Adolfo Alfonso: un trabajo de artista

Adolfo Alfonso, maestro de la gracia criolla.
Adolfo Alfonso, maestro de la gracia criolla.
Por Amado del Pino

Para todos los que amamos la décima cantada -ese baluarte de la espiritualidad nacional menos promocionada que otras formas también entrañables de la cultura popular- el nombre de Adolfo Alfonso resulta clave.

Para mí es mucho más. Mi abuela fue durante décadas su vecina en la calle C del barrio del Vedado y en la casa de Adolfo pude ver televisión por primera vez en mi vida.  Íbamos a La Habana en verano desde nuestra escuelita-casa rural y ahí estaba esa otra familia, muro por el medio.

A mis cuatro o cinco años Adolfo me llevó a un programa radial de Punto Cubano y dije dos o tres traviesas ocurrencias. Al parecer interrogado sobre lo que sería “cuando fuera grande” contesté que quería “un trabajito fácil, de artista”. Al saber la noticia de su muerte, este lunes en La Habana, la primera imagen que me viene de Adolfo es su risueño rostro a bordo de una ruta 67. Al verme al final de la guagua exclamó el cantor: “Al fin lo conseguiste…”

Más allá de la anécdota y la broma, este hombre bueno y familiar fue el primer artista profesional que conocí. Y me llamaban la atención la irregularidad de sus horarios.  Como llenaba el domingo de los demás con sus encendidas controversias con Justo Vega, el lunes o el martes de Adolfo eran sosegados, de barrio. Lo recuerdo conversando con la gente en la bodega o caminando despacio y sonriente.

Al margen de ese laborar cuando los demás descansan y viceversa, Adolfo era un ejemplo de lo mejor del artista. A diferencia de los que siguen con el personaje o la pose a cuestas cuando salen del estudio, había  en él una conciencia de que era un trabajador más. En su familia no impuso escuchar todo el tiempo décima cantada, aunque por supuesto en la calle C “caían” de vez en cuando algunas de las otras grandes figuras del género.

Un corazón de buena energía

Muchos recordarán su simpatía que funcionaba como un corazón de buena energía en el programa Palmas y Cañas y otros espacios similares. La profundidad, el rigor, la hidalguía, hasta la propensión a la cólera de Justo, encontraban la contrapartida perfecta en la cara de broma, las ocurrencias, la voluntaria ligereza de Adolfo. Los que saben del tema me han comentado que si bien no era todo un escritor de décimas como otros cantores, Adolfo tenía la gracia y la rapidez del improvisador, además de una muy agradable tonada.

Visto en la distancia, su desenfado poseía algo de más urbano, moderno. Los que crecimos escuchando controversias cantadas nos gusta el género en todas sus variantes y no necesitamos ningún otro atractivo que esa música que se repite de forma similar para dar paso al juego verbal, el encajillo de las rimas y el alarde de rapidez mental. Los “diálogos cantados” de Adolfo y Justo contribuyeron a que el Punto Cubano fuese querido, o al menos admitido, por un número mayor de personas, con otra educación sentimental.

Fue larga, honrada, sin estridencias la vida de este hombre que ahora despedimos a sus 87 años. Nunca le escuché ofender ni tampoco preguntar de dónde venías ni cómo pensabas; ni en la sala de su casa que permitía a un guajirito de 10 años asomarse a la pequeña y entonces mítica pantalla y guardar la leyenda del Festival Varadero 70; ni en la cola de los mandados entre gente de educación, gustos, pensamientos muy diversos.

Un abrazo de despedida para Adolfo. Uno grande, ya que no pueden ser 10 como los versos de sus mejores y más graciosas décimas cantadas.

El sepelio de Adolfo Alfonso (1924-2012) se realizó en horas de la tarde de este lunes en la Necrópolis de Colón de La Habana.

 

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