Cartas de amor a Stalin: ¿será que la historia se repite?

Mauricio Renteria, Larry Villanueva y Mabel Roch en Cartas de Amor a Stalin. Foto: Julio de la Nuez
Mauricio Renteria, Larry Villanueva y Mabel Roch en Cartas de Amor a Stalin. Foto: Julio de la Nuez
Por Antón Arrufat*

Esta pregunta no tiene clara respuesta. Más decisiva que una respuesta, digamos, intelectual, es la sensación que nos producen ciertos acontecimientos. La sensación de que otros vivieron lo que ahora estamos viviendo.

Más que una respuesta al enigma de toda repetición, la obra de esta noche es “una fantasía teatral”. Es decir, una fantasía doble. Cada puesta en escena es también una reconstrucción fantástica, y entre más fantástica más teatral. Espectadores (o lectores) de Cartas de amor a Stalin recordarán otros casos -la memoria fundamenta esta singular sensación-, muy diversos en apariencia y en rigor análogos, en que parece repetirse el trágico conflicto entre el artista y el poder. A veces fue el de Dante con los políticos de su época, el de Shakespeare con la corte isabelina, el de Sor Juana Inés de la Cruz con la jerarquía católica…

Pero el conflicto más parecido al que sufre el protagonista de la pieza tal vez podría ser el de Jean Racine con el poder absoluto de su momento, encarnado en el Rey Luis XIV. Llamado el Rey Sol, porque suponían en Versalles que todo  giraba a su alrededor, entre todas las cosas, también las obras de Racine. Quizá el dramaturgo francés, al que le encantaba componer odas laudatorias, acudir a la corte y hacer sus reverencias al paso del monarca, se sintiera unido a él, como la mayoría de los franceses de su tiempo, enlazado a ese “sol” humano, enlace que parecía darle sentido a su vida de escritor.

Contradicciones y autoengaños

Sin embargo a manos del monarca absoluto llegó un panfleto que denunciaba la miseria del pueblo bajo el gobierno de la monarquía. Inesperadamente para Luis XIV, el autor era Jean Racine, el mismo que en Versalles se inclinaba a su paso, el dramaturgo insigne cuyas obras su majestad había aplaudido en el teatro real. Tuvieron, lo que no obtuvo nunca el protagonista de estas Cartas de amor… una conversación entre ambos, y el Rey, cuentan las memorias palaciegas, ofendido alzó la voz, gesticulando gritó y amenazó -los cortesanos estáticos oían tras las puertas cerradas- y de repente se levantó y abandonó la estancia, dejando solo a Racine. Este luego recibiría la orden de retirarse a su finca. Se le condenó a no escribir teatro y  permanecer en esa especie de exilio por nueve años.  Pero el Rey no lo olvidó ni lo dejó libre: le asignó un trabajo altamente remunerado, que en verdad resultaba una sutil represalia: escribir la historia de sus glorias militares. Al cabo de los nueve años, por intersección de una amante de Luis Catorce, fue perdonado y regresó a Versalles. El  rey volvió a saludarlo cuando pasaba por el gran Salón del Trono. En los años postreros de su vida, Racine escribió su última tragedia, Athalía, la más peligrosa de todas las que antes había escrito. Ocho años después murió. 

Sería lícito suponer que Bulgákov, como tantos otros artistas en parecida situación de conflicto con el poder, conocía la relación de Racine con Luis XIV, y leería en ella parte de su vida,  como quien utiliza espejos dobles. La cambiaba, pensaba en ella, cometía ciertas violencias historiográficas que le propiciaban una mayor aproximación, se inclinaba, nuevo Narciso, para conocer con antelación, en las aguas de ese espejo, su destino. Sentiría la turbadora experiencia de que algo en su vida era una repetición, había sido la experiencia de otro.

Quien le ha otorgado a este Mijail Bulgákov existencia teatral, lo que para otros constituye una metáfora explicativa, el español Juan Mayorga, en una entrevista reciente afirmó: “La relación del escritor con el poder está cargada de contradicciones y de autoengaños. Una y otra vez aparecen manifestaciones de censura más o menos sutil, y de autocensura, más o menos consciente”.

Desprecio por el dictador

En el protagonista  o en el autor de estas Cartas, conviven varias y violentas contradicciones. Cabría señalar dos. El amor de rasgos siniestros que siente por Stalin, por el heredero de Lenin, por el máximo dirigente de una revolución que él, Bulgákov, considera “grandiosa”, según afirma en una de sus múltiples cartas, y a la vez, un singular temor desdeñoso por el hombre todopoderoso que ha prohibido la representación de sus piezas teatrales y la publicación de sus relatos. Es decir, el destructor de todo aquello que le otorga sentido a su vida. Su otra contradicción también se manifiesta como un amor, el amor a su patria, y unido a él, la necesidad de huir de la patria. Esa huida implica otro de sus múltiples temores, tal vez imaginario y por lo mismo acuciante, el presentimiento de que ahí, en su patria, reside la posibilidad de realizar su obra literaria, que únicamente en el lugar en el que es perseguido y negado como escritor, será posible. Bulgákov no acierta a resolver ninguna de estas contradicciones. Las padece y expresa con claridad, las conoce, y no alcanza a vencerlas. Nada consigue su mujer, personaje conmovedor, que apenas entiende lo que ocurre, que se convierte en instrumento de la obsesión de su marido, que consiente en personificar al dictador a quien desprecia, al culpable de sus desdichas domésticas. Por ayudar a Bulgákov incorpora a Stalin, lo deja entrar en su cuerpo haciéndolo aparecer en la escena.

Dos objetos, como contaminados por la obsesión de Mijail Bulgákov, ocupan un espacio casi sagrado en el escenario, semejantes al ara de los sacrificios antiguos. La pila creciente de cartas, dentro de sus sobres, y el teléfono para siempre silencioso, intocado por los dos personajes, a la espera de que se repita una  llamada que no ha de repetirse. ¿Por qué Stalin nunca contestó, nunca, esas cartas, decenas de cartas que obsesivamente le escribió Mijail Bulgákov? ¿Por qué no volvió a llamarlo por teléfono, después de que se cortara la llamada, y como le había prometido, concertar una reunión entre ambos? 

Como personaje Stalin también tiene sus motivaciones profundas. Primeramente la decisiva razón de estado. Después sus gustos personales.  En ocasiones, posiblemente con gran cinismo, confiesa admirar a Bulgákov, ser espectador de sus representaciones teatrales, haber asistido numerosas veces y haber aplaudido con entusiasmo. Sin duda, para un gobernante de su estirpe y su estilo, por igual con las manos con que se aplaude -irónicamente el personaje las lleva pintadas de blanco en la obra- puede firmar una sentencia de exclusión, incluso una de muerte.

La crueldad del poder absoluto

Sin duda Stalin, como otros dirigentes políticos, secretarios del Partido y miembros del Politburó, y en otras sociedades, reyes, cardenales e inquisidores, ricos burgueses, dueños de canales de televisión y editoriales, figuraba dentro de ese grupo de espectadores (o lectores) privilegiados, lectores (o espectadores) sumamente peligrosos a los que les está permitido admirar y aniquilar si lo desean o forma parte de la razón de Estado.  

Cabría señalar como plausible otra motivación, la de la envidia. Stalin siempre quiso escribir, publicó en la prensa moscovita cientos de artículos, recogidos durante su vida en varios volúmenes. La envidia intelectual genera acciones oscuras y misteriosas, tal vez silenciar a Mijail Bulgákov fuera una de ellas.  

Es a este personaje, en la pieza de Juan Mayorga, a quien el protagonista deberá convencer. De él depende el perdón, la rehabilitación, el regreso al teatro, el reconocimiento de los lectores y espectadores, en fin, los medios de subsistencia, de él y de su mujer. Le remitirá decenas de cartas, en las que, obstinado y trágico, repetirá lo mismo. Intenta en cada una encontrar el tono, las palabras justas, adecuadas, propiciadoras, que convenzan a Stalin y lo salven a él de su postración social.

Pero el silencio del destinatario llega tan lejos y dura tanto tiempo, que Bulgákov llegará a verlo delante suyo, dialogará con él, encarnando en ese silencioso espacio su más hondo deseo: el de hacerse oír por el espectador peligroso, por el jefe supremo. Pocas veces una pieza teatral logra expresar con tanta eficacia la crueldad, refinada en este caso, del poder absoluto con un solo individuo. 

¿Será que la historia se repite?  

La Habana, abril. 2012

* Poeta, novelista y dramaturgo cubano, Premio Nacional de Literatura en Cuba en el 2000. Este texto fue escrito para la presentación de la obra Cartas de amor a Stalin, que dirigida por Alberto Sarraín estará en cartelera en Miami desde el 20 de abril al 13 de mayo. CaféFuerte agradece al autor y especialmente a Sarraín la cortesía de publicarlo en nuestro sitio. La obra se presentará en el Teatro Abanico, 3138 Commodore Plaza, Coconut Grove. Funciones: viernes y sábados 8:30 p.m. y domingos 5 p.m. Teléfono (305) 993-9657.

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