La escena inconclusa: Rine Leal, teatro, credo y resistencia

Ni infalible ni perfecto, Rine Leal fue fiel a sí mismo. Y vale recordar a algunos y hacer saber a los más jóvenes que ciertos mitos tienen rostro, voz y magisterio sin alarde.
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En un programa de Lunes en Televisión, a comienzos de los años 60. Foto: Mario García Joya.

Desde hace varios días, cuando se cumplieron los 30 años de su fallecimiento, he estado deseando recordar aquí a Rine Leal (1930-1996), el crítico más influyente de la escena cubana de su tiempo, y el modelo que muchos de los que nos dedicamos a esta profesión no siempre bien agradecida en su país. Rine, desde publicaciones como Información y Carteles, se fue convirtiendo no solo en un comentarista agudo del naciente movimiento teatral de la época de las salitas, en La Habana de los años 50, sino también en un carácter, en un rostro reconocible, temido y respetado, gracias a sus reseñas y a las exigencias que, con no poca ironía a veces, hacía desde la página impresa a esos talentos que se probaban, en medio de grandes sacrificios muchas veces, en aquellos pequeños escenarios donde, poco a poco, se forjó una renovación no solo estética, sino que además se empezó a dotar al público de otra sensibilidad y otra voluntad de cercanía con respeto al hecho escénico.

Graduado de Periodismo en la Márquez Sterling, fue también actor y dramaturgo ocasional, hasta que la crítica lo ganó definitivamente, en un panorama donde ya estaban bien establecidos otros nombres (José Manuel Otero, Mirtha Aguirre, Manolo Casal, Luis Amado Blanco…), pero él supo dotar al ejercicio del criterio de una frescura y una serie de puntos de valoración que lo ubicaron a la cabeza de aquellas autoridades en lo que respecta a su fe, su pasión por alentar lo mejor y denunciar lo peor de esa nueva escena cubana, que incluía a directores como Francisco Morín, Andrés Castro, Modesto Centeno, Erick Santamaría, Cuqui Ponce de León y Adolfo de Luis y autores como Virgilio Piñera, Carlos Felipe, Rolando Ferrer, Antón Arrufat, Matilde Muñoz, Pepe Triana, Fermín Borges, María Álvarez Ríos, Matías Montes Huidobro, o Ramón Ferreira. De todos ellos, y de las actrices y actores relevantes de esa época, dejó una imagen a la que regresamos en su libro En Primera Persona (1967), esa «novela» del teatro cubano a la que regreso una y otra vez. Ese pequeño mundo, que a partir de 1959 se estremeció, perdió y ganó otros nombres, también queda reflejado en ese libro, en el cual Rine Leal define el papel del crítico en una coordenada siempre progresiva, que incluye preguntas e insatisfacciones que perduran hasta hoy no solo en lo teatral, sino en muchos aspectos de la cultura cubana.

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Rine Leal (1930-1996). Foto: Cubaescena.

Hizo antologías esenciales, como Teatro cubano en un acto (1963), y por supuesto, ahí están los dos tomos, imprescindibles de La Selva Oscura, que se fue a escribir cuando el panorama teatral de la isla se ensombreció, y le propusieron dirigir una compañía teatral. Sabiamente, intercambió la propuesta que le hacía aquel funcionario, por la investigación en papeles, periódicos, libros y legajos de los cuales emanó esa historia inconclusa del teatro cubano, que avanza desde los presuntos gestos preteatrales de los aborígenes hasta llegar, en su segundo tomo «de los bufos a la neocolonia». Siempre le exigimos, y nos prometió, dos tomos más, que abarcarían el periodo republicano hasta 1959 y luego una aproximación a los años más recientes. Nunca los concluyó, y son parte de su mito. El libro con el que intentó salvar ese vacío, Breve Historia del teatro cubano, publicado en 1980, no pasa de ser un esbozo que a él mismo le dejó insatisfecho. Porque también fue así, y la visión crítica de sí mismo fue parte de su carácter. Ni infalible ni perfecto, fue, en todo caso, fiel a sí mismo. Y perdura en nuestra memoria así, e incluso como personaje en alguna novela de su gran amigo de los días de Lunes de Revolución, Guillermo Cabrera Infante.

Participó en los debates de la renovación teatral de los 80, y aunque ya no ejercía la crítica diaria, su presencia en conversatorios y festivales era esperada, tanto como aquellas presentaciones que hizo para el espacio Teatro, en la Televisión Cubana, a fines de la década. De esas presentaciones, rescato uno de los pocos ejemplos que nos permite ver y oír a Rine Leal, comentando además una obra de su amigo Virgilio Piñera, cuyo Teatro Completo (que no lo es en verdad) dejó listo en 1989 y no llegó a ver publicado. En este fragmento, Rine Leal presenta la puesta en pantalla de Electra Garrigó, la pieza con la cual Piñera arrasó con los vestigios de viejos modos en el teatro cubano, en 1948 con la dirección de Francisco Morín y su grupo Prometeo. Me alegra haber podido salvar estos minutos donde Rine deja una imagen tan fiel de sí mismo, de su elocuencia, de su manera de evocar chismes y anécdotas al tiempo que las equilibra con la sagacidad del gran crítico que fue. Y por eso aquí lo comparto, porque hay que recordar a algunos y hacer saber a los más jóvenes que ciertos mitos tienen rostro, voz y magisterio sin alarde.

Murió en Caracas, en 1996, cuando intentaba regresar ya muy enfermo a Cuba. En 1993, cuando comentó la antología Teatro Cubano Contemporáneo (1992), compilada y prolongada por Carlos Espinosa, defendió en La Gaceta de Cuba una idea total del teatro cubano, más allá de escisiones y de exilios de cualquier tipo, lo cual devino una propuesta polémica. Desde Caracas preparó otros libros y antologías, e insistió en esa idea, que prolongaba algunas señales de lo que ya había respondido a Wilfredo Cancio Isla en una entrevista de 1989, para Revolución y Cultura. La historia de la llegada a Cuba de sus cenizas vale un capítulo aparte, y no precisamente grato.

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Rine Leal (1930-1996). Foto: Mario García Joya.

Prefiero recordarlo, aunque no haya sido alumno suyo en el ISA, en esas presentaciones de televisión, donde sabía sintetizar una clase magistral en pocos minutos, o a la salida de algún teatro donde llegué a saludarlo. Y en sus libros, donde sigue vibrando su verbo agudo, desde sus profecías, sus reclamos y sus «insolencias», que le ganaron amistades y también rencores y odios. Cuando el Instituto Superior de Arte lo nombró Doctor Honoris Causa, leyó, como agradecimiento, su Credo Teatral. Ahora que son ya 30 años desde su muerte, y preocupado ante el silencio que rodea ese aniversario luctuoso, vuelvo a esos párrafos suyos, porque en ellos sigue vigente mucho de lo que los que hacemos crítica teatral en Cuba deberíamos seguir acotando y rememorando. Sobre todo ahora, cuando la crisis que se hace tan dura y creciente, puede hacer olvidar a algunos la importancia del teatro, y la cultura, como un gesto incómodo que, desde sus fuerzas creativas, nos lleva a pensar y a adelantar cuestiones impostergables.

No quiero que pasen estos 30 años sin Rine en silencio. Le agradezco como el alumno que soy de sus libros, y de lo mejor que él nos legó: esa conciencia del critico como un participante comprometido y necesario, desde todo lo que en su Credo expresó, como se lee en este fragmento tan suyo, tan nuestro, y tan teatral:

“Creo en nuestro movimiento teatral, aunque lo haya calificado en ocasiones de muchedumbre, porque a pesar de normas, evaluaciones, parametraciones, errores administrativos y demagogia cultural, sus integrantes tienen el coraje o la santa locura de no renunciar al oficio. Y hasta creo en mí mismo, aunque cada día acudo menos al teatro, y sin embargo, a pesar el aburrimiento y/o enojo me emociono todavía ante una representación lograda, y vuelvo a soñar, y a empezar de nuevo, y amar la escena con la misma ingenuidad con que contemplé mis primeros espectáculos hace más de cuarenta años. Y creo en todo eso, porque cuando escucho los ataques al teatro pienso que no es justo echarle la culpa al termómetro de la fiebre del paciente”.

A un poco más de 30 años desde esas palabras, volvemos a agradecerlas. Como quien se mira en el espejo donde el maestro, más que asomar su rostro, nos deja leer sus preguntas en las nuestras, sus anhelos en nuestras insatisfacciones. Nuestro credo en el suyo. Muchas gracias, Rine Leal.

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