¿Qué le parece una espera de 14 años en Ligas Menores para debutar de una buena vez en el Big Show, el béisbol de Estados Unidos?
Ese fue el camino que recorrió el venezolano Jean Carlos Boscán, hasta que su equipo, Bravos de Atlanta, lo envió a jugar frente a Filadelfia, el primero de octubre de 2010… en el final del octavo inning.
Boscán aparecía así por primera vez en los libros de las Mayores desde que fuera firmado como profesional, cuando contaba con 17 años. Más de tres mil veces al cajón ofensivo y 976 partidos, casi todos como receptor, fueron el interminable preludio para la irrupción de este hombre en el parque Turner Field, de la ciudad de Atlanta, durante una húmeda noche de viernes y ante 51 mil aficionados.
“Puedo confesar que estaba más nervioso en el círculo de espera que cuando me pare a batear, mirando a todo el graderío”, le dijo el beisbolista a la prensa. “Después respiré hondo y me dije, vaya, es mi primer inning, y mi primera vez al bate, afortunadamente con una base por bolas. Gracias Dios Mío”.
Boscán había entrado a calzar los arreos del estelar Brian McCann, para recibir los envíos de otro novato, el zurdo Mike Minor, quien esperó mucho menos en una franquicia de Atlanta: solo cinco meses.
Son hombres nacidos para adorar al béisbol, como Carlos Kindelán, un jugador de segunda base del barrio de La Güinera, en La Habana, que jugó casi todas sus Series Nacionales en Cuba con el equipo de Matanzas. Despreciado por los técnicos de la capital, Kindelán se entregó apasionadamente a defender los colores de otra provincia, y murió virtualmente en el terreno, víctima de una dolencia renal a la que se enfrento durante años con un valor espartano.
Por el Cotorro, un barrio de la capital cubana, se pasea hoy orgulloso Lázaro de la Torre, un pelotero que actuó en los campeonatos criollos hasta el filo de sus 50 primaveras sin que le doliera el brazo de lanzar, y quien fue conminado a abandonar la lomita en contra de su voluntad. Enfundado en el uniforme de Industriales, del Habana o Metropolitanos, era común que De La Torre, varios kilómetros antes de llegar como visitante a otra provincia de Cuba, le pidiera al chofer del ómnibus que le permitiera bajarse, para seguir corriendo el resto del camino, a manera de entrenamiento.
La próxima temporada allá, sin embargo – increíblemente, no tiene pactada su fecha inaugural, nada menos que en su versión número 50—debería ser aprovechada para rendir homenaje a otro coloso, Carlos Yanes.
Yanes, veterano lanzador del equipo Isla de la Juventud, está a las puertas de colocarse en la segunda posición de los tiradores con más juegos ganados. Con un par de victorias acumularía 235 éxitos, suficientes para desplazar al retirado Jorge Luis Valdés (234) y situarse como el segundo gran triunfador en la pelota cubana del último medio siglo.
Él le dijo hace poco a la periodista Ana Esther Zulueta, en Nueva Gerona, que a sus 45 años, y si en definitiva es incluido en el equipo de la temporada 2010-2011, aparecerá en el terreno como relevista.
Oriundo de Cumanayagua, en Cienfuegos, el menudo serpentinero derecho tiene en su haber el único juego de cero hit-cero carrera de un tirador de la Isla de la Juventud, propinado al conjunto de Villa Clara.
Poseedor del récord de participación en 28 series nacionales de forma consecutiva, más dos temporadas entre los juveniles, Yanes podría decir adiós al deporte, dentro de algunas semanas, colocado a la sombra del recién retirado Pedro Luis Lazo, que es el dueño del sitial de honor con 257 triunfos.
Y El Duque, ¿qué? Dicen que Orlando Hernández se resiste a despedirse de las Grandes Ligas, y no me extraña su testarudez, porque él tiene la estirpe de los que se inclinan fervorosamente ante los terrenos.
Gracias a hombres como ellos, el béisbol seguirá siendo un juego mágico.