
Por Miguel Fernández Díaz
¿Se consumará finalmente la liberación del contratista Alan Gross a cambio de los tres espías cubanos que cumplen condena en cárceles estadounidenses? Ahora que la posibilidad de un canje de prisioneros está rondando el caso cubano, no puede pasarse por alto un antecedente singular entre La Habana y Washington hace 51 años, y ciertas evidencias olvidadas del presente.
El 21 de abril de 1963, Cuba liberó a tres especialistas de la División de Servicios Técnicos de la CIA, quienes habían sido apresados in fraganti el 14 de septiembre de 1960 en labores de espionaje. David Christ, Thornton Anderson y Walter Szuminski fueron sorprendidos por agentes del G-2 en el piso 18 del Edificio del Seguro Médico, mientras instalaban dispositivos de escucha en el local destinado a la agencia de noticias china Xinhua.
Los tres técnicos de la CIA no revelaron sus identidades y mantuvieron durante sus 949 días de encierro que eran los turistas Daniel Carswell, Eustace Dan-Brunt y Edmund Taransky, respectivamente. La versión absurda de descargo, acordada entre susurros la misma noche del arresto, era que, como todos eran ingenieros, habían sido contratados por alguien de la embajada americana para hacer trabajos de instalación eléctrica.
El canje
Tras los interrogatorios en la sede del G-2, pasaron unos 100 días en La Cabaña y el 17 de diciembre de 1960 fueron a juicio, al cual asistió el cónsul estadounidense Hugh Kessler. El fiscal pidió 30 años y el tribunal impuso 10. El 22 de enero de 1961 volaron al presidio de Isla de Pinos. Aquí arriesgarían sus vidas para desactivar, hacia noviembre de 1961, el circuito eléctrico de la carga de unas seis mil libras de dinamita con que los carceleros habían minado -desde la víspera de Bahía de Cochinos- la Circular 4, donde pasaron 281 días junto con unos 1,100 presos hasta que fueron trasladados a la Circular 1.
El 16 de marzo de 1963, Christ, Anderson y Szuminski recibieron la visita del abogado James Donovan, quien había negociado el canje de los prisioneros de la Brigada 2506 por alimentos y medicinas. La CIA había tomado iniciativa de pedirle a Donovan que propusiera a Castro, como aguinaldo de la Navidad de 1962, liberar también a unos veinte ciudadanos americanos presos por diversos delitos contrarrevolucionarios, entre ellos los tres técnicos de la CIA plantados en que eran turistas. Castro accedió a cambiarlos a todos por cuatro cubanos.
Tres de ellos estaban acusados de conspirar para volar edificios públicos e instalaciones militares: Marino Antonio Sueiro y José García Orellana, residentes en Nueva York, y Roberto Santiesteban, attaché de la Misión de Cuba ante Naciones Unidas. El otro era Francisco Molina del Río, alias El Gancho, condenado por matar a la niña venezolana Magdalena Urdaneta en un restaurante de Manhattan, el 21 de septiembre de 1960, al calor de una trifulca entre banderías cubanas con motivo de la asistencia de Castro a la XV Asamblea General de la ONU.
El caso actual: ¿tres por cinco?
De la Circular 1 los tres técnicos de la CIA pasaron al pabellón, saldrían de Isla de Pinos en ferry, fueron a dar de nuevo a La Cabaña y al cabo volaron con 18 ciudadanos americanos más de vuelta a EE. UU. En el vuelo Szuminski se enteró de que su madre había fallecido.
El 7 de julio de 1964, Christ envió un memo al subdirector de la CIA y al director de Personal, que describía la vida en la prisión y buscaba reconocimiento para Anderson y Szuminski. Hacia 1979 fue que la agencia discernió entre haber sido víctimas de una operación mal planificada y héroes en la prisión, para condecorarlos con la Cruz del Servicio Distinguido.
Dos oficiales y un agente del MININT guardan prisión en Estados Unidos tras ser detectados en labores de espionaje. El canje planteado por Gross, quien alegremente repartía equipos de informática en un país donde los particulares tienen prohibido adquirir mimeógrafos y fotocopiadoras (Resolución 180-1996 del MINCIN), pasa por alto que el contratista estadounidense pudiera colarse como parte de un grupito que forman tres cubanos condenados por espionaje en la isla: Juan Antonio Torres, Rolando Sarraf y Ernesto Borges, más otro -Claro Fernando Alonso- sancionado por revelar secretos concernientes a la Seguridad del Estado, que no es lo mismo, pero da igual.
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