
Por Miguel Fernández Díaz
Hay un método muy sencillo para encajar un ideario en otro: casar sus expresiones más o menos semejantes.El esfuerzo intelectual se concentra así en copy& paste. “A fuerza de tijera y goma”, apuntó Carlos Ripoll, solía cumplirse la misión cardinal del Centro de Estudios Martianos: “esclarecer los vínculos profundos entre el ideario martiano [y] el ideario socialista de Marx, Engels y Lenin”.
El periodista cubano Miguel Cabrera Peña se adentra en los estudios martianos con otro método más laborioso y de superior vigor intelectual, sobre la base de que las ideas no están desligadas de sus contextos vitales de surgimiento y aplicación.
Al examinar las ideas y acciones de José Martí arremolinadas en torno a la situación de los negros en Cuba y en Estados Unidos, Cabrera Peña brinda muchos asideros para la buena lectura: desde los análisis de Martí sobre el movimiento abolicionista en Estados Unidos, pasando por la visión social y el poder político que Martí pretendió para el negro en Cuba, hasta sus reflexiones sobre el cuerpo mismo de los negros.
En esta lectura descuellan los “vislumbres de desobediencia civil” como tema inédito de los estudios martianos, que Cabrera Peña aborda con la demostración de que Martí no tuvo que leerse el ensayo seminal Resistance to Civil Government (1849), de David Thoreau, quien había acuñado el término desobediencia civil, para lograr adelantos en una suerte de espiral de conocimiento, condicionada por la tradición de protesta del abolicionismo que advirtió “en todas partes: en el meeting, en la prensa, en el libro, en el templo como en el Capitolio, en el tumulto de las calles lo mismo que en las conversaciones del hogar” (X, 95)*.
Elogio y refutación de la academia
Cabrera Peña se doctoró en Estudios Americanos por la Universidad de Santiago de Chile con una tesis enfilada críticamente al sector académico que en Estados Unidos distorsiona la perspectiva de Martí sobre los negros al entresacar selectivamente presuntas nociones problemáticas. No obstante, el autor también propone un nuevo diálogo con la academia sobre el antirracismo explícito y riguroso de Martí, que Rebecca J. Scott advirtió ya en agudo contraste con las ideologías racistas dominantes en Estados Unidos y Europa.
La tesis acaba de salir como libro en línea y se dio a imprenta con el t’ítulo de ¿Fue José Martí racista?, publicado por la Editorial Betania. Cabrera Peña responde la pregunta retórica con argumentación de casi 400 páginas, bien ordenadas en 15 capítulos, sin que aflore la socorrida perspectiva vitieriana de Martí como persona redentora, que adelantó todo de golpe y a la cual se puede recurrir para salir del paso en cualesquiera situaciones complejas o complicadas.
Para determinar hasta dónde proyectó Martí esa noción que la moda sociopolítica presenta hoy como desobediencia o resistencia activa, Cabrera Peña define siete indicadores: finalidad de respeto a los derechos humanos, protesta sin violencia y adecuada a las circunstancias, recurso de última instancia en ausencia o ineficacia de la ley, disposición de los actores a ser reprimidos, acción pública en busca del mayor apoyo posible, intención conciliatoria con el adversario y ajena a su aniquilamiento moral, así como perspectiva de triunfo cifrada en crisis que obligue al poder a negociar y permitir cierto control de los protestantes sobre él.
Además de exponer los enlaces de Martí con estos indicadores, Cabrera Peña explora los paralelos con dos figuras paradigmáticas de la desobediencia civil: Mahatma Ghandi y Martin Luther King Jr., pero va más allá del encadenamiento común a los tres con una ristra de pensadores, desde Buda hasta Tolstoi, para plantearse correctamente el surgimiento y desarrollo de las ideas en el contexto de la rebeldía civil.
Cuentos de hoy y mañana
Al prologar en 1883 (V, 101-108) el libro de cuadros políticos y sociales de Rafael Castro Palomino, Martí se refiere a las “reformas más urgentes” que no vendrían por “rebelión inculta”, sino por “el triunfo definitivo de la calma activa”. Aquí Cabrera Peña da con una pista que lleva a los ensayos políticos del activista negro contra la discriminación Rafael Serra y desbarata la invención académica de contraponer a Serra y Martí en el problema racial.
La discriminación parece ser tema sempiterno, de actualidad y también del futuro. Justamente en la lucha contra la discriminación confluyen Martí, Gandhi y King Jr., aunque las aproximaciones del primero a la desobediencia civil empiezan ahí, pero van más allá. Cabrera Peña no pierde la oportunidad para tachar de falsa “la construcción del negro no conflictivo y hasta manso que se le ha atribuido a Martí”, a pesar de haber dejado bien claro que su república moral se alzaría con “la masa inteligente y creadora de blancos y negros” (XX, 162).
La guerra de Martí no era tan solo para la república, sino para la democracia y es aquí que Martí vislumbra “la patria en cuya libertad descansarán mañana [todos] para abogar por sus derechos” (II, 199), pero sin dejar de preocuparse por la “ingratitud probable” de la república hacia los pobres de la tierra (III, 304 s).
El Partido Independiente de Color
El centenario del alzamiento y masacre (1912) del Partido Independiente de Color (PIC) reforzó la pared que viene alzándose por académicos e intelectuales entre Martí y aquel malogrado ademán político en la república poscolonial. Cabrera Peña procede a derrumbarla con la noción martiana de resistencia activa, sin violencia, como herramienta permanente de los pueblos para dar “remedio blando al daño” (IX, 388).
Cabrera Peña documenta el tránsito de Martí de la desconfianza hacia las máscaras políticas a la vigilancia sobre el ejercicio de la política para salvar la república de “peligros desatendidos”. Esta vigilancia permite advertir al poder qué anda mal en cierto momento y fundamenta la necesidad de resistencia activa o desobediencia civil, que Cabrera Peña concibe como mecanismo único de intervención social, sin tregua, pública y pacífica, para reafirmar la rebeldía frente a las injusticias, entre ellas, la discriminación racial.
En la obra póstuma de Serra, La República posible (1909), se confirma que la protesta de los negros venía “de la escuela de Martí”, [quien] nos enseñó a ser indóciles contra toda forma de tiranía, contra toda soberbia”. Para Cabrera Peña, el antecedente teórico de aquel primer partido de integración negra en las Américas es el pensamiento conjugado de Martí y luego de Serra sobre la resistencia pacífica, aunque el contexto histórico de 1912 propiciara la violencia.
Serra y Evaristo Estenoz viajaron a Estados Unidos en 1905 y regresaron a Cuba para exigir las mejoras y prevenir contra los males vistos unas y otras allá. Cabrera Peña sugiere que este pasaje es clave, digno de investigación, para sentar la conexión de Martí con el PIC a través de Serra. Nada casual fue que el PIC proclamara en su documento fundacional (1908) un país “con todos y para el bien de todos” y una república que si “no es la de Martí, no sirve”.
Cabrera Peña dedica los capítulos 10 y 11 del libro a las vislumbres martianas de desobediencia civil, que también se enfilan contra la proclividad de “resbalar a Martí hacia el marxismo y la lucha de clases”. Y no deja de apuntar que tales vislumbres “debieran ser asumidas como lección actual para el pueblo cubano, que desde hace décadas padece una crisis moral y ética en lo que a protesta se refiere -con excepción de un pequeño grupo- sin paralelo en toda la historia del país”.
*Las referencias entre paréntesis indican tomo y página de las Obras completas de Martí (La Habana: Editora Nacional de Cuba, 1963-1973).