Los vertiginosos acontecimientos que sacuden al mundo de nuestros días no debieran impedirnos hacer un alto este 6 de marzo para celebrar una fecha gloriosa para el cine, la cultura y el magisterio de la creación artística: el centenario del célebre realizador polaco Andrzej Wajda (1926-2016).
La celebración debiera tener un carácter expansivo hacia todos los amantes del cine como un arma de belleza y revelación, un escenario de vindicación de la conducta humana en su lucha por la libertad más plena. Y especialmente no podría dejar de tener en las primeras butacas a los cinéfilos y espectadores cubanos que disfrutamos su cine y comprendimos de manera inequívoca que un artista es un indagador profundo de la verdad, y deja de serlo cuando acomoda su discurso a la complacencia y al poder, sea del signo que sea.
Wajda no solo fue un genio del cine, un renacentista dotado de imaginación y agudeza reflexiva para contar las inconmensurables historias de su época. Su visión de realizador cinematográfico la había perfilado a través del teatro y la pintura en una fructífera relación de vasos comunicantes. Su contribución al cine, entre el catálogo de obras maestras en una producción que supera las 40 películas desde su alborada con Generación (1955) y Kanal (1957), lo sitúan en una cúspide de excelencia donde solo habitan nombres sagrados: Bergman, Wells, Houston, Visconti, Kurosawa, Fellini, Kubrick, Tarkovski, Truffaut…
Pero con Wajda se da una condición de excepcionalidad que le concede una particular grandeza a su filmografía. Fue un visionario que transitó, testimonió y desentrañó críticamente tres de nuestros espantos contemporáneos: el fascismo, la guerra y la imposición totalitaria del comunismo.
Entre todos los realizadores que crearon su obra con altísima dignidad sorteando la censura en los países del Este (pensemos, sobre todo, en las cinematografías de Polonia, Hungría y Checoslovaquia como islotes de irreverencia), Wajda emerge como el gran adelantado, el artista que mantuvo la continuidad de narrar la evolución histórica, política y social de su país, de sus gentes indóciles, y abordar los mitos de la identidad polaca con un sentido universal, como un alquimista de las alegorías y el simbolismo.
No es otra cosa el cine de Wajda que una parábola de la lucha por mantener la dignidad humana aún en las circunstancias más difíciles de acoso, humillación y sometimiento.
Las grandes películas de Wajda se exhibieron comercialmente en Cuba hasta El director de orquesta (1980) y luego vino un largo impasse que se rompió con la melancólica, intensa Crónica de una historia de amor (1985), programada durante una Semana de Cine Polaco en La Habana, a mediados de 1989. Para entonces, el realizador había desafiado ya zonas sensibles de la censura oficial polaca con El hombre de mármol (1977) y, en particular, con El hombre de hierro (1981), que fue una clarinada en favor del sindicato independiente Solidaridad y su líder Lech Walesa.

Wajda se mantuvo trabajando hasta poco antes de su muerte, ocurrida el 9 de octubre de 2016. Ese mismo año había terminado y presentado en festivales internacionales Afterimage (Imagen residual), un filme sobre las tribulaciones de un influyente profesor de pintura que en 1948 se niega a renunciar al arte abstracto en la Escuela de Artes Visuales de Lodz, a pesar de que el nuevo régimen estalinista le exige la enseñanza del arte realista socialista. Es despedido, borrado de la memoria visual del país e impedido de ganarse la vida como rotulista, pues se le prohibe incluso comprar materiales de arte y cobrar cupones de alimentos.
Es curioso que los últimos empeños del cineasta se focalizaran en relatos de denuncia antiestalinista. Sorprende la vitalidad y la estremecedora narración de una película como Katyn (2007), realizada con 80 años. Es la consumación de una masacre ordenada por Stalin y perpetada por el siniestro Lavrenti Beria en 1940, en la que resultaron exterminados más de 20,000 miembros de la intelectualidad y las fuerzas militares polacas, entre ellos el padre de Wajda, que era un oficial de caballería.
Katyn se presentó por entonces en el Festival de Cine de Miami y había gran expectativa con el anuncio de que el director viajaría para la presentación. Finalmente no ocurrió y así se esfumó el sueño de conocer en persona al artista inmenso y al extraordinario ser humano que fue.

Había imaginado este centenario con una retrospectiva de Wajda en algún centro cultural o espacio accesible, como en aquellos tiempos en que la cinemateca era un remanso de disfrute y superación. Pero a estas alturas eso puede parecer una aspiración demasiado nostálgica y poco realista.
Repaso por estos días Double Vision. My Life in Film, la espléndida autobiografía de Wajda que me obsequió un querido amigo en vísperas del aniversario, y hago memoria de algunos títulos que marcaron su portentosa trayectoria: Cenizas y diamantes, Amor a los veinte años, Lady Macbeth de Siberia, Todo para vender, Paisaje después de la batalla, Los abedules, La boda, La tierra prometida, Las señoritas de Wilko… ¿Puede acaso olvidársenos tanta genialidad desbordante, tanta sabiduría para hacernos descifrar mejor la vida?