Por Wilfredo Cancio Isla
Ha muerto en París una talentosa cineasta y periodista cubana, amiga entrañable desde los años en que compartimos esperanzas, sueños y decepciones en la tumultuosa Habana de los 80: Ana Laura Gaillard-Bode.
Conversé ayer telefónicamente con su esposo, Yvan Gaillard, y las emociones se impusieron a las palabras. Después de una larga batalla contra la leucemia y de recibir un trasplante en busca de detener el avance de la enfermedad, Ana Laura falleció este jueves a las nueve de la noche. Cumpliendo su última voluntad, sus restos serán cremados la semana próxima y descansarán en tierra francesa. Deja tres hijos pequeños, Ernestine, de 10 años, André, de 7, y Adèle, de 4, lo que acrecienta la tragedia familiar.
El suceso me trajo a la memoria, como una sucesión de escenas cinematográficas, los años en que se forjó nuestra amistad, tras su entrada como estudiante a la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, donde yo era entonces un joven profesor ilusionado con la idea de transformar el periodismo cubano.
Ana Laura fue siempre una adelantada, desde el mismo día que pisó la Facultad de Comunicación. Una mujer excepcional, cargada de firmeza, determinación y lucidez. Una intelectual con un profundo sentido de su responsabilidad social y ética, a pesar de su juventud. Se consideró siempre afortunada por poder estudiar Periodismo y tomar un sendero completamente distinto al que su nacimiento, su historia y su familia le tenían reservado. “Una jovencita hija, nieta y biznieta de campesinos semianalfabetos destinada a convertirse en una ama de casa entradita en libras y cargadita de prejuicios”, como escribió en una ocasión.
Deslumbró desde un primer momento al panel que le aplicó el examen de ingreso y su paso por la especialidad dejó una huella imborrable para los que tuvimos la satisfacción de tenerla como alumna.

No le tomó mucho tiempo comprender los límites del periodismo cubano y la falacia de apertura informativa que por entonces cacareaba el oficialismo, secundado por la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC). Corrían los aires de la perestroika y la glasnost soviéticas, y las aulas de la Facultad eran un hervidero de cuestionamientos y críticas a la anquilosada prensa cubana, que hacía malabares para simular un empeño de cambio que hoy -30 años después- es una asignatura pendiente, una causa perdida.
Pero Ana Laura no se cruzó de brazos y comenzó a retar a la institucionalidad petrificada. Conversamos muchas veces sobre el asunto. Coincidíamos en que el problema no eran los planes de estudio, las asignaturas improductivas y ciertos profesores amordazados y complacientes, sino una fuerza mayor que venía desde el poder totalitario. Y así empezó a escribir, a pronunciarse y a trabajar en proyectos independientes que pronto despertaron la suspicacia del autoritarismo universitario y los omnipresentes personajillos de la Seguridad del Estado que “atendían” nuestro recinto académico.
No se amilanó. Ana Laura tenía tenacidad y disciplina como para repartir entre sus colegas. Su desenvolvimiento intelectual resultaba realmente fuera de lo común entre sus contemporáneos, y ella no estaba dispuesta a perder el tiempo. Su avidez de conocimiento y pasión por la lectura la mantenían siempre en actividades que desbordaban el ámbito académico. Tenía una especial facultad para aprender idiomas y pronto se convirtió en alumna de la Alianza Francesa. Era también una cinéfila insaciable y una decidida promotora cultural, que impulsó el uso de un vestíbulo inutilizado en la Facultad para hacer una galería de arte.
Y así, en octubre de 1987, cuando cursaba el segundo año de la carrera, se produjo el acontecimiento que cambió el rumbo de la Facultad y de muchos de nosotros, nuestra Batalla de Hernani: la reunión de los estudiantes de periodismo con Fidel Castro.
Si alguna imagen puedo asociar con el desencanto es la que guardo de Ana Laura en el receso de aquella interminable reunión, cuando se acercó a mí con una sonrisa irónica y los ojos llenos de lágrimas. No había nada más que hablar: habíamos sido conducidos a una trampa macabra frente al dictador y nada debíamos esperar de un gobierno que no estaba dispuesto a reconocer siquiera los reclamos de una generación emergente.

Ana Laura no se quedó callada ni tuvo miedo tras los embates y las purgas que siguieron a aquella pantomima de diálogo con el “padre de la nación”. Entregó a la revista El Caimán Barbudo un artículo sobre su incredulidad ante la inercia del periodismo cubano, publicado gracias a la firmeza del entonces jefe de redacción Bernardo Marqués Ravelo. El texto, que conservo hasta los días de hoy –y que reproduzco al final de este artículo-, apareció en el número 240 de la revista (noviembre de 1987) y fue seguido al mes siguiente por una larga perorata justificativa del entonces presidente de la UPEC, Julio García Luis.
Mi respaldo a su derecho a manifestar opiniones críticas me trajeron ciertos reproches de la dirección universitaria y la esfera ideológica, que enviaba puntuales «orientaciones» desde la sede del Comité Central del Partido Comunista. Pero no lograron socavarlo. Desde entonces se consolidó nuestra amistad, afianzada por un tácito sentimiento de complicidad.
Su decepción ante las coartadas de la censura oficial y los acontecimientos que atenazaron a la Facultad de Comunicación la llevaron a buscar otros horizontes. Se cambió a la especialidad de Letras y hacia 1989 consiguió entrar en la Escuela Internacional de Cine y TV (EICTV) de San Antonio de los Baños.
Seguimos viéndonos a pesar de las distancias para hablar de la actualidad, intercambiar libros, comentar de cine (éramos dos admiradores empedernidos de las películas de Eric Rohmer) y esbozar planes para un futuro cada vez más incierto. Alguna que otra vez se incorporó como oyente a una de mis clases, pretexto para luego prolongar la charla sobre otros asuntos políticos y sociales que nos preocupaban. (Por esa época intentó también, sin suerte, convertirme en vegetariano).

En la EICTV realizó en 1991 un espléndido y nostálgico documental sobre el autocine Novia del Mediodía, víctima del olvido y la insensatez, y Ojos de agua, su ejercicio de graduación, en 1992. Tras titularse como directora y guionista, tomó el camino inevitable: se marchó de Cuba. Recorrió y probó suerte en Suramérica hasta que consiguió una añorada beca para estudiar Guión Cinematográfico en La Femis.
Con el patrocinio de la Femis realizó en 1996 el documental Cuba, des amis, primera parte de una trilogía inconclusa que siguió con Cuba, une femille (2000), producido por la famosa firma Les films d’ici para la televisora France 3 y exhibido en una muestra de realizadores cubanos en el Miami-Dade College.
Hasta la Femis fuimos juntos en octubre del 2008. Allí me mostró el banco donde había conocido a su esposo y luego caminamos por París recordando el pasado y prometiéndonos no perder la comunicación en lo adelante. Fue una suerte de despedida, porque poco tiempo después vino la noticia de su enfermedad.
Ana Laura y su esposo habían fundado una pequeña sociedad de producción documental con todo el material necesario para filmar, editar y producir DVDs, y comenzamos a planear un proyecto dedicado a la pianista y compositora santiaguera Numidia Vaillant Villalón, residente en París desde 1958 y extraordinaria intérprete de jazz en los mejores clubes de Saint-Germain.
Entusiasmada con realizar el filme sobre Numidia, Ana Laura la visitó en varias ocasiones. Sin embargo, un día recibí el mensaje de que debía aplazar los planes a consecuencia de la leucemia que acababan de diagnosticarle.
En abril recibí su último mensaje, con trazos de esperanza: “Estoy viva. Llevo cuatro meses en el hospital. El trasplante fue un éxito, pero los efectos secundarios me han sacudido violentamente. Ya voy saliendo, muy lentamente, pero de seguro. No he podido ni leer ni escribir durante mucho tiempo, eso explica mi silencio. Todo va bien, los niños, Yvan, mi madre que se ha pasado tres meses aquí y que tiene que regresar por falta de visa, mi tía que vino de Barcelona para darnos una mano. En fin, estoy muy bien rodeada, con mucho amor y muchos cuidados. Todo saldrá bien, con paciencia”.
No fueron suficientes sus ansias de vivir. Ana Laura se nos marchó a los 43 años, cuando su talento, sensibilidad e inteligencia estaban por producir los mejores frutos. Reviso una y otra vez un manojo de mensajes electrónicos que nos intercambiamos en los últimos años y no puedo asimilar esta partida, demasiado cruel, demasiado injusta.
Texto del artículo «Pido la palabra», de Ana Laura Bode, publicado en El Caimán Barbudo, No. 240, Año 21, Noviembre de 1987, p.7