, aunque él jure que iba adormilado. La segunda, que en cualquier caso, a la espera de que lleguemos a saber algún día toda la verdad y nada más que la verdad, la normalidad democrática y cartesiana en la que se ha educado el joven político sueco, le obligaría a contar su versión de los hechos, sin ocultamientos ni matices, pero no podrá ser por el momento, quizá debido a un pacto entre Estocolmo y La Habana.
España, en un arranque infantil de transparencia, ha filtrado este jueves que Carromero estaba a punto de perder su Permiso de Conducir por la acumulación de sanciones y multas en los últimos tres años, lo que de hecho había provocado que viajara a Cuba sin puntos en su licencia automovilística. Un sistema parecido al que rige en las leyes de tránsito cubanas, pero pese a ello, la compañía que fuera le alquiló el coche porque no debe existir mecanismo para comprobar si un extranjero que alquila un automóvil tiene su licencia de conducción en regla.
Enjuague a la vista
El dato -publicado por los periódicos El Mundo y El País– vendría a reforzar la tesis raulista de que se trata de un lamentable accidente, lo cual podría sugerirnos que estamos ante los actos previos al enjuague entre el Palacio de la Revolución y el Palacio de La Moncloa para posibilitar el regreso de Carromero en un tiempo razonable, prudencial y que permita a ambos estados salvar la cara en una crisis bilateral inesperada y no deseada por ninguna de las partes, a tenor del cuidado con que la están manejando.
El Ministerio de Asuntos Exteriores español está de un parco que asombra.
En contraste, la alegría del raulismo no pasa disimulada en el kilométrico editorial de Granma (31 de julio), que se regodea en detalles que atribuye a la preparación previa del viaje de ambos políticos europeos a Cuba, insiste en su criminalización de las nuevas tecnologías (Twitter es algo que debe sonar a chino en La Gabina) y se lanza a descalificar no solo a Payá y Cepero, quienes una vez muertos no pueden defenderse, sino que arremete contra la dolida oposición democrática por las molestias que causó al “pueblo” durante el cortejo fúnebre del presidente del Movimiento Cristiano Liberación (MLC). Suerte que las autoridades estaban cerca, y protegieron a los “mercenarios pagados por medio mundo” de ese pueblo iracundo que sigue sin poder comer dos veces al día.
El fragmento más grave del editorial granmense es la recuperación de un trozo del discurso improvisado de Raúl Castro, el pasado 26 de julio en Guantánamo, cuando confesó el miedo que sienten por los que -según el gobernante- buscan para Cuba una salida como en Libia. ¿En qué estaría pensando Raúl y el editorialista del papelucho Granma cuando aludieron a esa macabra posibilidad? Sobre todo pensando en un pueblo que solo es “un poquito revencúo” frente al imperialismo yanqui, al que han servido la mesa, aunque sin arroz, pues no acaban de encontrarle el punto a la cosecha de tan exótico grano en la dieta cubana.
Caso Gross, made in Spain
Así las cosas -y para reavivar la llama nacionalista- es más que previsible la llegada a Bayamo en los próximos días de Elpidio Valdés, acompañado de un ejército de mambises del siglo XXI, cuyo principal cometido sería proteger a Carromero y a los opositores pacíficos de la rabia de los bayameses, que no dudarían en quemar lo que queda de ciudad en caso de que algunos de los tantos enemigos que padece el castrismo intentara hacerse con sus ruinas.
Pero no hay que subestimar el show que podría venir ni la capacidad negociadora del raulismo con un Alan Gross made in Spain.
Entre el final del verano y el otoño habrá drama en Bayamo para desconcierto de España, que sigue con la asignatura pendiente de hacer una política exterior inteligente en Cuba y en el resto de Iberoamérica. En vísperas de las Navidades casi culminarían las negociaciones que posibilitarían la vuelta de Carromero a Madrid para cumplir su condena, siempre y cuando La Habana saque algo sustancial a cambio y quede claro que el castrismo es magnánimo con sus enemigos, incluso con los que cometen la osadía de llevar 4,000 euros a un opositor, disfrazándose de turista, y ahora suspira porque sus pies tocan suelo europeo.
En paralelo, la oposición pacífica cubana debe prepararse para una etapa de menos solidaridad internacional y de menos visitas; de más precauciones por parte del extranjero solidario con la causa democrática. Pero ello no es malo del todo. Si lo mejor de Cuba -al decir de Ricardo Alarcón- es lo que está dentro y lo malo siempre ha venido de fuera, entonces no todo está perdido en un pueblo noble y cansado de pedalear en una noria infinita hacia el paraíso, siempre pospuesto para salvar a sus verdugos.