Historiografía desgarbada: Edulcorando a Gerardo Machado o el culto del disparate

Para revisar la historia de Cuba no es preciso referirse desvergonzadamente a “la supuesta dictadura de Machado” ni encumbrar a esta figura siniestra que marca uno de los períodos más impúdicos de la etapa republicana.
Trifecta Machadista. Colecciones Massaguer (FIU) y Gerardo Machado (UM).

Entre los desvaríos proliferantes en la era de las redes sociales, el culto al desconocimiento y el disparate está definitivamente llevando la delantera. Y de pronto, en la afluencia de distorsiones de la cultura y la historia que gobiernan las plataformas de flamantes influencers y opinadores tenemos también a la carta la recomposición del legado de algunas figuras cubanas, incluidos generales y doctores muy notables del período republicano.

Ya hemos visto en año recientes los retoques benefactores de Fulgencio Batista (1901-1973) y parece que ha tocado el turno ahora a Gerardo Machado (1871-1939).

Para revisar la historia de Cuba no es preciso referirse desvergonzadamente a “la supuesta dictadura de Machado” ni encumbrar a esta figura siniestra con que llegó al poder por vías democráticas, cumplía sus promesas y no impuso la Reforma Constitucional de 1928, sino que correspondió al Congreso aprobarla.

Al criticar las versiones historiográficas de la Revolución del 30 pergeñadas sobre “basamento marxista-leninista”, el historiador cubano Rolando Gallardo, residente en España, se acaba de apear con que Gerardo Machado, brigadier presidente de Cuba (1925-1933), fue a mal muy rápido por la crisis económica mundial de 1929 y la subversión comunista sistemática, sin advertir que tal planteo y sus justificaciones distan de la verdad histórica.

Historia mínima

Tan solo par de libros bastan para desmontar, por simple lectura, el tinglado que Gallardo viene armando con ánimo de dulcificar a quien considera “un presidente que pudo tener posiciones autoritarias, sí, pero que era racional”:

  • A solo dos semanas de caer la dictadura machadista, el periodista Carlos González Peraza publicó Machado. Crímenes y horrores de un régimen (Cultural, S. A., 1933), con prólogo de Sergio Carbó, director del periódico Prensa Libre, para dar el primer registro historiográfico del terrorismo de Estado bajo Machado, así como del término “desaparecidos”.
  • Al dar a imprenta el segundo tomo de su Historiología cubana (Ediciones Universal, 1974), el erudito José Duarte Oropesa, sin abjurar de su anticastrismo, puso a Machado en su lugar histórico de sanguinario tirano.

Como estos son libros raros, conviene aquí dar breve cuenta de los forros históricos claves que Gallardo metió en su pieza mediática ¿Por qué Cuba no explota aunque todo empeora? sobre la base de otra mayor: Revolución del Treinta y semejanzas con la Cuba actual.

Quizás el forro más desfachatado sea: “Increíble como la prensa en esa época sí podía hacer caricaturas de Machado, hablar mal de Machado y no pasaba nada”. La verdad histórica estriba en que Machado repartía amenazas de muerte entre los periodistas incómodos e incluso mandaba a matarlos.

Tras ascender al poder, el 20 de mayo de 1925, en sólo tres meses sobrevino esta secuencia ejemplar:

  • El 22 de junio, José Ignacio (Pepín) Rivero, director del legendario Diario de la Marina, tuvo que hacer sus maletas y espantar hacia Estados Unidos
  • El 11 de agosto, el director del Heraldo de Cuba, Gustavo González, corrió la misma suerte.
  • El 14 de agosto de 1925, el periódico La Discusión denunció un atentado fallido contra su director, Tomás Juliá.
  • El 20 de agosto de 1925, sicarios de Machado mataron a escopetazos por la espalda al director del periódico conservador El Día, Armando André, por haber publicado un artículo tachando al presidente de inmoral. Machado acalló la protesta con que no alentaba la justicia a instancia de parte, pero tampoco podía evitar que sus partidarios decidieran tomarla por sus manos.

Terror horrendo

A despecho de semejante estreno, Gallardo embaraja con que Machado llegó al poder por vía democrática, como si esto fuera relevante y el quid del análisis no residiera precisamente en cómo gobernó. Enseguida se desvía sin garbo del talante dictatorial de Machado para sentar que este sucumbió –además de por la crisis mundial de 1929– por la subversión metódica del terror rojo. Sólo que la verdad histórica no es comunista ni anticomunista.

Antes de que militantes del exiguo Partido Comunista de Cuba, fundado el 16 de agosto de 1925, pusieran bombas o dispararan tiros, el líder sindicalista opositor Enrique Varona fue acribillado a balazos el 19 de septiembre de 1925 en Morón, antigua provincia de Camagüey, frente a su esposa e hijo menor. Y al explotar, el 27 de noviembre de 1925, un artefacto en los baños del Teatro Payret, Machado se complació en retorcer el incidente contra Julio Antonio Mella y otros para desatar el aparato represivo del Estado contra los comunistas e in crescendo contra todaoposición.

El resto es historia con saldo de unos dos mil muertos y puede leerse hasta en The New York Times, donde Russell B. Porter, corresponsal en La Habana, sacó un reportaje en profundidad («Cuba’s Struggle; What Led to the Crisis,» 13 de agosto de 1933) que Gallardo debió leer antes de venir a tupir a la audiencia de CiberCuba con que Machado fue víctima del terror rojo antes que victimario del terror de Estado indiscriminado.

Prórroga de poderes

La dulcificación de Machado por Gallardo postula que “era un hombre que prometía y cumplía”, como si su promesa electoral de agua, caminos y escuelas hubiera cuajado en todo el país, amén de que “hace la reforma constitucional en el año 28 y se pasa hasta el 33 en el poder. No creo que la memoria popular le guarde rencor durante tanto tiempo”.

Aunque los epítetos de glorificación de Machado —Salvador de la Economía, Gran Constructor, El Egregio, El Supremo, El Titán…— comenzaron a ceder más bien hacia 1930 frente a La Bestia, El Asno con Garras, El Cuatrero Mocho…, ya en 1927 la memoria popular principió a acumular rencor por obra y desgracia de la máquina electoral machadista, que enfiló hacia la continuidad, la prórroga de poderes y la subsiguiente reelección sobre la base del cooperativismo, esto es: la politiquería de prebendas y leyes controladas por el Congreso de manera tal que los partidos tradicionales de la oposición [Conservador y Popular] pudieran comer del jamón presupuestario cortado por el partido en el poder (Liberal).

Apenas se reunió la Cámara de Representantes, el 28 de marzo de 1927, para discutir el Proyecto de Prórroga de Poderes, estalló la protesta cívica que se iría intensificando hasta desembocar en la crisis terminal de 1933.

Liberales antimachadistas como Carlos Mendieta, conservadores como Enrique José Varona, opuestos al maridaje politiquero de Mario García Menocal con Machado, otros líderes políticos como Juan Gualberto Gómez, el general José Martí, el intelectual Emeterio Santovenia y otras personalidades publicaron un manifiesto en contra de la Reforma Constitucional y la Prórroga de Poderes.

Al constituirse el Directorio Estudiantil Universitario Anti-Prorroguista, Machado mandó a librar orden de detención y el Consejo Universitario abrió proceso disciplinario contra los estudiantes rebeldes, pero sus proyecciones cívicas contra la tiranía que barruntaban trascendieron a todos los rincones del país. Así y todo, el cooperativismo consiguió que el Congreso aprobara la prórroga.

Gallardo se queda en que “la reforma constitucional de 1928, que no la impone él [Machado], se lleva directamente al Congreso y se aprueba también por los diputados de diferentes tendencias políticas [y] lo que establece es un mandato [presidencial] de seis años”:

  • No aclara que la reforma constitucional es de 1928 porque su aprobación por el Congreso, el 21 de junio de 1927, no era definitiva. Esta última tenía que darla la Convención Constituyente, que inició sus sesiones en abril y concluyó el 9 de mayo de 1928.
  • Al referir sin más que la aprobación en el Congreso se dio por los diputados de diferentes tendencias políticas, pasa por alto que el cooperativismo había transfigurado la pluralidad de partidos en la concurrencia de diversas partidas alrededor del caudillo, quien de este modo impuso la reforma.

Reconstitución del Machadato

Al minimizar la reforma con quesolo establece un mandato presidencial de seis años, Gallardo encubre el descaro de la Convención Constituyente del 28, que extendiópor dos años los mandatos de losSenadores electos en 1920 y 1924, así como de los Representantes electos en 1924 y 1926.

También suprimió la Vicepresidencia y concedió a su titular saliente, Carlos de la Rosa, una Senaduría sin elección al expirar su mandato en 1929; reservó una Senaduría vitalicia que Machado ocuparía tras terminar su prorrogada presidencia en 1935 y acabó de paso con la independencia del Poder Judicial, prohibiendo que el Tribunal Supremo de Justicia nombrara libremente a magistrados y jueces.

Ceremonia del 20 de mayo de 1929. Foto: Cuba y su Historia.

La Ley de Emergencia Electoral, de 10 de julio de 1928, canceló la reorganización de partidos y así quedó como clandestino hasta el Partido Nacionalista, liderado por Mendieta y opuesto al cooperativismo. Los jefes de las tres partidas políticas tradicionales: Clemente Vázquez Bello (Liberal), Juan María Cabada del Haya (Conservador) y Celso Cuéllar (Popular), firmaron el acuerdo, refrendado por Menocal, que postulaba a Machado como candidato único a la reelección en los comicios generales del 1 de noviembre de 1928.

Al jurar el cargo y la nueva Constitución el 20 de mayo de 1929, en la escalinata del Capitolio aún sin terminar, Machado fue repudiado por una algarada que la policía disolvió. Los inconformes serían reprimidos con violencia. El Secretario de Guerra y Marina, Rafael Iturralde, tuvo que huir precipitadamente al enterarse de la advertencia de Machado: «¡Si no se va de Cuba antes de 24 horas, lo mato!» Un francotirador emboscado mató al coronel mambí BIas Masó, amigo de Iturralde, y Bartolomé Sagaró, representante de Oriente opuesto a la Prórroga, apareció con el cráneo destrozado a martillazos.

Las elecciones parciales de 1930 marcaron el principio del fin del Machadato reconstituido. Ya en pose abierta de tirano, Machado prohibió reorganizar los partidos, con el pretexto de que se entorpecería la zafra, y nombró supervisores militares de las elecciones en todas las provincias. El ejercicio del sufragio discurrió bajo el terror y al arbitrio de las piñas de candidatos. Las elecciones parciales de 1932 serían otra farsa más, quizás la más impúdica de todas en la República hasta entonces.

Al cesar el abundante crédito externo que venía sosteniendo a Machado a medida que la suerte de la economía azucarera se tornaba más incierta, la tiranía entró en fase terminal y terminó muriendo en 1933 para cerrar el ciclo abierto en 1927.

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