Historia inconclusa: Perfil del nuevo estafador cubano en Miami

Jorge Alberto González, condenado este viernes a 12 años de cárcel en un tribunal de Miami-Dade.
Jorge Alberto González, condenado este viernes a 12 años de cárcel en un tribunal de Miami-Dade.
Por Wilfredo Cancio Isla

La sentencia fue postergada durante cuatro meses mientras se estudiaban los posibles trastornos mentales del acusado, quien aparentó un intento de suicidio en vísperas de una audiencia crucial. Pero finalmente el pasado jueves, Jorge Alberto González Colomé fue condenado a 12 años de cárcel por un tribunal de Miami como autor de una de las cuantiosas estafas que arrastra su historial delictivo.

González deberá además pasar ocho años de libertad supervisada cuando termine la sentencia, según el dictamen anunciado por la jueza de circuito Teresa Mary Pooler.

El estafador pareció dar síntomas de arrepentimiento y se disculpó con María Dávila, la ex amiga víctima de sus tropelías, pero la jueza fue dura y descreída con él: «Es obvio que usted no ha tenido ningún empleo legítimo durante los últimos 20 años en los que se ha dedicado a apropiarse del dinero de personas vulnerables… Yo no percibo que su arrepentimiento sea sincero”.

González. de 51 años, fue hallado culpable por un jurado de Miami-Dade el pasado noviembre por robo de mayor cuantía. Fue uno de sus clásicos atracos a partir de la confianza, la solidaridad y la amistad que cultivaba falsamente con sus víctimas.

Una oferta irresistible

En el 2005, Dávila, empleada del Servicio de Inmigración y Ciudadanía (USCIS), fue abordada por González con la disposición de «brindarle apoyo moral» tras un divorcio difícil. La mujer recibió una considerable suma como compensación por la ruptura matrimonial y él le propuso una oferta irrestible.

González le dijo a Dávila que tenía una cuenta bancaria en España con retorno del 10 por ciento en tres años. Si ella depositaba sus $250,000 dólares en la cuenta personal de González en Miami, él haría la transferencia a España y le retornaría el cinco por ciento de las ganancias a la vuelta del trienio.

Dávila pidió alguna garantía adicional y González, amistoso como de costumbre, no dudó en dársela: un óleo de la célebre pintora cubana Amelia Peláez valorado en medio millón de dólares.

Cuando se estaba aproximando el plazo del retorno del dinero, González llamó a su amiga para informarle que había sufrido serios problemas financieros con el banco español y que el retorno se demoraría un poco más de tiempo.

Pero Dávila no quedó satisfecha y comenzó a hacer sus averiguaciones. El cuadro de Amelia Peláez era falso, González tenía una profusa historia de incumplimientos y fraudes en Miami, y el dinero no había ido a España, sino que había sido gastado por el estafador en una camioneta, un Lexus para la esposa, el pago de un alquiler pendiente y la matrícula de la escuela privada de sus hijos.

Arsenal de falsificaciones

Cuando Dávila trató de encararlo, la amenazó e intentó chantajearla, asegurando que lograría que la despidieran de su empleo federal con el Departamento de Seguridad Nacional (DHS). Pero al final, González terminó arrestado y encausado.

En su casa fueron hallados un arsenal de pinturas falsas, un cuño y formularios en blanco que usaba en el proceso de autenticación de cuadros falsificados como las que inundaron el mercado de arte de Miami en los años 90.

«Una sentencia de libertad condicional no sería suficiente para castigarlo por sus faltas, porque no creo que usted pueda restituir lo perdido”,  le dijo la jueza en la audiencia del jueves. 

Ciertamente, González tiene aún por ajustar muchas cuentas acumuladas en la comunidad de Miami, mientras aguarda por al menos dos juicios pendientes. Una de las acusaciones es por engañar a su primo Junior Alonso y estafarle un reloj Rolex por valor de $10,000 dólares y $7,000 en efectivo para comprar una obra de arte.

La otra por robo de mayor cuantía en el 2011, cuando levantó $10,000 dólares de un comprador a quien fingía venderle un carro usado de mayor valor.

Pero también espera por la justicia Gustavo Núñez, un coleccionista de arte a quien González le robó 10 valiosos cuadros, valorados en un millón de dólares, en diciembre del 2009. Fue un caso muy sonado en Miami, popularmente identificado como «la estafa de la colada de café».

Una colada muy costosa

El estafador iba a pagarle casi un millón de dólares a Núñez por sus obras, entre ellas Jarrón de Helechos, una pieza de Amelia Peláez (1896-1968) valorada en $200,000 dólares. Las pinturas fueron trasladadas en una camioneta SUV y en un punto de la trayectoria, González pidió a Núñez que se bajara a traerle una colada. Cuando el hombre se bajó del vehículo, González escapó amenazándolo con una pistola.

«Estamos ante el caso del estafador por excelencia, un delincuente que se mueve entre sus víctimas con afabilidad y buenos modales, como un encantador de serpientes», comentó el abogado Rogelio del Pino, quien representa a Núñez en la disputa legal por recuperar sus cuadros.

Cuatro de las obras están aún en poder de la Policía de Miami-Dade y de los otros no se conoce su paradero, entre ellos Central Triunfo en Limonar, de Esteban Chartrand (1840-1884), valorado en unos $90,000 dólares.

Y junto a Núñez también esperan por hallar una recompensa de la justicia un médico, un dueño de restaurante y una figura de la televisión en Miami a quienes González convirtió en blancos de sus patrañas.

La pregunta está sobre la mesa de los investigadores y las víctimas. ¿Quién es realmente este ladrón sutil, ceremonioso y mitómano, capaz de fabricarse una vida fastuosa y encantar a sus víctimas con la calidez de un amigo de siempre?

Negociante natural

González es de Playa Baracoa, muy cerca del Mariel, y familiares y conocidos lo recuerdan como un «negociante natural». Estuvo vinculado a ventas de obras de arte a extranjeros y dejó una estela de deudas en círculos familiares y amigos.

En Cuba acostumbraba a «protegerse» haciéndose pasar por primo del Ministro del Interior y vicepresidente del Consejo de Estado, Abelardo Colomé Ibarra, pero entre ellos no existe ningún lazo familiar, según confirmó Alonso.

Pero la aureola de «primo del Furry» lo acompañó al llegar a Miami en 1991. Bajo ese supuesto nexo familiar justificaba contactos con altas esferas en Cuba y viajaba con frecuencia a la isla.

Entró en negocios como propietario de un barco de cabotaje que hacía traslado de mercancías entre Cuba y México. A algunos de sus clientes trató también de ofrecerles la recuperación de bienes dejados en la isla.

«Me ofreció traerme una mesa y otros muebles de valor que dejé en Cuba a un precio razonable, pero no me gustó el negocio», dijo a CaféFuerte un residente de Miami que pidió no ser identificado.

En 1996 comenzaron sus problemas con la ley en Estados Unidos. Fue arrestado y hallado culpable en un tribunal federal por tráfico de cocaína y fraude con tarjetas de crédito. 

Muertes enigmáticas

Pero González no se detuvo en sus turbias operaciones de negocios. Algunas de las personas que trabajaron con él eran familiares, como su tío Carlos Alonso, o personas que conocía de Cuba, como Marcelo Vera, hijo del ex presidente de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), Ernesto Vera.

A ambos los mataron en circunstancias no esclarecidas. Alonso murió en Colombia en el 2002. Marcelo Vera recibió una golpiza y cinco balazos en un aparente robo en marzo del 2006.

En septiembre del 2010 fue acusado nuevamente y hallado culpable por complicidad en el robo a mano armada de un anciano.

Sin embargo, los escollos legales no lo detuvieron. Sus estrategias de estafador siguieron funcionando a la perfección y parecían no tener límite.

Prometía yates, relojes, carros, joyas a precios imbatibles, luego que desarrollaba con la víctima una relación de confianza plena antes de deslizarle la oferta tentadora.

«El hablaba contigo, se metía en tu vida y te trabajaba durante meses… A veces hasta iba a misa con su víctima para crear una confianza casi familiar hasta que encontraba tu momento débil para proponerte lo que tú querías», explicó a CaféFuerte una persona que fue estafada por González y tiene un caso pendiente en la fiscalía estatal.

Examen de salud mental

El afectado dijo que González lo llevó a un lugar descampado adonde había ido para realizar la transacción de un yate en venta. Llevaba el dinero en efectivo en el auto y le pidió bajarse a abrir el portón que bloqueaba la entrada al warehouse. No lo vio más.

«Lo que me sorprende es que no tuvo problemas en la calle antes de que lo arrestaran, pues había mucha gente buscándole para ajustarle cuentas», comentó la fuente.

González no es deportable como otros cubanos envueltos en delitos graves, pues tiene ciudadanía estadounidense.

En un último intento por quitarse la condena de cárcel tras ser declarado culpable en un juicio de cuatro días, el pasado noviembre, González ensayó un suicidio y solicitó luego un examen sobre su salud mental.

Pero días después, una conversación telefónica desde la cárcel le permitió concluir a los evaluadores médicos que el hombre estaba en sus cabales y todo había sido puro teatro.

“Creo que de cierta manera usted se ha burlado del sistema judicial”, le dijo la jueza Pooler en la audiencia del jueves.

Por esta vez, el arte del engaño no le sirvió para salirse con la suya.

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