Del sueño a la muerte: Los ojos inconmensurables de Alejandra

Algo perdurable estamos obligados a hacer con el nombre de Alejandra Cotilla Portales y la memoria de su familia, víctimas de la más desconcertante y amarga de nuestras hecatombes recientes.

Todo indica que las tres víctimas fatales del derrumbe ocurrido la madrugada del pasado sábado en un edificio multifamiliar de la calle Monte, en La Habana Vieja, pasaron del sueño a la muerte.

Acaso sea un alivio pensarlo así –o quererlo así— para quienes nos enfrentamos horas después a los pormenores de la tragedia, a la evidencia de que los fallecidos pertenecían al mismo núcleo familiar, y a las conmovedoras fotos del matrimonio de Alejandro Cotilla y Yuslaidis Portales junto a su pequeña hija Alejandra, de siete años.

El edificio estaba en mal estado, pero la familia, como sucede con miles de personas golpeadas por la situación habitacional en el país, no tenía adonde ir.

El Centro Loyola Reina, un espacio religioso y educativo en favor de las familias cubanas, acaba de publicar datos y fotos de los fallecidos, quienes formaban parte de esa comunidad, establecida hace 15 años en la calle Estrella, en Centro Habana, para tender puentes de diálogo y colaboración entre todos los cubanos.

Alejandra Cotilla Portales en plena creación artística. Foto: Centro Loyola Reina-La Habana.

El texto de condolencias por la catástrofe que cobró la vida de la familia Cotilla Portales, está acompañado de referencias desgarradoras, especialmente sobre la niña Alejandra, quien es recordada por su particular sensibilidad para las artes plásticas.

“Alejandra, la más pequeña de nuestro Taller de Dibujo, se destacó siempre por su vocación, su gracia y su extraordinario talento para las artes plásticas. Su creatividad, seguridad y alegría llenaban de luz cada espacio que compartía con nosotros. Su corta pero brillante trayectoria fue reconocida en cada concurso en el que participó, y su entusiasmo era inspiración para sus compañeros y profesores. Su mamá, siempre presente y atenta, era ejemplo de amabilidad y compromiso con la formación de su hija”, indica el comunicado de la institución.

Junto a esas referencias conmovedoras aparecen las fotos de Alejandra en plena creación, es decir, elevando sus sueños hasta lo imposible.

Alejandra en brazos de su padre, Alejandro Cotilla. Foto: Facebook.

El Centro Loyola, liderado por un equipo de capacitados profesionales, ha tenido la encomiable actitud de sumar a su oración por el descanso eterno de Alejandro, Yuslaidis y Alejandra, la mención a la necesidad impostergable de que “cambien las estructuras que hacen que miles de cubanos tengan que arriesgar su vida viviendo en casas en mal estado”.

Y así es como invita a honrar la memoria de Alejandra y su familia, mientras recuerda la alegría, el talento y el amor que sembraron ellos entre los miembros de la comunidad.

No hay forma de no quedar prendados de Alejandra en estas fotos de conmoción. La niña dibuja casas desproporcionadas junto a un muñeco de nieve, estampas de una quimera infantil que estaba a punto de esfumarse dolorosamente.

Ni de escapar de la imantación que emana de su mirada. Todo un desafío de determinación y candor, de certezas y esperanzas truncas.

Voy a quedarme mucho tiempo cautivo de los ojos de Alejandra, transformados en metáfora insuperable del dolor cubano. Sufrir es casi un deber ante nuestra desolación imparable.

Alejandro Cotilla y Yuslaidis Portales, padres de Alejandra. Foto: Facebook.

Los testimonios que inundan ahora las redes sociales con los relatos de las personas que los conocieron, tejen un sólido pavimento de emociones. Ante episodios tan demoledores como este, las revelaciones del sentimiento cubano –la idiosincrasia nacional– resultan una lúcida advertencia de que no todo está perdido, y de que en medio de las peores circunstancias late también una cualidad profunda de honestidad y perseverancia nuestras, genésicas del país que somos, por encima de todos los pesares.

El hecho de que el destino haya sesgado la existencia de una familia ejemplar, de gente buena y comprometida con la alegría de vivir y de promover la virtud entre sus allegados, deviene poderoso recordatorio de todo lo que se puede hacer –y lo que está por hacer—dentro de Cuba, que sufre carencias cotidianas, apagones interminables y despotismos crueles, pero que no ha abandonado la ilusión de una vida digna.

Alejandra y su madre junto a otros asistentes al Centro Loyola en La Habana.

Del derrumbe que cerró los ojos de Alejandra no puede culparse al embargo ni a los antagonistas belicosos del exilio de Miami. El gobierno cubano en su larga extensión de desaciertos, desde Fidel Castro a Miguel Díaz-Canel, sin excluir al hermanísimo nonagenario que aún persiste en nuestra contemporaneidad, es el principal y único responsable de la ruina perpetua de La Habana, del colapso interminable de las edificaciones en todo el país y de las muertes de sus ciudadanos nobles, entre ellos niños en la flor de sus anhelos.

Deberíamos hacer un registro de los menores fallecidos en esta larga noche de totalitarismo y horror a causa de la irresponsabilidad gubernamental que gravita sobre decisiones irracionales como disponer materiales para construir túneles inservibles y hoteles para turistas en plena pandemia, a espaldas de la precariedad de los más necesitados y desvalidos, que son la gran mayoría de los ciudadanos cubanos. Sería oportuno contar todas las víctimas infantiles de derrumbes y negligencias constructivas, y presentarlas internacionalmente como otro agravio sepultado por los cacareos propagandísticos de protección a la niñez y la juventud en la Cuba del socialismo fallido, valga la redundancia.

Edificio de la calle Monte donde ocurrió el derrumbe. Foto: Facebook.

Para ellos y para los cómplices medios oficialistas que silencian estas evidencias tan abrumadoras –a veces con la desfachatez exultante de un artículo aparecido este domingo en el diario Tribuna de La Habana, justamente horas después de la muerte de Alejandra– el más irreverente de mis desprecios y la certidumbre de que tendrán que pagar ante la justicia por sus desmanes criminales de lesa humanidad.

Para Alejandra y sus padres, el compromiso de batallar por una Cuba mejor, y el empeño de no tolerarnos el olvido. Nuestros compatriotas –los de hoy y los del futuro– tendrán que preservarlos a ellos en la memoria de la nación como víctimas también de este accidente histórico de infortunios.

Algo perdurable estamos obligados a hacer con el nombre de Alejandra Cotilla Portales, la más desconcertante y amarga de nuestras hecatombes recientes. De nuestros espantos cubanos que no cesan.

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