Reflexiones de la Caimana: Un misterio cubano llamado José Martí

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Muerte de José Martí en Dos Rios (detalle), 1939, óleo de Carlos Enríquez

Por Ramón Alejandro*

A medida que sin piedad van avanzando los años, no solo cambia cada individuo, sino que de igual manera también las culturas y las naciones se van transformando.

Recuerdo que siendo un adolescente me provocaba mucha risa cierto verso de Pablo Neruda: «Nosotros los de entonces ya no somos los mismos». Hoy ya no me hace ni la misma -ni ninguna- gracia, porque entiendo mejor esa dura verdad que entonces no podía conocer y que palpita sordamente en el aparentemente inofensivo ritmo musical de sus palabras.

José Martí, por mucho culto apostólico que se le haya rendido, no fue más que un hombre sincero -como él dejó dicho bien explícitamente-, un simple común mortal nacido en humildísima cuna, quien por su natural nobleza espiritual y los vehementes esfuerzos de una demasiado corta y dura existencia, se elevó a la insigne altura de definitivo y supremo inventor de toda una nación.

Nación que en su idealismo romántico condenó no sólo a ser plenamente soberana, sino que hubiera querido que la frágil y mal cimentada soberanía que en tan exiguo territorio fuera posible asumiera -contando en aquel tiempo con solamente un millón de habitantes- la entera responsabilidad del destino político de todo el continente latinoamericano.

Para moldear a su guisa esa nación ideal contaba con la pobre materia de la arcilla elemental de un pueblo invertebrado y deformado moralmente por la miseria material y los oprobios inherentes a las relaciones humanas, propias de una factoría de explotación intensiva como la impuesta por el poder español, inhumanamente esclavizado e intencionalmente pervertido de manera que pudiera aceptar mansamente su ignominioso dominio durante cuatro largos siglos.

Un joven indignado

Ese ambicioso joven indignado ante las condiciones que esos mismos bárbaros individuos -supuestamente cristianos y pertenecientes a los diversos pueblos peninsulares que engendraron al criollo- y atenazado por su deseo de liberar lo más urgentemente posible aquella desdichada isla de semejante régimen, acometió su tarea impregnado por los ideales de la Revolución Francesa, la Norteamericana y de los ejemplos de Lord Byron y de tantas otras glorias románticas que fulguraban en la cultura de esa época. La noción de sacrificio personal se le impuso como el único e ineluctable eje de su desesperada filosofía personal. Se le convirtió en algo deseable. Quiso que su identidad se confundiera para siempre en la mentalidad de ese pueblo que tan poco conoció, y que en su desmedido amor tanto quiso creerlo capaz de llevar a cabo su sobrehumano proyecto.

Tuvo que realizar, en la intimidad de su atormentada alma, la imposible cuadratura del círculo entre su amor indiferenciado por todos y cada uno de los seres humanos que poblaban su isla natal -incluyendo a los peninsulares. Asumió a la vez la tan dolorosa como imperiosa necesidad de recomenzar -después de aquel aún reciente y amargo fracaso que fue de la Guerra de los Diez Años- la atroz contienda de liberación que, a pesar del profundo humanismo de sus convicciones personales, él juzgó “justa y necesaria”. Y a pesar de la prudente desconfianza que le provocaban los intempestivos efluvios de testosterona de los emprendedores cabecillas militares de la rebelión contra España.

Decidió -aún no conocemos con certeza, y quizás nunca jamás sabremos cual es la secreta clave de este misterio- lanzar a su querido pueblo y a su propia frágil humanidad contra las feroces e innumerables tropas de ocupación, en una asimetría de fuerzas que nunca conocieron ni Simón Bolívar ni el General San Martín dentro del ámbito de las descomunales geografías andinas, llaneras y pamperas de sus tierras natales.

Grabado en la memoria

Encaró la hombradía del guerrero dentro de esa pequeña isla desprovista de vías de comunicación, elementales condiciones higiénicas y un sistema de escolaridad enclenque a causa de esa abúlica autosatisfacción e indiferencia por las necesidades del pueblo llano, tan característica de los explotadores aristócratas europeos y la inepcia más absoluta que aquejó a los sucesivos Gobernadores Generales.

Ya sabemos como terminaron sus ilusiones, pero muy curiosamente quedó como por “milagro» ese ideal de absoluta entrega a su pueblo. Muy profundamente grabado dentro de la frívola y versátil memoria, tan propensa a distraerse en nimiedades y diversiones ligeras que parecería ser natural a la mayoría de aquellos que nacimos en “tierras calientes» del Caribe.

«Quien quiere volverse un ángel se convierte en bestia», como bien observó Pascal.

Ese joven se inmoló por voluntad propia, Aunque hoy en día la noción de sacrificio personal en aras de la Patria nos resulte más que picúa, absurda, parece que cada vez un mayor número de hombres y mujeres que viven en Cuba, y que a pesar de tantos desengaños sufridos por todo un pueblo que ahora cuenta con poco más de 11 millones de individuos, y la erosión de valores cívicos y morales, son capaces de salir a las calles y encarar en sacrificio martiano a la bestial jiña de la hedionda turba de esbirros organizados por el régimen -un régimen supuestamente socialista que se ceba impunemente en sus indefensos cuerpos y dignas personas.

Por eso se me antoja que el más sublime -y quizás el único posible- homenaje a Martí que hoy pueda seguir existiendo es la actitud desafiante de esos valientes cubanos, sean disidentes o simplemente personas honorables, que conservan en sus almas el legado moral que nos dejó aquel sencillo hombre sincero de donde crece la palma.

*Reflexiones de la Caimana es una sección de crónicas y testimonios que publica el pintor cubano Ramón Alejandro en CaféFuerte.

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