
Por Pío E. Serrano
Una vez más «los americanos» inciden espectacularmente en la historia de Cuba.
La Isla ha sido un importante enclave de la política norteamericana en el Caribe, desde la Doctrina Monroe hasta la sostenida creencia en el Destino Manifiesto como sustrato ideológico para asegurar el expansionismo político y comercial de unos Estados Unidos que vivían un decisivo crecimiento económico posterior a la Guerra de Secesión. Lo confirmó la flota del almirante Sampson en la bahía de Santiago de Cuba y los Rough Riders de Teddy Roosevelt en la playa de Daiquirí. Al igual que el oportuno ultimátum de Sumner Wells a Machado o cuando el Departamento de Estado suspendió su ayuda militar a Batista y sembró el pánico entre los Regimientos del Ejército, precipitando su caída.
Por acción u omisión, para bien o para mal, Cuba ha debido convivir con los vaivenes de la política exterior norteamericana. Nunca sabremos hasta qué punto fueron decisivas en el curso de la Revolución cubana la ignorancia de Eisenhower y la soberbia de Nixon, o la renuncia de Kennedy a usar la Fuerza Aérea en Playa Girón, pero también la aprobación de la Ley de Ajuste Cuba (CAA) que abrió las puertas de Estados Unidos a los refugiados cubanos que huían del castrismo en condiciones excepcionalmente generosas. Sin olvidar la Ley Helms-Burton. La tentación es la ficción distópica.
Juego de posiciones
El restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba parece insertarse en este apasionante juego de posiciones. Algo que parpadea como una suerte de déjà vu. ¿O es que acaso los célebres cinco editoriales del New York Times no nos recuerdan las campañas de Hearst?
Un escenario, sin duda, polémico; pero un acontecimiento crucial. Polémico porque, de una parte, siembra el desconsuelo en la comunidad anticastrista que hubiera preferido la humillación de la derrota del tirano, la frustración de asistir a una entrada triunfal en la desfallecida, hambreada y reprimida Isla. O, al menos, el escarnio de una rendición formal y pactada, al estilo de Pétain en Reahondes; y por otra, porque una parte de esa misma comunidad anticastrista, no toda homogénea, contempla con alivio, cierto que matizado de escepticismo, la posibilidad de un cese al hostigamiento, la represión y persecución de los disidentes, la puesta en libertad de los presos políticos, una posibilidad de la libre activación económica, una convivencia entre los de dentro y los de afuera sin sobresaltos e incluso entre los más optimistas -¿incautos?- un presumible regreso a una Ítaca en democracia.
Pero todo parece indicar que la polémica se enrarece para ambas partes. Es presumible que no habrá derrota ni entrada triunfal; pero tampoco la realización del sueño de una pronta recuperación de libertades, cese de represiones ni regresos milagrosos. Eso en cuanto a lo polémico.
En cuanto al carácter crucial del evento habrá que juzgarlo más por lo que presumiblemente oculte que por su escenificación. La Habana, como es habitual en el manejo eficaz de las puestas en escena –recordemos el esperado y sujeto a una deliberada dilación del cortejo con que Castro hizo su entrada en La Habana, más las oportunas palomas del cuartel de Columbia-, asumió el uniforme militar para la ocasión y engoló la voz. Lo cierto es que mientras uno entra, otro se está yendo (presente continuo) y que, como ha señalado Iván de la Nuez, Obama gana espacio, mientras Raúl gana tiempo (poco).
Historia y biografía
La magnitud del acuerdo únicamente es evaluable en términos de Historia, el lento e inexorable transcurrir de los acontecimientos. A la Historia se opone la Biografía, la precaria existencia de cada cual, única e irreductible. Mientras la Historia marca un presumible acontecer optimista, la Biografía individual de cada cubano deberá continuar, en el interior, la precaria y reprimible existencia cotidiana a la que el régimen le condena; y en el exterior, integrado por exiliados y emigrantes económicos, la prolongación de una desesperante espera. La Historia, favorecida por el evento, sacrificándolos, al menos por un tiempo, a ambos, terminará por desalojar al castrismo de las ruinas en que se envuelve.
Quizás el sacrificio no sea prolongado. A favor de los que deseamos un pleno ejercicio de la democracia en la Isla están la capacidad de acumular ruinas del castrismo y su vencimiento biológico, más el perseverante pragmatismo anglosajón. Pronto veremos en las cámaras norteamericanas el resultado de la presión de los lobbys sobre sus representantes republicanos para liberar el ansiado comercio con Cuba. Se levantará el embargo, y ya saben, una cosa trae la otra. ¿Triunfo de la real politik? Mientras nuestras vidas se consumen, la Historia progresa. Ni siquiera la caída del Muro de Berlín -cierto que la analogía no es perfecta- garantizó a los alemanes orientales una inmediata mejora de sus vidas, pero sí sucedió que a medio plazo sus vidas comenzaron a cambiar para mejor.
Con posterioridad a la segunda intervención de Raúl, ¿qué se puede avizorar? Pecando quizás de un excesivo voluntarismo: una previsible transición que fusione el modelo chino, un país, dos sistemas; y el modelo ruso, la reconversión de la jerarquía actual en prósperos hombres de negocios.
En resumen, Estados Unidos ha sido siempre esa bola blanca, el mingo, que corre sobre el dócil tapiz verde y golpea ciego sobre las bolas de colores que aguardan el impacto que decidirá sus suertes. Cuba ha sido muchas veces una de esas bolas de colores. Y no siempre cayó en la mejor tronera. Confiemos en que ahora sí, nos impulse a caer en la menos mala.