La primera palmada resuena con la violencia de un aplauso. El monje apenas ha terminado la pregunta cuando su brazo describe un círculo perfecto y la mano golpea con fuerza la otra palma. Durante un instante todo el patio parece escuchar ese sonido seco.
A las tres en punto los monjes salieron al patio y, sin mayor protocolo, cogieron los cojines apilados en las esquinas. La sombra de los árboles cubría todo el terreno, manteniendo a raya el insolente sol de la tarde tibetana de junio. Cuatro o cinco docenas de monjes, la mayoría jóvenes, encontraron su lugar en el centro del patio de gravilla, alejados, hasta donde era posible, de nosotros, los turistas que, movidos por la curiosidad, teníamos por una única vez la oportunidad de verlos debatiendo filosofía budista.
A esa hora los monjes del monasterio de Sera ya habían cumplido algunas de las tareas recurrentes de este templo al norte de Lhasa: las oraciones matutinas de las cinco de la mañana, con sus cánticos y meditaciones comunales; el desayuno de té con mantequilla de yak, algunos, posiblemente, habían tenido tareas de limpieza; otros, quizás, habían atendido los jardines y los grandes rosales que dan nombre a este monasterio de la tradición Gelug: Sera significa «rosa silvestre».Cuando llegaron al patio y comenzaron a organizarse en parejas y, a veces, en grupos de tres —uno de pie, el que haría las preguntas, y otro sentado en la comodidad del cojín, quien las respondería—, ya habían dedicado la mañana a leer y memorizar textos sagrados y a escuchar las lecciones de maestros y lamas.
Es entonces, a esta hora de la tarde, el momento de discutir filosofía, lógica, de repasar los textos leídos y aprendidos. Nada es nuevo en este patio de debate de una de las universidades tibetanas más conocidas, los monjes de Sera se dedican a debatir desde la fundación del monasterio, en 1419, cuando Jamchen Choje, discípulo de Tsongkhapa, el prolífico y respetado filósofo de la tradición Gelug, cumplió la profecía de su maestro al convertir Sera en un importante centro de estudio y práctica de las enseñanzas del budismo Mahayana.



Sin señal de aviso, tan pronto como cada pareja quedó acomodada sobre el cojín, comenzó el espectáculo. El monje de pie formulaba una pregunta o citaba un texto; al terminar su breve parlamento levantaba la mano en un gesto que parecía diseñado para ejercitar el hombro: brazo hacia atrás, hacia arriba y, finalmente, la palmada que marcaba el final del argumento o de la pregunta. Entonces llegaba el turno del monje sentado para responder, aclarar, refutar o explicar.
Uno de los monjes nos miraba de reojo para comprobar si lo fotografiábamos o filmábamos; creo que le gustaba ser retratado, porque la estudiada elegancia de sus movimientos parecía hecha para las cámaras. Desde el suelo, un monje muy joven —dientes perfectos, una brizna de pelo escapando de la cabeza afeitada— sonrió. Tal vez había descubierto el truco oculto en la pregunta; tal vez era un tema discutido demasiadas veces y sobre el que nunca llegarían a ponerse de acuerdo; o quizás le parecía demasiado fácil para empezar aquella sesión de una hora. Miró unos segundos más a su interlocutor, se acomodó la kasaya rojo granate que se deslizaba del hombro y comenzó muy despacio su contraargumento. El monje más corpulento, de pie, intentó interrumpirlo, pero el otro lo detuvo con un simple gesto, casi sensual, y continuó su respuesta.
Quizás la pregunta versaba sobre la vacuidad, uno de los temas más recurrentes; o sobre la relación entre causa y efecto; o sobre la existencia de un yo permanente e independiente; o sobre la naturaleza de la mente humana. Tal vez, después de tantos años debatiendo, haya asuntos que siempre se posponen. O quizás era un novato, recién llegado a Sera.
Nadie sabe decirme con seguridad cuántos monjes viven hoy en Sera. Son apenas un puñado de los cinco mil que en otro tiempo llenaban los tres colegios del monasterio. Eran los años de esplendor, mucho antes de la ocupación china en 1959 y de la Revolución Cultural, que destruyó miles de monasterios y golpeó duramente la religión tibetana. Y todo lo demás.
A un metro de esta pareja y en medio del ruido de las discusiones, algunas muy ardientes, un monje, muy alto comparado con el resto,levantaba su brazo derecho dibujando un perfecto círculo antes de descansar la palma de la mano derecha suavemente sobre la palma de la mano izquierda, antes de deslizar la punta de los dedos hasta el puño. Cada palmada, llena de emoción, marcaba un momento lógico de la conversación. Tsongkhapa consideraba este método una herramienta esencial para alcanzar una comprensión profunda de las enseñanzas budistas.El Dalai Lama también. Por la exageración de sus gestos y la firmeza del tono podría pensarse que hablaban de política o que aprovechaban ese momento para zanjar algún asunto personal. Su vehemencia era mucho más evidente que la del resto de sus compañeros.
Desde su cojín, sobre la gravilla, un monje quizás ya en la cuarentena, lo observaba con admiración, respeto y, tal vez, un punto de condescendencia. Su respuesta fue larga, pausada, categórica, mientras el monje de pie parecía perder poco a poco la vehemencia inicial. El monje sentado sabía de qué hablaba, quizás por la edad, aunque, según, mi guía, no debo dejarme engañar por las apariencias: algunos de los monjes más jóvenes de Sera son también algunas de las mentes más brillantes de la filosofía tibetana. Una y otra vez el monje alto volvió a la carga, y una y otra vez el sentado desmontó sus argumentos. Sin prisa, pero sin pausa.
Nunca había visto algo parecido, pero en la histórica y prestigiosa universidad india en Nalanda, que entre los siglos V y XII albergó hasta 10 mil monjes estudiando sus nueve millones de libros, los debates eran parte de la formación. También en algunos monasterios zen de Japón existen intercambios públicos sobre doctrina, las academias judías mantienen una larga tradición de discusión del Talmud que puede prolongarse durante horas, y se sabe que las universidades medievales europeas hicieron del debate una herramienta fundamental del conocimiento.



En la Universidad de Oxford, quizás a esta misma hora, alguien defiende públicamente que la inteligencia artificial beneficiará a la humanidad a largo plazo mientras otro alumno intenta demostrar lo contrario y una audiencia decide cuál de las dos posturas resulta más convincente. Es un magnífico ejercicio de oratoria y persuasión; no en vano, muchos de quienes participan acabarán dedicándose a la política. Pero en Sera, Tíbet, ganar el debate o perfeccionar el arte de convencer no constituye el objetivo. Aquí las ideas filosóficas se discuten, se avanzan, y desaparecen con el aire fresco de la tarde de Lhasa.
Extraña esta situación en la que observo, sin entender mucho, un debate filosófico budista, una puesta en escena y una ritualidad que el Dalái Lama nunca verá en Sera. Desde su exilio en la India ha asistido a debates en los monasterios de Sera Jey y Sera Mey allí, continuadores directos de este monasterio, y ha celebrado el valor del debate, recordando que, durante su formación como líder espiritual, debatía regularmente con otros monjes, un método que considera especialmente eficaz para profundizar en las enseñanzas budistas.
Pero ninguno de estos monjes ha visto jamás al Dalái Lama. Ni siquiera una fotografía suya. Hasta pronunciar su nombre está prohibido y, si alguien ha osado musitarlo en la intimidad de la familia o entre amigos de absoluta confianza, sabe que se expone a castigos e incluso a penas de prisión.
Miro sus rostros e intento encontrar alguna señal que me permita saber algo de estos hombres. Me pregunto cuántos repiten con convencimiento las consignas de las campañas de «educación patriótica» impuestas por el gobierno; cuántos conocen al dedillo la Constitución china, las leyes del Estado o los nombres de los dirigentes del Partido Comunista; cuántos repiten la historia oficial sobre la pertenencia del Tíbet a China como si fuera propia; y cuántos, alguna vez, han sucumbido a la tentación —o al chantaje— de vigilar a alguno de sus compañeros.



Pienso entonces en nuestro guía, quien se quedó sentado fuera del monasterio, quizás cansado de responder durante horas a nuestras preguntas. Nació en los años ochenta, décadas después de la invasión china del Tíbet y, sin embargo, habla de ella como de una herida reciente y cotidiana.
—Aquí la infraestructura es buena —me había dicho el día anterior en el monasterio de Drepung—. Lo peor es la educación.
No hablaba de las escuelas, sino del adoctrinamiento ideológico permanente, de esa lenta desaparición de todo aquello que identifica al Tíbet.
—Estamos desapareciendo como cultura.
Hizo una pausa antes de añadir:
—Los más jóvenes ya ni siquiera conocen la historia del Tíbet.
Después de media hora observando los debates, escrutando los rostros y haciendo innumerables fotografías, la sorpresa inicial comenzó a diluirse. Decidimos abandonar a los monjes y dejarlos continuar con su discusión, poniendo sentido a nuestro lugar en el mundo.
El Dalái Lama tiene razón también en esto: el budismo tibetano no es únicamente —ni siquiera principalmente— meditación silenciosa, como muchos imaginamos. Es también una tradición de investigación racional en la que las enseñanzas de Buda no deben aceptarse solo por fe, sino someterse al razonamiento, la lógica y el análisis crítico.
Bajo las escaleras hasta la explanada de la entrada y de ahí a la salida del monasterio. Podría hacer la kora, la caminata circular alrededor del monasterio que aquí puede hacerse una hora y promete paisajes hermosos, pero el sol todavía cae con demasiada fuerza. Quizás habría servido para procesar lo visto, para entender la emoción por haber asistido a uno de los grandes espectáculos intelectuales del budismo tibetano y, al mismo tiempo, lidiar con mi incapacidad para comprender completamente lo que acabamos de presenciar.
Solo entonces vuelvo a la realidad y me pregunto si nos han estado vigilando durante la visita. Probablemente sí.
Aquí resulta menos evidente que en el templo Jokhang, donde los agentes vestidos de paisano apenas se apartaban de nosotros mientras recorríamos la kora del templo más sagrado de Lhasa. Dejamos atrás Sera, el debate y la vida monástica de estos hombres que hoy, como mañana y durante el resto de sus días, seguirán filosofando bajo los árboles. Desde la distancia aún vemos la inmensa bandera china que ondea sobre sus cabezas, a la entrada del monasterio.
Quizás nadie nos haya vigilado durante la visita. Quizás sí, pero no importa, la bandera se encarga de que la duda nunca desaparezca.
*Iris Cepero es una periodista, escritora, editora, traductora y exdiplomática. Nació en Piedrecitas, Camagüey, y ha vivido en India, Reino Unido y España. Es colaboradora de Café Fuerte desde su fundación. En 2014 lanzó su blog Viajes de una guajira, que luego dio pie al libro homónimo en 2021, con sus crónicas de recorridos por el mundo.