
Para Yoani Sánchez
Un viejo conocido, cierto egipcio llamado Cozery, quien después de haber muerto en un discreto anonimato finalmente parece que ha alcanzado modesta fama como novelista en París, me vino a ver una tarde de otoño a mi taller que por ese tiempo quedaba junto al poético Canal Saint-Martin.
A medida que pasaban las horas iba desgranando sus recuerdos de infancia y juventud, tratando de explicarme con lujo de detalles en qué consistía esa humanísima y muy pintoresca mentalidad del bajo pueblo cairota en la cual había sido educado, tan rica en muy variados y coloridos personajes como eran los protagonistas de su literatura, cuando de repente y sin aparente explicación le sobrevino una sorprendente angustia.
Yo no tenía costumbre de encender las luces hasta que no estuviera bien entrada la noche, ya que siempre me gustó saborear detalladamente ese momento de la jornada, disfrutando al ver como esa tenue luz solar de las zonas templadas de Europa se va haciendo poco a poco más débil hasta no quedar más que un breve halo anaranjado en medio de un cielo turquesa hacia el horizonte occidental.
Una pausada manera de despedirse
Como él sufría de estar ya bastante entrado en años, según me explicó, parece que le sobrecogían esos instantes del final de cada jornada, quizás porque le recordaba que el momento de despedirse de este mundo se le iba acercando a semejante pausada manera. Encendí todas las luces que tenía en mi pequeño taller para sosegarlo un poco, hasta que el viejo Cozery retomó el interrumpido hilo de su conversación y me fue contando de cierto amigo de infancia que a pesar de ser de origen tan humilde como el suyo, había llegado a ser ministro en el gobierno egipcio gracias a su extraordinario talento personal.
Resultó ser que en uno de esos frecuentes sobresaltos por los que suelen pasar los gobiernos de nuestros países subdesarrollados, cayó en desgracia y fue encerrado por unos meses en una cárcel, donde le atribuyeron a un experto torturador a su exclusivo servicio para que todos los días este «funcionario público» le infligiera algunos vejámenes profesionalmente bien administrados y codificados, entre los muchos que por lo general son practicados en ese país que goza de tan añeja civilización, varias veces milenaria, una de las más antiguas de esta ingeniosa especie humana a la cual pertenecemos todos.
Durante todos los meses que duró su desgracia política, el hacendoso y concienzudo verdugo vino a verlo cotidianamente a horas fijas para propinarle su torturita en cumplimiento de su función social, sin excesivo celo, pero con seria aplicación, cumpliendo al pie de la letra el contrato que como responsable empleado había libremente concertado con su tan respetable como vetusta nación-Estado.
Petición del torturador
Llegó el momento en que se viró la tortilla política y una nueva configuración de intereses personales, económicos y diplomáticos dio el poder a otra facción más afín a las ideas de nuestro ex ministro de marras.
El socio volvió al poder y siguió tan campante su carrera política y algunos meses después ni se acordaba de esos infaustos meses pasados en chirona.
Hasta que cierto día recibió la solicitud de recibir personalmente en su despacho de ministro al que antaño fuera su fiel torturador. Sin el menor empacho, el verdugo le explicó que lo habían cesanteado por un cambio de jefatura en la administración de esa cárcel, y le venía a pedir trabajo, pues en las condiciones en que se hallaba no podía alimentar a su numerosa familia.
El generoso Ministro le dio un empleo consecuente a sus talentos y todos fueron felices por muchos años más, junto a esas deliciosas orillas rodeadas de palmeras datileras de aquel legendario río Nilo.
Cuentan que estando preso Mahatma Gandhi, que bien merece su nombre de Mahatma (significa Gran Alma en sánscrito), se enteró de que el Comandante General del las fuerzas británicas en la India, quien había tenido la responsabilidad de haberlo hecho meter en esa celda de presidiario en la que cumplía su injusta condena, sufría por tener que usar unas botas que tenían tremendos huecos en las suelas.
Lecciones de Gandhi
Gandhi aprovechó algunas horas de su larga detención para confeccionarle a su estimado esbirro un flamante par de botas nuevas con una suela en perfectas condiciones y evitarle las molestias de seguir sufriendo más con su viejo par de botas. El hombre se puso tan orgulloso con este regalo que el resto de su vida se la pasó mostrando -a quienquiera que quisiera prestarle atención- sus botas nuevas hechas por nada menos que el liberador de la India, la tierra donde surgió hace muchos miles de años esa civilización que tan fuertemente ha inspirado, tanto como nuestra Grecia Clásica, a la filosofía universal.
Si en estos momentos me permito distraerlos de la siempre agitada actualidad cubana contándoles estas dos aventuras orientales, es sencillamente porque al escuchar las palabras de Yoani Sánchez sobre nuestra siniestra realidad actual, me pareció sentir los ecos de una sabiduría muy antigua que surgían de la boca de esta admirable mujer.
Cuba también puede producir grandes almas, aunque nosotros no las llamemos Mahatmas. No hay ninguna duda que esta mujer tiene algo que nos hacía mucha falta. Denle ustedes el nombre que quieran darle.
*Reflexiones de la Caimana es una sección de crónicas y testimonios que publica semanalmente el pintor cubano Ramón Alejandro en CaféFuerte.