Antonio Conte (1944-2012), su última crónica

Antonio Conte (izq.) junto a José Lezama Lima y su esposa María Luisa en el Palacio de Artes Decorativas de La Habana en 1970. FOto: Ivan Cañas.
Antonio Conte (izq.) junto a José Lezama Lima y su esposa María Luisa en el Palacio de Artes Decorativas de La Habana en 1970. Foto: Ivan Cañas.

Por Wilfredo Cancio Isla

Ha muerto en Miami el amigo Antonio Conte, cronista excepcional, poeta de recia estirpe, hombre culto y cubano que -como muchos de sus compatriotas en el exilio- había decidido buscar un espacio de libertad fuera de la asfixiante cotidianidad del totalitarismo que se eterniza en la isla.

Conte, El Niño Conte como lo conocíamos, falleció al atardecer de este martes, mientras se dirigía en su automóvil a un centro hospitalario de Coral Gables. Al parecer hizo una llamada en busca de ayuda, parqueó el vehículo sin apagarlo y cayó derrumbado sobre el timón. Tenía 68 años, unos deseos inmensos de vivir y un corazón débil, que le venía cortando la respiración y la vida desde hacía algún tiempo.

Se había radicado en Miami desde el 2000. Trabajó para la agencia Cubanet y se retiró el pasado año por motivos de salud. Había sobrevivido a varias crisis cardiopulmonares, una de ellas el pasado verano en España, donde salvó la vida tras un prolongado ingreso hospitalario. Estaba consciente de que estaba cerca del final, pero lo asumía con ironía, vitalidad, lecturas y creación infatigables.

Nacido en La Habana en 1944, Conte deja una profusa obra poética y narrativa, con libros como Afiche rojo, Ausencias y peldaños, La fuente se rompió, En el tronco de un árbol, Con la prisa del fuego y Definición del humo, publicados en Cuba, Colombia y Miami.

Fue también guionista cinematográfico, editor esmerado de revistas y periodista de larga trayectoria, desde los días gloriosos de la revista Cuba, en la década de los sesenta.

La noticia es doblemente dolorosa, porque Conte fue un entusiasta colaborador de CaféFuerte desde el nacimiento de este sitio digital en julio del 2010. Hace apenas cinco días había enviado una exquisita crónica sobre un suceso histórico ocurrido en Matanzas en 1957, y me había prometido una próxima columna sobre el narcotraficante Pablo Escobar, a propósito de una serie que se transmite ahora en la televisión de Miami.

Habíamos quedado vernos este sábado en casa de un amigo común. Me confesó en un reciente correo electrónico que se sentía mucho mejor desde hacía un mes gracias a un medicamento que le permitía respirar mejor. Pero la vida no cree en encuentros postergados y suele ponernos ante estos trances dolorosos, irreparables y difíciles de aceptar.

Guardo anécdotas memorables del Niño, irremediablemente coqueto, jaranero, lúcido como pocos, amante del béisbol y de todo lo que significara una porfía deportiva. Las llevaré conmigo a cuestas y servirán siempre para aderezar las charlas de recordación al ser humano que fue.

CaféFuerte rinde tributo póstumo al amigo, publicando la que quizás fue su última crónica. Curiosamente el tema es justamente la muerte de un profesor de literatura, tratada con la sutilleza y el humor como solo él acostumbraba a hacer. Gracias, Conte, por tu magisterio, tu devoción vallejiana y tu pasión por la vida.

EL HIPO DE PIPO

Por Antonio Conte

Pipo Valencia murió de un ataque de hipo el 21 de abril de 1957, en Matanzas. Su muerte fue reseñada en varios periódicos de circulación nacional, entre ellos El Crisol, matutino de La Habana.

En su edición del 23 de abril apareció en la página ocho del diario una nota a cuatro columnas titulada El hipo se llevó a Pipo, firmada por Euclides Ramos:

“Artemio Valencia, conocido como Pipo, profesor de Literatura en el Instituto de Segunda Enseñanza de la ciudad, leía diariamente a sus alumnos un fragmento de Hamlet. La mañana del 18 de abril, después de recitar el final de la obra: Now cracks a noble heart. Good night, sweet prince; and flights of angels sing thee to thy rest, le dio la sirimba hípica que se mantuvo intermitente durante tres días con sus noches. No valieron hilos en la frente, cocimientos de granada, amansaguapo, apasote, sustos con hormigas bravas que metió la mujer en los calzoncillos de Pipo, ni las inyecciones de arañuela y abedul cada cuatro horas. Al amanecer del 21 de abril se fue el profe, cuando estaba entrando la primavera por la ventana de su cuarto, frente a la bahía de Matanzas”.

Fue el segundo caso de muerte por hipo en Cuba. El anterior ocurrió el 31 de diciembre de 1937; el desdichado, Juan Francisco Martínez, de Pontevedra, que se atragantó con una uva cuando empezaron a descontar los últimos segundos del año que se iba. Sólo alcanzó a hipar tres veces, se puso morado como casulla en misa de difuntos, y cayó redondo sobre las baldosas del salón principal del Casino Español, en Prado y Ánimas, antes que el reloj diera la primera campanada anunciadora del año nuevo.

El periodista no ahonda en los detalles clínicos del caso, pero el doctor Fidencio Cárdenas, del departamento de gastroenterología del hospital provincial de Matanzas, afirmó a la radio local que Pipo había guardado el carro debido a una crisis hipal producida por una emoción fuerte, tal vez la resurrección de la primavera, o el adiós a las armas del príncipe de Dinamarca.

Lo que no era probable, pues Pipo estaba acostumbrado a estos trotes impuestos por él mismo. Recitaba de memoria al inglés, sin omitir puntos ni comas, en el mismo tono que se hablaba durante el reinado de Isabel I, periodo que va de 1558 a 1603, y termina con la muerte de Jacobo I en 1625. Shakespeare, que murió en 1616, el mismo año que Cervantes, era un isabelino que bien bailaba, lo que conocía al dedo Pipo Valencia, por lo que se descartó la muerte por emoción shakesperiana. Lo de la primavera nadie lo creyó porque en Matanzas no hay.

La pasión del profe por William lo llevó a escribir un ensayo de tres mil palabras sobre la relación Ofelia-Hamlet, que no vacila en calificar de mojigata, dentro de la tragedia que vivía el príncipe debido a la calentura de tiempo completo que provocaba en la reina Gertrudis el mediocre de Claudio, el rey tío.

“La cumbancha entre el tío y la madre transformó al príncipe en un pelele -afirma Pipo-, a lo que se sumó más tarde la aparición del rey muerto (su padre) en la explanada norte del castillo. Ese trauma, antes que convertirlo en un pedante me hago el loco, debió llevarlo sin escala a los pechos y muslos rosados de Ofelia (y no a insultarla en repetidas ocasiones), y atacar a la moza en su propio cuarto a la hora del baño, cuando la ninfa estaba fresca como una lechuga de Odense”.

El ensayo se publicó tres meses antes de la muerte de Pipo en la revista de la sociedad cultural José Jacinto Milanés, del municipio Bolondrón. Matanzas era conocida entonces como la Atenas de Cuba.

La esposa de Pipo, actriz del grupo Las Cuevas, con sede en el barrio Bellamar, representó a Gertrudis el año anterior en una versión moderna de Hamlet adaptada por el marido, donde la reina madre no sólo se empata con el cuñado, sino que coquetea en el parque de las mil taquillas de Varadero con Laertes, Rosencrantz y Guildenstern, que en la versión de Pipo se llamaron Miguelón, Rodolfo y Machito, como los tres Villalobos.

La Sociedad Económica de Amigos del País, por medio de su director, el doctor Bonifacio de la Luz, envió una corona y una esquela mortuoria: “Al gran Pipo, divulgador excelso de la obra de William Shakespeare en la Atenas de Cuba. Descansa en paz, hombre de bien”. Por su parte, el embajador británico se presentó en la funeraria a las nueve en punto de la noche, entregó a la viuda una estatua de bronce de Pipo y Shakespeare estrechándose las manos, y una caja de 50 por 20 centímetros de chocolates suizos Gysi.

Ningún otro profesor de literatura se atrevió a recitar fragmento de obra alguna de Shakespeare en el Instituto, sobre todo los versos con que, en boca de Horacio, se le dice adiós al príncipe. El miedo a morir de un ataque de hipo invadió la ciudad. Dicen los deslenguados que cuando en alguna tertulia se hacía referencia al inglés sin pronunciar su nombre, los tertulianos respiraban profundo y cruzaban sin recato el dedo del medio sobre el índice, como advirtiendo: Lo que es a mí, el hipo no me jode.

Nota del autor: Este trabajo no hubiera sido posible sin los testimonios de varios alumnos de Pipo, ya veteranos, residentes en Savannah, Providence, Pensacola, y las informaciones de la época, recogidas en los periódicos locales El Matancero y Valle plateado de luna, y en alguno que otro de circulación nacional como el mencionado El Crisol, Información, El Mundo y Prensa Libre.

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