Fue un ícono de la belleza y el cine del siglo XX, un espectáculo de candor y sensualidad para toda una época. Claudia Cardinale (1938-2025), la muchacha que hizo latir corazones y derramó pasiones de novia irresistible para varias generaciones alrededor del mundo, acaba de fallecer en la comunidad de Nemours, al sureste de París, a los 87 años.
Cardinale tenía algo misterioso en su divina hermosura. Una mirada enigmática que imantaba con tan solo asomarse a la pantalla. Conformó una tríada de beldades italianas, junto a Sofía Loren y Gina Lollobrigida, que incentivaron el disfrute del cine y le dieron un vuelco a la imagen tradicional del atractivo femenino, con una peculiar intencionalidad, diferente a los moldes de Hollywood.
Y de la mano de directores célebres como Luchino Visconti, Federico Fellini, Mauro Bolognini, Damiano Damiani, Mario Monicelli, Werner Herzog, el rostro y la personalidad de Cardinale se convirtieron en momentos sublimes de excepcionalidad, que es la manera en que el arte logra penetrar nuestras vidas.
Nacida y criada en La Goulette, un barrio de Túnez, Cardinale ganó el concurso «La joven italiana más guapa de Túnez», en 1957, por lo cual recibió como premio un viaje a Italia. Fue suficiente dejarse ver para que llovieran contratos cinematográficos y publicitarios.
Tras debutar en un papel secundario junto a la estrella egipcia Omar Sharif en Goha (1958), se convirtió en una de las actrices más conocidas de Italia, con papeles en películas como Rocco y sus hermanos (1960), La chica de la valija (1961), Cartouche (1962), El gatopardo (1963) y 8½ (1963).
El éxito de esos filmes le abrió las puertas de Hollywood, que también se sintió seducido por la estrella italiana. Una película inolvidable para muchos es el western de Sergio Leone, Érase una vez en el Oeste (1968), coproducción estadounidense-italiana en la que interpretó a una exprostituta en un elenco que sumó a Henry Fonda y Charles Bronson.
Hizo cine, teatro, televisión en Francia, Italia y Estados Unidos, y acaparó todos los premios que su talento reclamaba por derecho propio. En 1982 se sumó como protagonista a uno de los clásicos cinematográficos de todos los tiempos: Fitzcarraldo, de Herzog, con el monumental Klaus Kinski.
El cine, el arte, la belleza, están en deuda permanente con Claudia Cardinale. No vamos a olvidar la mirada con que tejió ilusiones, encendió sentimientos y nos cautivó a todos.