Rafael Sánchez o la carrera infinita

Por Wilfredo Cancio Isla

Hoy es un día particularmente doloroso en mi vida familiar y en mi condición de exiliado. El empresario Rafael Agustín Sánchez Cancio, un hombre a quien está ligada indisolublemente la historia del Miami moderno, falleció esta madrugada en su casa de Coral Gables, luego de perder una larga y tenaz batalla contra el cáncer. Tenía 64 años.

Podría enumerar detenidamente sus aportes cuantiosos a la comunidad, sus obras caritativas y su extraordinario espíritu de vencedor; su devoción familiar y su entereza ante todos los retos difíciles que enfrentó en la vida. Pero sería una recordación demasiado impersonal para rendir tributo, desde el dolor y el agradecimiento, a mi primo Rafael, o Ralph, como se le conocía en el ámbito público.

Crecí escuchando historias de Rafael en nuestro natal Sancti Spíritus. Fue uno de los 14,048 niños enviados por sus padres a Estados Unidos como parte de la Operación Pedro Pan. Su hermano José Enrique le siguió los pasos en 1965 y un año después sus padres pudieron reencontrarse con ellos en Miami.

Rememoraba esos años de soledad en el exilio como una etapa de acelerada maduración de su personalidad, aferrado a la voluntad de no flaquear. Allí conoció a Monseñor Bryan Walsh, quien resultó ser mentor, consejero y amigo para siempre. Junto a Walsh reforzaría su fe católica y su voluntad de servir al prójimo, y entendería definitivamente el sentido de la existencia humana como una sucesión de pruebas de las que emerge la plenitud de vivir y el beneficio de dar. Pero también esa etapa de adolescencia y primera juventud que medió entre la partida forzosa del hogar y el próximo abrazo de sus padres, causaría en él profundas heridas sentimentales que no dejaron nunca de estremecerle.

Enormes sacrificios

Rafael cursó Administración de Negocios por la Universidad Atlántica de la Florida (FAU) en Boca Raton, con enormes sacrificios financieros, al punto de vender su propia sangre a la Cruz Roja para poder abonar la renta del mes. Conoció a la novia de sus sueños, Lourdes Peña, con quien contrajo matrimonio el 20 de diciembre de 1969. Fue una unión indestructible, forjada desde el amor y la comunicación totales, y que solo la muerte pudo ahora desmembrar.

Tuvo éxito como corredor de bienes raíces, arriesgó y forjó fortuna. Pero Rafael era demasiado emprendedor como para conformarse con una vida muelle. Y así se lanzó a probar suerte como promotor del Grand Prix de Miami, una aventura que en su primera edición le hizo perder 1.3 millones de dólares de su dinero y quedarse con una deuda adicional de $2 millones para poder cumplir el pago prometido a los participantes.

Fue una carrera que tuvo que suspender tras 27 vueltas en el downtown de Miami bajo los azotes de una caprichosa tormenta de febrero de 1983. El cuento y las fotos me los llevó mi padre de regreso a Cuba, preocupado por el futuro incierto de aquel proyecto de su sobrino.

Pero la suerte le sonrió al siguiente año y el Grand Prix de Miami se convirtió en una de las carreras más populares del mundo del automovilismo.

Fue en 1993 cuando conocí finalmente al primo empresario, envuelto en nuevos sueños que sonaban a hazañas imposibles. Se proponía fabricar una pista de carreras en Homestead y convertirla en uno de los circuitos obligados del automovilismo internacional. Me acogió en su casa en medio de los torbellinos de las aprobaciones presupuestarias, las pujas políticas y las complejidades de la construcción de aquel monstruo de concreto. Hasta allí  fui con él un par de veces a adelantar el futuro, mientras hablaba sobre un redondel de fango con los ojos brillantes, la adrenalina por las nubes y el pensamiento positivo que lo caracterizaba.

Si algún nombre me viene desde entonces a la mente cuando pienso en un luchador es el de Rafael Sánchez. No he conocido otra persona con tal grado de entrega, laboriosidad, perfeccionismo y persistencia casi hasta el furor cuando se proponía sacar adelante una idea o llegar hasta una meta.

Pero lo que preservaré siempre como el gran legado de este caballero de las proezas es su honda generosidad. Si a la llegada al exilio pude sobrevivir momentos angustiosos, ausencias e incertidumbres de todo tipo, fue gracias a la paciencia y a la bondad de Rafael, que tenía el don de entender, escuchar y llenarte de energías para pasar la página y no dejarte arrastrar hacia los abismos posibles. Estoy hablando de una persona que, en medio de las mil responsabilidades y problemas pendientes en su agenda, era capaz de sacar tiempo para acompañarte a un turno médico o sentarse a reflexionar a tu lado, desde tu perspectiva, para llegar a la mejor decisión posible.

Espiritualidad y esperanza

Rafael fue un ser de notable sabiduría y de una extrema serenidad a la hora de enfrentar los escalones más escabrosos de su paso por este mundo.

La llegada al seno familiar de Ralph Jr, su hijo varón con síndrome de Down, fue un acicate y una vía de mejorarse como padre y educador, en estrecha compenetración con su esposa Lourdes. El cáncer contra el que luchó desde  2000, convirtiéndose en uno de los pacientes sometidos a mayor número de radiaciones terapéuticas en Estados Unidos, lo apertrechó de más sensatez, espiritualidad y esperanza. No dejó de pensar ni de laborar hasta que las fuerzas se lo permitieron.

Nunca se quejó ni se mostró triste. Ni siquiera en el último minuto se dejó quebrar. El pasado viernes cuando vio a su madre llorando ante la inminencia del desenlace, le preguntó: “¿Por qué lloras? ¿Qué te ha pasado?”

Ya enfermo, en 2004, decidió visitar Cuba para reencontrarse con su ciudad natal, preocuparse por la salud de sus tíos enfermos y conocer la parte de la familia que había quedado en la isla. Regresó en paz y satisfecho, como quien termina de cerrar un capítulo pendiente en su vida.

Vocación de familia

Ayudar a la familia fue su vocación. A todos por igual, sin escatimar ni dinero ni empeños. En Cuba y en Miami.
El viaje a Sancti Spíritus, con espléndidos retratos de familia, fueron a formar parte de su libro de memorias My Journey, publicado en 2009.

En los últimos meses su enfermedad arreció y ya no había nada que hacer. En semanas recientes estuve tratando de coordinar una visita con nuestro primo Jorge García-Rubio que finalmente no realicé. Creo que no me resigné a verlo desvalido en una silla de ruedas, sin energía y sin ansias de seguir luchando.

Prefiero recordarlo como el hombre vitalísimo, indetenible y sonriente que conocí y me inspiró a creer que podía rebasar los obstáculos del camino y apostar siempre por el mejoramiento propio. Como el artífice de una carrera que no terminará.

A Rafael lo sobreviven su esposa Lourdes, sus hijos Patricia y Ralph, tres nietos y su madre, Ofelia Cancio, y su hermano José Enrique, todos en Miami. Su padre, Adolfo Sánchez, falleció en 2010.

Una misa de cuerpo presente se efectuará en St. Hugh Church el próximo miércoles a las 11 a.m.

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