Cumbres borrascosas: el Museo de Arte de Pérez en Miami

MuseoPerez
El Museo Pérez de Miami, la nueva joya espectacular entre la bahía y la ciudad. Foto: Iwan Baan

Por Miguel Fernández Díaz
La crítica cultural de Miami parece haber obviado que el aura de la obra arte, “su existencia irrepetible en el lugar mismo que se encuentra”, como anotó Walter Benjamin, se daña por la acción natural del ámbito donde se le sitúa.
El Perez Art Museum Miami (PAMM) o mejor, el Museo de Arte de Pérez en Miami, se alza junto a Biscayne Bay, un escenario que tiene la salinidad promedio de los océanos (alrededor de 35 unidades prácticas). Aunque sus ventanales del piso al techo tengan el mejor vidrio contra huracanes de este mundo y el techo voladizo provea sombra suficiente para que la luz solar no incida directamente sobre las obras de arte, el salitre y la humedad causarán mucho daño en espacio tan permeable.
No puede darse la “bienvenida a la brisa subtropical, a los vientos de agua y a la bruma marina” -como anotó cierto artículo reciente- si no se tomaron medidas de conservación preventiva sobre el entorno y se requerirán tantos esfuerzos de conservación curativa, para frenar los procesos dañinos en las propias obras de arte, que hubiera sido mejor levantar el museo en otro lugar más adecuado a la “existencia irrepetible” de aquellas.
El nombre y la cosa
Los museos no se abren con las obras que se tendrán, sino con las que se tienen para llenar con decencia el “espacio programable”, que en PAMM abarca 120 mil pies cuadrados en interiores y 80 mil pies cuadrados en exteriores. Para coincidir con Art Basel y propiciar así “más donaciones de prestigio”,  según su director, Thom Collins, PAMM se inauguró a lo cubano: sin estar terminado y con entrada gratis. Pero lo peor es que tiene unas 1,800 piezas en inventario, entre ellas más de 300 donadas a principios de este año por la pareja de coleccionistas Dennis y Debra Scholl.
En una comparación devastadora (The Wall Street Journal, 10 de diciembre de 2013), el escritor y artista neoyorquino Peter Plagens apuntó que el Museo de Arte Moderno de Forth Worth, la quinta ciudad del estado de Texas, atesora 2,600 piezas. Miami es la quinta urbe metropolitana de Estados Unidos.
Más acá de su arquitectura tan loable como peligrosa, el PAMM es admirable por los arreglos del curador en jefe Tobías Ostrander para llenar el “espacio programable” en los dos primeros pisos. Bajo el paraguas semántico de “americana”, la colección permanente se muestra en seis galerías: Desiring Landscape, Sources of the Self, Formalizing Craft, Progressive Forms, Corporal Violence y Commodity Cultura. Atraen sobre todo un torso pintado por el cubano José Bedia (Mama quiere menga, menga de su nkombo, 1988), la pintura mural Utilidades (1989), del brasileño Jac Leirner, y la serie de fotografías Skeleton Coast (2005), del venezolano Alexander Apóstol.
Raro concepto americano
Hay cuatro sitios específicos para instalaciones de artistas que trabajaron por encargo con vistas a la inauguración de PAMM: Bouchra Khalili (Marruecos), Yael Bartana (Israel), Monika Sosnowska (Polonia) y Hew Locke, británico de origen guyanés que suspendió del techo una versión del balserismo de Kcho titulada For Those in Peril on the Sea (2011).
Fuera del concepto “americano” se llenó el espacio con obras de Ai Weiwei (China), Edouard Duval-Carrié (Haití) y Amelia Peláez (Cuba). La miniexposición de Peláez, The Craft of Modernity, fue calificada acertadamente de “joyita” por el historiador y curador cubanoamericano Jesús Rosado.
Weiwei trabajó en Pekín para los diseñadores del PAMM, la firma suiza de arquitectos Herzog & De Meuron. Ocupó el mayor espacio con su primera retrospectiva internacional y estrenó una instalación de bicicletas, pero su obra acaso más impresionante -la escultura en doce piezas bronce Zodiac Heads (2010)- perdió impacto por mostrarse en exteriores.
El PAMM viene pregonándose más por su obra civil con estupendas vistas que por sus colecciones. Beth Dunlop reportó para The Miami Herald, que establecía “un nuevo paradigma de interacción de museo con la naturaleza circundante, el entorno urbano y la gente», pero Rosa de la Cruz, dueña de De la Cruz Collection Contemporary Art Space y mecenas del Museo de Arte Contemporáneo (MOCA) en North Miami, tachó ya al PAMM de country club y banquet hall antes que museo de arte.
¿Plaza pública o museo?
Dunlop exaltó el PAMM porque su “arquitectura expresa intencionalmente las ideas de una sociedad democrática” y ejemplificó con que el auditorio es una “plaza pública interior”. Solo que allí la gente no se reunirá jamás para discutir con Jorge M. Pérez, presidente de la junta ejecutiva del Related Group, quien desarrolla proyectos inmobiliarios en Miami, Miami Beach, Aventura, Hallandale Beach, West Palm Beach y otras municipalidades en el sur de la Florida.
En el 2004, el condado Miami-Dade asignó $100 millones aprobados por los votantes al proyecto de Museo de Arte de Miami (MAM), que contó también con aportes privados, pero en  el 2011 enrumbó a la quiebra. Pérez realizó entonces con una donación de $20 millones en efectivo y otros $15-20 millones en obras de su colección personal de arte, a cambio de nombrar Pérez al MAM.
Pérez habría perdido dos tercios de su patrimonio en la crisis inmobiliaria, pero los grandes bancos aplicaron a Related Group la misma fórmula que el gobierno federal a ellos: to big to fail. De paso sacó $61 millones en una jugada financiera vinculada al megaproyecto casino-resort del Grupo Genting.
El 18 de mayo de 2011, The Miami Herald reportó que Pérez y su socio Jimmy Tate (Tate Capital) habían adquirido la deuda hipotecaria del complejo Omni por $100 millones. Para el 27 de mayo se anunciaba que Genting compraba los terrenos del Miami Herald en $236 millones. El megaproyecto de Genting incluía los terrenos del complejo Omni y el 14 de septiembre de 2011 se supo que pagaba por ellos $161 millones a Perez, Tate y Sergio Rok.
Especulación inmobiliaria
La maña de Pérez en especulación inmobiliaria -la industria líder del Sur de la Florida- no viene acompañada de tacto y pericia en la industria cultural. El principal benefactor del nuevo MAM no es Pérez, sino los contribuyentes de Miami y por ello, tal y como los museos de la ciudad en La Habana y Roma o el museo metropolitano de Nueva York (MOMA), este museo de Miami no solo tendría que haberse erigido en otro lugar, sino denominarse MAM a secas.
El mecenazgo de Pérez hubiera sido bien reconocido nombrando así la galería principal, pero su vanidad provocó tanto que Mary Frank, ex presidenta de MAM, renunciara a su puesto en la junta directiva como que muchos coleccionistas de arte en Miami boicotearan el PAMM.
Esta laguna no puede llenarse con la colección personal de Pérez. De las 110 obras que donó, 43 pudieron apreciarse en la exposición Frames of Reference: Latin American Art From the Jorge M. Pérez Collection, montada la pasada primavera en MAM (101 W Flagler Street) antes de mudarse a Biscayne Bay.
Según el crítico Carlos Suárez de Jesús (Miami New Times), el alarde de que la exposición trenzaba puntos nodales de la historia del arte latinoamericano distó mucho de justificarse, a pesar de óleos como Crucifixión (1938), del chileno Roberto Matta, o Construcción con dos máscaras (1943), del uruguayo Joaquín Torres-García. Las obras del mexicano Diego Rivera, el colombiano Fernando Botero y de los cubanos Wifredo Lam y Carlos Enríquez, por ejemplo, no eran representativas de sus respectivas tallas artísticas.
Para colmo, un óleo sin título del finado pintor cubano Carlos Alfonzo, donado por Pérez al Museo de Arte Frost de la Universidad Internacional de la Florida (FIU), acaba de ser juzgado como falsificación por la máxima autoridad en la obra de Alfonzo: su amigo y también artista plástico César Trasobares, ex director del programa de arte público del condado Miami-Dade.
Así y todo, el PAMM por lo menos abrió. El Museo Cubano, programado para abrir en el otoño de 2014, adolece este invierno de la misma agonía que se advirtió aquí el verano pasado.

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