
Por Ramón Alejandro*
El egocentrismo habanero tiene muy profundas raíces. Esa trilobada bahía de modesta talla -sobre todo si la comparamos a la de Santiago De Cuba, Guantánamo, Nipe, Mariel, Bahía Honda, Cabañas, Cienfuegos o la misma Matanzas- fue escogida por quién sabe qué ignotas razones cuajadas en las barrocas mentes de los ceñudos funcionarios de la administración imperial española.
Esas razones tendríamos que ir a desentrañarlas entre las tongas de papeles acumulados durante cuatro largos siglos en los Archivos de Indias de la antaño península metropolitana. Aunque parezca verosímil que su atractivo mayor debe haber sido el hecho de estar situada justo frente al paso de la Corriente del Golfo que sobre sus cómplices ondas había ayudado a llevar fácilmente de vuelta a Europa a los primeros conquistadores.
Aquellos ineptos y obtusos amos imperiales; de tan rimbombante prosapia, rancio abolengo y pomposo linaje; nos dejaron seis importantes fortificaciones; la descomunal Cabaña, El espectacular Morro (con su farola enhiesta guapeándole a los vientos que nos llegan del norte), la achaparrada Punta, La romántica Fuerza, el emboscado Atarés y el malfamado Príncipe, así como el humilde Torreón de la Chorrera, la garita del de San Lázaro y las baterías que hoy sirven de agradable balcón sobre el Malecón en el cual ventilan sus borracheras los turistas que se hospedan en el Hotel Nacional, y la desaparecida muralla de la que fueron respetados ciertos tramos.
Codicia y torpeza española
A la codiciosa y torpe administración española lo único que le interesaba era defender aquel puerto donde sus flotas reunían todo el botín rapiñado en América -que les llegaba hasta desde las remanganaguas del lejano Archipiélago Filipino a lomo de indio, caballo o burro a través del valle de México- antes de embarcarlo definitivamente hacia Sevilla o Cádiz, bien protegido de las envidiosas naves piratas inglesas, francesas y holandesas que los acechaban durante la larga travesía del Océano Atlántico y cuyo lema era: «Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón».
Porque arquitectura civil, incluyendo los edificios eclesiásticos, dejaron muy poca en comparación con ese extraordinario despliegue de zafarrancho militar. La mayor parte de la población -sin contar a los numerosos esclavos, fuera de los que se acogían a las casonas señoriales de algunos pocos y muy distinguidos magnates- vivía en insalubres covachas. Los ocupantes militares americanos se concentraron, con gran sentido práctico y encomiable humanismo, en muy necesarias obras de educación, higiene y administración civil racionalizada, ya que nuestros queridos españoles habían desatendido totalmente el bienestar público durante toda la prolongada duración de su feroz desgobierno.
La segunda ola constructiva fue impulsada por las grandilocuentes ambiciones de Gerardo Machado, con su Capitolio queriendo rivalizar con el de Washington, la utilísima carretera central, el Palacio Presidencial y otros monumentos que dieron a la urbe habanera cierta discreta dignidad de cabecera del nación soberana, aunque estuviera siempre bajo la sombra de la devota mantilla impuesta a la joven y revoltosa república por la prudente Enmienda Platt. Máximo Gómez, Maceo y Calixto García tuvieron sus templos marmóreos coronados por ecuestres estatuas; dignas de Viena o París, que servían poco más que para dejar pasmados a los guajiros que venían a visitar la capital.
Y entonces llegó El Hombre
Pero entonces fue que nos llegó desde la patriótica provincia de Oriente el fundador de la Dinastía Biranita; El Hombre, Don Fulgencio Batista y Zaldívar, que en sólo siete años recentró todo el paisaje urbano en aquel hueco estratégico donde se levantaba la ermita de los catalanes, y se dio a la creación de la Plaza Cívica, alrededor de la curiosa raspadura con base de estrella de cinco puntas del monumento a Martí. Entre ella y el Golfo de México se extendía en línea recta la tragicómica avenida de los Presidentes, donde efímeras y sucesivas mediocridades -cuyos nombres hoy ni logramos recordar- merecieron monumentos dignos del culto dado a las divinidades grecolatinas de la antigüedad.
Ya estaba finalmente listo el escenario triunfal donde Fifo Primero iba a dar su Tremendo Show.
Gracias a la televisión y otros adelantos tecnológicos, Fifo Primero pudo seducir a las élites intelectuales y políticas del primer mundo con su simpaticona y guarachera Revolución, tan cubana como las palmas. Definitivo acto final de la heroica historia de la constitución de un nuevo Estado Nacional plenamente soberano entre el consorcio de las demás naciones del globo terráqueo.
Ahora que ya terminó su numerito y que a buena parte del dramático escenario se la van llevando las copiosas gotas de cada sucesivo aguacero, ya es hora que los actores se vayan retirando a sus camerinos a quitarse el maquillaje. Porque aunque a ellos no les guste, con la pobre China Segundona se acaba la dinastía venida de Birán.
¡La commedia é finita, nagüe!
*Reflexiones de la Caimana es una sección de crónicas y testimonios que publica el pintor cubano Ramón Alejandro en CaféFuerte.