Ciertamente, todos estos aparentes sinsentidos que están sucediendo en la política doméstica de Estados Unidos y la geopolítica son insultantes y MUY… muy preocupantes.
No solo el presidente de Estados Unidos se pliega bochornosamente al criminal de guerra invasor de países y sostenedor de nuestras tiranías, Vladimir Putin, sino que le va a dar el dinero de nuestros impuestos, de nuestro sudor, para comprarle petróleo para que Putin siga atacando a Ucrania, de manera que el presidente pueda mejorar su desastre económico en Estados Unidos… y esto, entre otras cosas, por motivos electorales.
Además, el presidente acusa a Volodomir Zelenski, cuyo país y pueblo son las víctimas probadas con su sangre inocente, de no rendírsele a Putin y de ser el culpable de que el combustible suba de precio en Estados Unidos, cosa que todo el mundo sabe que es consecuencia de la malograda guerra con Irán el cual, como consecuencia del conflicto se ha agenciado a su favor obstruir el crítico Estrecho de Ormuz.
Pero siguen las incongruencias. Si como se ha anunciado a bombo y platillo, la Administración «logró» un acuerdo con la tiranizada Venezuela por 65 mil millones de barriles de petróleo, ¿cuál sería la necesidad de comprarle con nuestro dinero petróleo al principal enemigo de Estados Unidos, lo cual, como beneficio adicional a Rusia, quebraría a la sazón las sanciones que pesan sobre ese imperio por su agresión a Ucrania?
Por mucho que uno quiera tratar de buscarle la lógica estratégica a todo este nefasto entramado, solo hay una conclusión: aquí hay alguien trabajando directa o indirectamente para Putin, y ese –o esos– tiene la misión de empoderar a Rusia, destruir a Estados Unidos, entregar Ucrania a Putin, debilitar a la OTAN, tirar salvavidas a las dictaduras de nuestros países esclavos negociando con sus tiranos, y someter al pueblo norteamericano a la tiranía de paso… y todo bajo el lema de que nos estan salvando de un mal mayor.
Y es hora de decirlo: el enemigo que se proponga destruir a este gran país, no va a venir con un letrero en la frente: «Vengo a destruir a América». Va a hacer todo lo contrario. Se va a vestir de salvador y va a tratar de ganar la confianza de sus ciudadanos prometiéndoles, demagógicamente, lo que ellos necesitan o quieren oír. Se va a valer no solo de sus necesidades legítimas y sus aspiraciones patrióticas sino también de sus más bajas pasiones como seres humanos imperfectos que somos.
Lo triste es el silencio o la complicidad. Y en ese oscuro espectro de bajar dócilmente la cabeza sin pronunciar palabra, es triste que estén algunos de los que se razgaban las vestiduras como «anti-comunistas» y contrarios a negociar con tiranos y hoy se convierten en parte de lo mismo que decían combatir por su fanatismo ciego o su cobardía imperdonable.
Claro que no son todos. Hay muchos quitándose el velo y atreviéndose a defender los valores cívicos y humanos.
No se trata de partidismos tampoco. En medio de esta tragedia política, eso sería mezquindad imperdonable. Se trata, en buena conciencia ciudadana, de no permitir que se sigan destruyendo las instituciones democráticas en este país; que no se empoderen a sus enemigos por dinero o por conveniencias electorales o complicidades ocultas. Que no se desmonten o corroan sus instituciones democráticas. Que no se utilicen a sus buenos policías para convertirlos en represores de un repugnante Estado policíaco.
Se trata, al cabo, de no perder el rumbo democrático por veredas de cobardía o baches de fanatismos caudillistas.
Ah sí. Sí que sé las consecuencias de haber humildemente advertido de todo esto tiempo atrás. Sin creerme lo que no soy, las vengo sufriendo en alguna escala por haberlo destacado desde el principio. Y, ratifico, no lo hago por partidismo pues no pertenezco a ningún partido. Lo hago como modesta clarinada pues, cuán útil sería que ambos partidos, el Republicano y el Demócrata, se llenaran del pudor necesario para salir del silencio genuflexo que exhiben hoy en día ante lo que saben que está mal hecho y pusieran, genuinamente, a la nación primero sobre sus intereses partidistas.
Mi lucha contra la tiranía que oprime a mi amado país, mi trabajo y mi precaria salud no me dejan tiempo para decir cosas que enreden más mi ocupada vida, al menos que crea vital para mis principios el hacerlo. Lo hago por amor a esta nación, Estados Unidos, que amo profundamente, a mi entrañable patria, Cuba, esclava y desesperanzada, y a un mundo que está harto de tiranías y fanatismos y hambriento de libertad y paz.
Vienen momentos más difíciles aún. Mucho más difíciles. Pero el sendero para salir de esta asfixiante encrucijada y seguir adelante como seres libres está muy claro ante todos. Cada cual todavía tiene el albedrío de escoger luchar por salvar la democracia o, en su fatal defecto, ayudar a descarrilar la diligencia hacia fangosas cunetas.
Imploremos a Dios, que nos ayude a todos a discernir el camino y a empuñar la poderosa arma de la dignidad humana para prevenir, con nuestro pudor, que los poderosos avaros y destructores de derechos, no se apoderen de lo que queda de nuestras libertades y de nuestros sueños que tantas luchas, sufrimientos y sangre han costado.
Ramón Saúl Sánchez es líder del Movimiento Democracia y vive como exiliado en Estados Unidos desde 1967. Por 25 años se le ha negado la residencia permanente y en la actualidad permanece en el país con una orden judicial que impide su deportación bajo la Convención contra la Tortura. Reside en Miami.