Fotografía cubana en Granada: La nada, ese absoluto olvido

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Foto de Leo Simoes

Por Isabel M. Estrada

Soy un hombre perdido.
Soy mortal. Soy cualquiera.
Gabriel Celaya

¿Qué une a dos poetas en el esfuerzo creativo? El público es un transeúnte que tropieza ante la escalera de entrada a una galería y decide dejarse descansar por las ventanas colgadas en las paredes. ¿Qué creen Carmen y Leo que se llevará consigo ese mirante fortuito? ¿Por qué necesitaban juntar las cosas para nombrarlas? ¿Hay alguna verdad conjunta que sería solo a medias si no la expresaran muestras gemelas?

Uno se pregunta esas cosas cuando observa la exposición Pérdida de lo absoluto, de la cubana Carmen Rivero, y Combatir la nada, del español Leo Simoes, que plantea desde su anuncio un problema sintáctico: es una exposición con dos títulos, no dos exposiciones. Entonces uno se ve obligado, compulsivamente, a entender esa unicidad que no puede ser azarosa, mero fruto de la conveniencia, el pragmatismo, la amistad.

Artistas en colaboración

La muestra estará abierta hasta el 13 de octubre en la galería Entropiqa, en Granada. Los dos artistas llevan varios años de colaboración y han publicado un libro, Hexápoda, en el 2012. En los tiempos que corren Rivero tiene un proyecto de libro fotografía poética o poesía fotográfica, coordinado por la poeta cubana Soleida Ríos y varios poetas de la isla, que verá la luz en el 2015. A su vez, cocina una investigación para documentar las 150 salas de cine que había en La Habana, en colaboración con la filóloga Marién Prieto, quien reside en Salamanca. Simoes está en Chile trabajando en Madre Tierra, un proyecto fotográfico con la comunidad mapuche, que lo lleva en un recorrido por comunidades del sur del estado chileno.

De vuelta a la exhibición en Granada, mientras más me esmeraba en las comunalidades, más me asaltaban las diferencias. Algo recorre y hace una esta exposición: el desparpajo de intimidad. Y desde ese prisma, con ese lente, si se me perdona la vulgaridad de recurrir a metáforas fotográficas, se comprende que cualquiera de las dos experiencias por separado sería una verdad casi inconclusa. La unión no da la fuerza, más bien desarma. No nos alienta, nos desnuda. No nos pide mucha comprensión pero es implacable en su demanda de honestidad. Pobre andante cansado que trastabilló hasta su puerta para acabar exhausto, exánime, embellecido.

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Foto de Carmen Rivero.

El viaje en la nada desde la aceptación de su constancia que es el sabernos carentes de absolutos es un examen a libro abierto que tenemos que pasar, o salir de allí, con el rabo entre las piernas y el escarnio de aquellos que no temieron hacerse las preguntas y mirar de frente el abismo que las devolvía como eco. Es mi intimidad la que retrataron, mi miedo, mi doblez, mi insaciable deseo, mi avidez de posesión, mi certeza creciente de lo pasajero, lo efímero de todo poseer. Pero no es cierto que sea mi intimidad. No puede ser cierto. Y ahí está la verdad. Su lente tropezó muchas veces con esas escenas que actuamos al menos dos veces diarias y por eso [nos] re-conocemos.

Una vez entendido el porqué de la unidad, no puedo resistirme al deseo de escisión. Quiero cita a solas. Son dos desnudeces que forman un cuadro bello, pero cada una esconde mucho. No quiero que se me mezcle el perfume de los cuerpos, aun cuando sé que estoy accediendo a una verdad a medias. Además, de algún modo, es como si emprendiesen viajes diferentes. O mejor, como si hubieran acordado darse la espalda y partir a averiguar, a encontrar, a perderse…hasta hallarse otra vez en el mismo cuadrante y una maestra les dijera: Escriban una composición titulada ¿Qué hizo de mí el verano? Ahí Carmen descubrió que no tenía que asirlo todo y Leo temió haber apresado demasiada nada a la que no podía sucumbir. «Cuéntame cómo vives (cómo vas muriendo)» se dijeron el uno al otro con la sabiduría dejada del poeta.

La vanidad de poseer

La taquigrafía de los géneros me ayuda a anclarme. La pérdida de lo absoluto habla de resignación, de dejarse tomar, perder el control y aceptar la falta de respuestas y hasta de la capacidad de inquirir, de inconformarse. Lo femenino que se sabe poderoso en la renuncia y la apertura a englobar. Que no teme la pérdida porque en ella se descubre alentando, aleteando, haciéndose cuerpo. Hay algo de soberbia en la idea de perder lo absoluto. La vanidad de creer que se poseyó… que es siquiera poseíble. Habla de nuestra arrogancia. La honestidad de reconocerse errado habla de un tembloroso acceso a la sabiduría. No es lo absoluto lo que se pierde, sino la altanería con que creímos tenerlo.

Hay algo, no obstante, muy absoluto en Carmen: el hombre es la medida de todas las cosas, la justa medida de cada objeto. Ninguno de los objetos no es carnal, ninguna de las imágenes no descubre o encubre un cuerpo. Y el cuerpo del tiempo. Los objetos que dan forma al recuerdo, corporeizan los efluvios del cuerpo. Cualquier parte del cuerpo es un rostro. Y no hay un cuerpo más deseable que el que intuimos en unas sábanas que recordamos. Los rostros de Carmen intimidan e invitan.

Leo invita a duelo. Lo masculino que sólo es en el combate, en la acción que, de algún modo, sabe fútil. Desafío, conquista, victoria pírrica. Lo masculino que cree que la representación puede conjurar el maleficio de las cosas y de su nada. Su combate con la nada remite a algo atávico, por momentos hace pensar en las pinturas rupestres ocultas en cuevas y cuya función de conjuro tanto nos ha costado descifrar. Un sexo, unas alas vivas, el concreto espacio vacío, la imagen de lo parasitario, rostros que expresan ayer sin sorpresa, la belleza de un cuerpo violentable, el fetal recogerse del terror. Son todos una suerte de bisontes, contados, dejados en testimonio, abjurando del desdén. Ventanas que recuerdan que no puedes ser la nada si alguien te nombra.

Un gesto contra el olvido

Jugué a desimaginar las autorías, a intercambiarlas. Pero no es fortuito que se hayan unido y mi esfuerzo divisorio llega a su borde y sucumbe de nuevo al conjunto. La procesión de objetos, en particular ese objeto privilegiado que es el cuerpo, denota búsqueda común. Lo femenino y lo masculino permutan los roles, se funden, se complementan. Ciertos espacios de reducción del absoluto asustan un poco por su precipitado avance hacia la nada y un celo combativo emerge para repelerla. Se prestan las armas y los miedos. Leo también se resigna y se resuelve a no resistirse. Hay mucha femineidad en la nada y en más de un rostro Leo retrata su esencia, su susto, su dejar de ser. Cada vez que acaricia un rostro sin combate, sin necesidad de engullirlo o explicarlo, Leo pierde un poco el ímpetu del macho que faja y acepta la pérdida de lo absoluto, renuncia a la masculina presunción del poder bélico para abolir la nada.

Hay, al fin, un último elemento unificador: la memoria. ¿Qué es el arte sino un ejercicio constante por atar a cada momento un ramo de “No me olvides”? ¿Qué es la fotografía sino una triquiñuela para capturar el pasado, tal vez con la supuesta mayor autoridad que confiere la tecnología? No los he escuchado, pero puedo imaginar a Leo y Carmen hablar de las máquinas de las que se sirven, discurrir de técnicas y veleidades. Pero todo es un esfuerzo por no confiar a la memoria lo más, lo único importante. Si el sudor de las manos no puede retratarse, queda ese cuerpo que ocasionó el sudor y ese espacio acolchonado donde el sudor se esparció. Cada imagen es arrojo de no relegar a la memoria la vivencia, por alargar lo absoluto de la sensación y aplacar la nada que la fugacidad anuncia. La fotografía es un gesto contra el olvido, es apostarle al sudor de la carne que recuerda, es ir a las urnas por la memoria. Un verso absoluto contra la nada.

Ya lo dijo Faulkner:  “No es que no pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero. La vieja carne al fin, por vieja que sea. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejaría de ser. Sí, pensó. Entre la pena y la nada elijo la nada”.

Y el andante fortuito deja la galería, sabiéndose preñado de una nada absoluta.

Expo Fotográfica de Carmen Rivero y Leo Simoes. Pérdida de lo absoluto, de Carmen Rivero, y Combatir la nada, de Leo Simoes, Galería: Entropiqa, Calle Alhóndiga 18, Granada, España. Abierta del 13 de septiembre al 13 de octubre del 2014.

Sobre Carmen Rivero 

Sobre Leo Simoes

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