Musas y panteras: mis amigos en La Habana

El Hotel Habana Libre fue la casa de muchos extranjeros protegidos por el gobierno cubano.
El Hotel Habana Libre fue la casa de muchos extranjeros protegidos por el gobierno cubano.
Por Martín Guevara*

Ronnie vivía también en aquel edificio de 25 plantas, el Hotel Habana Libre, en el piso 19, yo en el 21. Mi hermanos mi madre y mi abuela ocupábamos dos habitaciones desde las cuales se veía el Hotel Nacional, el edificio Focsa y el Someillán. Esas daban al mar y la otra, que daba a la ciudad, mostraba el barrio de El Vedado noqueado por la Revolución y era donde dormía mi abuela. 

Ronnie era hijo de Huey Newton, quien fuera cofundador de los Panteras Negras norteamericanos, una agrupación del poder negro de moda por aquellos años convulsos; ellos estaban exiliados como nosotros. En el Hotel había varios cabecillas de organizaciones revolucionarias a nivel mundial cuyos hijos terminaban formando una pandilla, pero ninguno tan perfecto como Ronnie, a excepción de Fernando y por supuesto de mí. 

Pasábamos el día molestando a la mayor cantidad de personas posibles, ya fuese tirándoles grampas de cables con hondas desde el segundo piso al lobby a los que se sentaban a disfrutar de la lectura de un plomizo Granma aderezado con el aire acondicionado, o les lanzábamos limones desde la parte trasera de la piscina a la calle, o huevos desde el piso 21 para que le cayese cerca de los transeúntes y se llevasen un buen susto mientras debían regresar a sus casas a cambiarse la ropa salpicada de yema, o también rompíamos la paciencia saltando de balcón en balcón y tirando lo que fuera que encontráramos secándose sobre los sillones de paja y cobre, pantalones, camisas, ropa interior o caracoles cobos y aguas vivas como los que atesoraba aquel ruso que un día me descubrió tras haber lanzado sus preciados moluscos desde el piso 21 al tercero solo para verlo haciéndose añicos, formándose un lío de proporciones que alcanzó al administrador del Hotel, la milicia y mis mayores.

Otros juegos, otros amigos

Carlitos Cecilia vivía cerca del parque la Pera, a más o menos un kilómetro del Hotel y muy cerca de la anexa a la Universidad, la escuela Felipe Poey, donde ambos estudiábamos. Éramos compañeros inseparables en el aula y mientras duraban los paseos por la calle. Una vez entraba al Hotel la realidad cambiaba hasta el tono de la voz, levemente retornaba hacia lo que quedaba ya de argentinidad en aquellas consonantes sostenidas y vocales abiertas.

Los amigos, eran otros, los juegos también. Todo había nacido de la perversa orden dada por la administración de que al hotel no podía entrar ningún cubano, ningún niño amigo de la escuela podía subir a las habitaciones, a menos que fuese familiar de un alto dirigente, y aún así precisaban un pase. La administración tenía orden de que los de afuera no pasasen de solamente sospechar los privilegios que disfrutaban los de adentro. Esta ordenanza me ayudó a desarrollar una doble vida, como Mr. Hyde y el doctor  Jekyll. Mientras afuera del hotel iba creciendo a pasos ligeros y convirtiéndome en el justiciero de mis amigos y un habanero más, dentro me transformaba en un eterno crío travieso que solo pensaba en importunar y divertirse de manera compulsiva con los demás exiliados.

Durante medio años que estuve faltando cada tarde a las clases de octavo grado en la Felipe Poey, iba primero a casa de Carlitos y nos dedicábamos a cocinar tortillas con lo que hubiese en la alacena, el padre era militar y conseguía latas de cosas que con la libreta no se conseguían, así que contábamos con cierta variedad de ingredientes. Por supuesto, todo era limitado y un día la madre pegó el grito en cielo, y Carlitos les tuvo que decir lo que hacíamos aunque se echó la culpa a sí mismo garantizándose un buen castigo, cuando en realidad el instigador de las faltas a clase y las prácticas culinarias era siempre yo.

Travesuras en el Hotel

No trascendió al Hotel aquel desliz y pude continuar faltando a clases, tenía pesadillas en que me descubrían, que me enviaban un miliciano de los que me solía detener por hacer travesuras en el Hotel y averiguaba que no había ido a clases en los últimos meses, se lo contaban a mi padre que estaba preso en Argentina pensando que nos estábamos formando como buenos revolucionarios y le causaba un disgusto; me despertaba transpirando y lo volvía a hacer con más ahínco.

Entonces fue que Carlitos me invitó a la primera fiestecita con música lenta de noche y me presentó a Moraima, que me tenía fichado y a mi me venía bien cualquier cosa para dar mi primer beso, que solamente lo había podido casi saborear en la persona de alguna prima o la hermana de algún amigo del Hotel a hurtadillas, robado en un trance  de algún juego. Fue la primera vez que toqué pechos, los sobé, los apreté con fruición, difícil olvidar aquel  entusiasmo, me entusiasmé bailando con la entrepierna de Moraima, el vaquero fue áspero, por suerte ella tampoco sabía mucho de nada, ya que yo solo había besado mi antebrazo probando un morreo prolongado y nada más.

Carlitos ya había “apretado” alguna vez y hablaba de ello como de algo muy especial. Desde aquel día comprobé que en efecto era lo máximo, incluso hoy pienso que el placer de ciertos besos en posición de pie, estando vestidos, pudiendo permitirse alguna licencia como acariciar los senos o tocar el sexo por encima de la ropa pueden ser de los momentos más exquisitamente tensos para aquellos y otros blue jeans menos acartonados. Después de esa ocasión estuve como dos años sin apretar, pero me servía de aquella experiencia que se enriquecía con el aporte de la imaginación cada vez que la sacaba a pasear en los relatos varoniles, para el simple recuerdo o para las mullidas memorias noctámbulas.

Carlitos me había hecho un favor impagable, lo probó el tiempo que debió transcurrir hasta  que pude acceder por propios medios al área íntima de otra chica. Los cuatro meses siguientes -ya que no podía ir a su casa- me iba al zoológico de el Nuevo Vedado y llegué a hacerme amigo de un chimpancé que tendría mi edad, era mi alter ego. Llegué a tener una gran amistad con ese animal, el cuidador me permitía acercarme hasta la jaula y pasábamos horas mirándonos e intercambiando las galletitas para monos que yo le daba y las media naranjas que él me convidaba, yo hablaba con él sin tapujos, de la una  hasta las cinco había muy poco público. Entonces, además de la realidad del Hotel, la de la calle y la escuela incorporé una tercera, la amistad entre barrotes, las rejas del mono estaban también en mi cara. Aquel preso no tenía reproches por conducta poco revolucionaria.

El hijo de la Pantera

Ronnie tenía dos años menos que nosotros pero nos sacaba casi una cabeza. Una tarde que me había visitado Carlitos y que había conseguido en la administración que le diesen un pase que no permitía entrar a restaurantes, pero sí estar por el Hotel, Ronnie quería jugar a los escondidos en el Salón de los Embajadores, que estaba restaurándose y era inmenso, repleto de recovecos. Yo estaba entre la costumbre de seguir a mis amigos del Hotel en los juegos aún infantiles, y el pudor que me daba con Carlitos ya que dados nuestros hábitos suponía que consideraría aquello un poco ridículo. Pero él mismo se enchufó y se entusiasmó de tal manera que llamamos a otros muchachos del hotel.

En una ocasión le tocó a Carlitos buscar, Ronnie y yo habíamos subido por una escalera de cabillas de hierro incrustadas en la pared dentro de un agujero con paredes de cemento. Estaba oscuro en lo alto y al acercarse, Carlitos se persuadió de que arriba había gente y empezó a decir nombres al azar para ver si adivinaba. Lo cierto es que si acertaba no había manera de ganarle corriendo hasta la base, así que había que intentar que subiese hasta arriba y saltar del  agujero al mismo tiempo que él para tener una chance. Comenzó a subir y de repente dijo el nombre de Ronnie. Y cuando comenzó a bajar, yo vi como le caía un líquido sobre él y al girar la cabeza buscando a Ronnie, vi que había pelado la habichuela y estaba orinando a mi amigo de afuera del Hotel en la cabeza, mientras Carlitos decía:

-Oye que mal perder tienes, ¡no me eches agua que me estás empapando!

Entonces, agudizó el olfato y el tacto y se dio cuenta de que no era agua, yo reprendí a mi amigo del Hotel que reía a carcajadas y bajé inmediatamente a contener a Carlitos. Eso para él era una asunto muy serio, en Cuba cualquier líquido en la cara que no fuese agua o ron podía saldarse con más que una buena pateadura, ¿pero una meada?, por una meada hasta yo habría sido capaz de soltar los puños.

Sitios irreconciliables

A duras penas conseguí llevarme a Carlitos abajo, rogándole que no formase lío ya que encima llevaba las de perder. Lo acompañé hasta su casa y no dejé de escucharlo decir que lo buscaría por todos lados y le metería con un bate de béisbol, con una cabilla, con una chaveta, en fin estaba hecho un basilisco, y aunque Ronnie lo había hecho en broma yo había visto a Carlitos en la escuela fajarse con una pandilla y empatar la bronca.

Provenían de sitios irreconciliables como el Hotel y la Ciudad, pero eran mis amigos.

Cuando regresé al Hotel lo fui a buscar al piso 19 y me dijo que lo sentía mucho, que fue un impulso y que iría a pedirle perdón, le dije que encima si había bronca culparían al cubano, me dijo que no, que él diría lo que pasó. Ronnie era muy noble, puro corazón pero ese día había perdido un tornillo.

A los pocos días, llevé a Carlitos al Hotel nuevamente para que sellaran las paces, pasamos el día charlando y esa tarde hasta fuimos a comer los tres a la cafetería, nadie nos dijo nada, ni la camarera ni el capitán, nadie molestó aquella ocasión.

La semana pasada mi hijo pequeño me preguntó si yo había tenido amigos que ya estuviesen muertos. Ibamos caminando por la cima de un monte, un viento fresco me dio en la cara y recordé cuando regresé de Argentina a Cuba a los 22 años y fui a buscar a Carlitos a su casa. Entonces la madre, el padre y el hermano me dijeron: Si quieres verlo, ven con nosotros ya mismo, porque le quedan dos o tres días.

Al borde de la muerte

Y en el camino al Hospital Oncológico me contaron que había desarrollado un tumor bestial en los pulmones, y que le habían amputado un pulmón, un brazo, un omóplato, una clavícula y ya habían desistido.

Entré en la sala y lo vi en la cama, me recibió con una sonrisa, no recuerdo lo delgado que estaba ni su estado gravísimo, sino su ánimo. Me abrazó al borde de la cama y me dijo:

-Martín, tú me ves así, pero cuando salga de aquí formamos una fiesta, yo voy a seguir tocando el piano con el brazo que me queda, incluso mejor… ¡y tú verás que las muchachitas se van a volver locas con nosotros!

Pasé una hora con mi amigo que estaba lleno de vida, los ojos le brillaban y su voz era fuerte. A un paso de la muerte no estaba rendido. No puedo evitar acordarme de él con frecuencia  a lo largo de estos años como de alguien que sigue vivo. Salí de aquel cuarto y en efecto, cuando regresé a su casa a la semana ya había fallecido.

Hace dos años mientras recordaba unos pasajes del Hotel Habana Libre, me dio por buscar a mi amigo Ronnie por enésima vez pero está con internet, cosa con que otrora no contaba. Le había perdido la pista hacia el año 1978, cuando regresó a Estados Unidos, ya que el padre había preferido enfrentar la prisión y que la familia viviese en su tierra, y varias veces había intentado saber qué habría sido de su vida.

Supe que habían matado al padre en extrañas circunstancias y que Ronnie había presenciado quien había sido. Un par de años más tarde, cuando estaba por celebrarse el juicio del presunto asesino de Huey, su padre, unas pocas horas antes de declarar, mi amigo Ronnie, quien desde los 10 años en el Hotel hacía los 40 largos de piscina que el padre le ponía de condición para poder quedarse hasta más allá de las siete de la tarde jugando con los demás muchachos, apareció ahogado en la orilla un lago cercano al lugar del juicio. 

Le puse una mano en el hombro a mi hijo y le dije que sí, que sus nombres eran Carlitos y Ronnie.

Y entonces recordé el día del juego de los escondidos. Y el Habana Libre, y la fiestecita con Moraima, y las tortillas de carne rusa, y me acordé de aquel chimpancé que cuando nos veíamos, no se sabía a quién de los dos resguardaban las rejas.

El también fue mi amigo y quizás aún esté vivo.

*Sobrino del Che Guevara. Vivió como refugiado en Cuba por 15 años y permaneció en La Habana hasta 1988. Actualmente reside en España y escribe un libro testimonial sobre su experiencia cubana y el peso del mito que rodea a su célebre tío guerrillero.

Compartir: