Guanabo, un pueblo fantasma

Por Danay Riesgo Díaz

Fue el pueblo donde viví parte de mi infancia, de pocos habitantes en el invierno cubano y de muchos en verano. No por haber sido una época dura deja de ser fascinante, mágica y provocadora. Permanecen amigos, aunque ya no estén. De esos que puedes contar con ellos sin preguntar antes. De esos que saben lo que sientes sólo con mirarte a los ojos.

Mi Guanabo ya no es lo que era. Se pierde entre las sombras del pasado y entre la incertidumbre del futuro. La insalubridad atemoriza. Hoy veo a los niños nadar entre las bacterias, virus y parásitos de todas las fosas sépticas que de sépticas sólo les queda el nombre.  Desembocan al mar como el Nilo en el Mediterráneo.

Desde lejos se aprecia el cambio de color y desde un poco más cerca el hedor de las aguas.  Ya no es seguro ni darse ese tan rico chapuzón en las tardes de antaño. Ahí se zambullen los niños, arriesgándose a contraer una amebiasis, cólera, gastroenteritis, o cualquier enfermedad.

Las piedras, cristales, papeles y desechos de todo tipo adornan la poca arena que queda. Sólo queda el horizonte inalterable y plácido para perderse en sus matices.

El paso del tiempo

Los parques infantiles consumidos y quebrantados por el paso del tiempo y la falta de mantenimiento, pero aún en pie, sobreviviendo a la vida y con las vidas de las casas con niños.  En esos parques jugué al fútbol, al béisbol y a los escondidos y me reí hasta perder la noción de cuánto me reía. Concretamente, el parque de la calle 484, uno de los mejores de Guanabo, parece que ha sido bombardeado y dejado en el olvido y se da el lujo de tener un Guardaparque. Los pequeños vecinos de la zona van a jugar ahí porque es el único lugar donde pueden hacerlo.

El cine de Guanabo que fue el primer cine de mi vida, un local entonces con aire acondicionado y películas de estreno que ya no proyecta ni la sombra de lo que fue. Ahora no es nada. Ahora hay que comprar películas por 1 CUC en la calzada (5ta. Avenida) y la idea de «Vamos al cine» murió o está dentro de las ruinas que ahí yacen. Si los hermanos Lumiére entraran en los restos del cine Guanabo, se arrepentirían de su invento.

Tuve la curiosidad de acercarme a una biblioteca que daba la impresión de flotar o peor,  de hundirse como el Titanic. Creo recordar que estaba en la misma calle del cine. Unos libros viejos que -por viejos no tendrían que dejar de ser interesantes- asomaban por las destartalas ventanas de madera. No pude entrar debido a una inundación que impedía el acceso, pero a simple vista se podía notar la desolación, el olor a olvido, a miseria, a descontrol, a abatimiento, a desaliento y desánimo.

A tristeza.

Me alejé y me puse a pensar en cómo pueden vivir los niños en una ciudad fantasma, en un pueblo herido de muerte por la desidia y el abandono, y entonces sentí miedo, miedo por el futuro que aguarda a muchos de mis antiguos vecinos -sobre todo- a los más pequeños e indefensos.

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