Roberto Blanco: Intentar lo imposible

Acaso sea el director cubano que más se preocupó por subrayar la importancia del marco estético para la vida de una escena que no tenía que conformarse con nuestros límites tan domésticos.
Roberto Blanco (1936-2003), maestro de generaciones. Foto: NEM/Facebook.

Cuando a Roberto Blanco se le llamaba Maestro, vivíamos en una época en la cual ese término de respeto no se le otorgaba a cualquiera, como lamentablemente sí sucede hoy. Se lo había ganado a través de numerosas batallas, en las cuales su arma más diestra fue siempre su talento. Y eso le permitió integrar la indiscutible triada de nuestra escena, en la que compartía sitio con Vicente Revuelta y Berta Martínez. Ellos marcaban esa línea de calidad, y el resto del teatro cubano de los 60 y los 80 se medía de ahí para abajo. Los tres, dueños de poéticas poderosas, dejaron un influjo que los ratificaba en esa escala, más allá incluso de los éxitos y las discusiones que sus montajes provocaban. Más allá incluso de los enemigos que tuvieron y trataron varias veces de silenciarlos.

Y lo cierto es que cuando Roberto Blanco, el director de María Antonia, pudo regresar de las aguas oscuras de la parametración, y fundó Irrumpe como un capítulo de su vida que prolongaba las búsquedas que él desencadenó entre 1969 y 1972 con su Teatro Ensayo Ocuje, volvió a esa obra de Eugenio Hernández Espinosa en un remontaje que algunos leyeron como un paso regresivo. En medio de las nuevas tendencias y tensiones de la Cuba teatral de los 80 retomar María Antonia pareció una suerte de vuelta al pasado, sin entenderse que Roberto, a la manera de Fray Luis, estaba reanudando su biografía justo allí donde habían intentado cortarla de cuajo. No era sólo un remontaje o un revival. Era una declaración de fe y una confirmación de sus principios teatrales.

Acaso sea el que más se preocupó entre esos directores y talentos por subrayar la importancia del marco estético para la vida de una escena que no tenía que conformarse con nuestros límites tan domésticos. Y quien más se haya empeñado en que la poesía tuviera, en el teatro cubano, una representación habitada por la imagen y la metáfora visual. Eso le costó lo suyo. Pero cuando regresó, lo hizo a su modo, en grande, ya fuera con Yerma, Canción de Rachel o una Cecilia Valdés que aspiraba a convertirse en toda una ópera.

Intentó muchas veces lo imposible, y eso es también parte de su legado y de su magisterio.

En Irrumpe demostró que podía equilibrar muchas de esas fuerzas, con espectáculos como Los enamorados y Mariana. Dio sitio allí, entre sus actores más fieles (Hilda Oates y Omar Valdés omnipresentes) a nuevos talentos y estudiantes de actuación. Demostró que era fiel a sus promesas y acaso sin saberlo, dio inicio a la Década Piñera cuando estrenó por fin en Cuba Dos viejos pánicos. Como una línea que conecta nombres y herencia, él, discípulo de Luis A. Baralt y Francisco Morín, impulsó y forjó a Carlos Díaz y a Raúl Martín. Imaginó un teatro cubano de máscaras potentes, como una caja de resonancias que fundía herencias y culturas, y que se pensaba siempre auténtico y universal. Lo saludábamos con respeto, porque su mito también lo acompañaba. Alumnos suyos o no, lo mirábamos como al dueño de su propio reino.

Hoy hubiera cumplido 90 años, pero en 2002, el 24 de diciembre, falleció Roberto Blanco. Hizo que el cortejo fúnebre pasara, antes de que llegáramos al entierro, por el Teatro Nacional y por el Teatro Mella, los coliseos donde puso a prueba sus espectáculos. Con él aprendí, recibí regaños y grandes lecciones. Reencontrarme con él a través de su archivo ha sido otra manera de corroborar su sapiencia y su paciencia, su afán puntillista por el detalle, y entender de qué modo le debemos una manera de percibir aún hoy a Lorca, Goldoni, Martí o Valle Inclán. Su viuda, Gloriosa Masana, acaba de morir. Y justo hoy, en el cumpleaños de su esposo y padre de sus hijos, se le rindieron a ella los últimos ritos fúnebres, en una de esas coincidencias de las que él también me hizo desconfiar, porque no se trata de una simple casualidad, sino acaso de otro símbolo que los une en la muerte tanto como en vida.

A lo largo de 2026 estaremos pensando, sus discípulos y admiradores, en el mundo teatral que nos legó Roberto Blanco. Por encima del olvido que siempre amenaza al teatro y hace peligrar papeles, fotografías y sobre todo testimonios. También el autor de María AntoniaEugenio Hernández Espinosa, cumpliría 90 años de seguir entre nosotros. Nos queda la memoria rara y frágil del teatro para pensarlos y honrarlos, como protagonistas de una pelea ardua por imaginar al país desde los escenarios en toda su complejidad, su colorido y sus mayores interrogantes.

No sé si estemos a la altura de la demanda que ellos y otros maestros y grandes figuras nos siguen haciendo más allá de la muerte y los escenarios. Pero sé, es lo que aprendí con él, que hay que intentarlo. Felicidades, maestro Roberto Blanco, en tus 90 años.

 

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