El Malecón sin Olga Navarro

Con Olga Navarro casi termina una época y un ícono: es una de las últimas vedettes que construyeron el mito del exotismo y de lo tropical.
olga navarro
Olga Navarro en una escena del documental biográfico, realizado por Lázaro Caballero.

Comenzaba a investigar para lo que sería el excelente documental Old Man Bebo (2008), dedicado a Bebo Valdés. El director Carlos Carcas y su productor ejecutivo Fernando Trueba me habían pedido rastrear la vida de Bebo en Cuba, pero ya era difícil encontrar a quienes trabajaron con Bebo en Tropicana, en la radio y la televisión, y poder documentarlo.

No recuerdo cómo llegué a Olga Navarro, pero sí recuerdo que, después de una llamada para concertar el encuentro, sin darle muchos detalles de lo que buscaba, llegué un poco nerviosa a su aún fabuloso apartamento en un alto edificio de la calle Calzada, frente al mar. Allí flotaba el espíritu y el esplendor de los años 50, era un piso que transpiraba la personalidad y elegancia de las grandes divas cubanas que caracterizaron aquellos años, pero a la vez, era la evidencia, por singular, del paso del implacable tiempo.

olga navarro 03
Olga en sus años de máximo esplendor. Foto: RMT/Facebook.

Tan pronto le conté, Olga se sumó con entusiasmo y puso a mi disposición el tesoro de su biblioteca, donde conservaba, perfectamente encuadernados, todos los ejemplares de la revista Show, la más importante y documentada que cubría el mundo de la música y los espectáculos.

Poetisa, declamadora, compositora, modelo y actriz, me contó que había sido gran amiga del doctor Carlos Manuel Palma “Palmita”, abogado de famosos y de mujeres en situación de riesgo o violencia, y fundador y director de la revista Show. Palmita, ya cercano a su final, le había confiado aquella parte de su archivo y ella no tuvo reparos en ponerlo a mi disposición, al igual que su copioso archivo fotográfico, datos, anécdotas y recuerdos acerca de aquel mundo hoy idealizado por muchos, donde Bebo Valdés había sido el segundo director de la orquesta de Tropicana y uno de los más importantes directores y compositores en general.

Olga fue una ayuda inapreciable para mí, tanto, que su nombre figura entre los primeros de los colaboradores en los créditos del documental. Ahí comenzó una amistad, que permitió nuestro mutuo acompañamiento en algunas aventuras que pudieron haber salido mal, pero salieron muy bien, como cuando Lolita visitó La Habana para un concierto en el teatro Karl Marx, a finales de mayo de 2005.

olga navarro 05
Durante la visita de Lolita a La Habana, en 2005. Foto: RMT.

Desde la oficina de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) en Cuba debimos atender el evento, y –creativa hasta el peligro– se me ocurrió que algunas de las amigas cubanas de Lola Flores, su madre, la homenajearan en una tarde de recuerdos. Olga no me dejó terminar la explicación: tomó el liderazgo de la idea y lo organizó todo en el pequeño cabaret Las Vegas, el mismo sitio donde La Faraona, durante sus temporadas en Cuba, solía acudir para encontrar anonimato y tranquilidad, y donde Olga Navarro la conoció y ahora reinaba en su última etapa escénica. ¡Lolita no hacía más que preguntarme si la había montado en la máquina del tiempo! Muy felices terminaron ellas dos y las amigas cubanas de Lola Flores, la noticia llegó a la prensa española y a la de Miami, y Olga fue inmensamente feliz con su regreso a la noticia.

Estos y otros momentos me permitieron conocer mejor a aquella excelente persona, aquella mujer que rescató para sí el casi extinto arte de la declamación, solo para llevar a otro nivel con su performance lo que escribía en sus versos. Alguien que se tomó siempre con una seriedad increíble su relación con el escenario y los micrófonos. Era culta y mundana, característica que le permitió codearse en sus años juveniles con políticos, periodistas, artistas, empresarios, escritores, muchos de los cuales se rendían ante su belleza. Quizás por eso, por lo mucho y bueno que vivió, Olga quiso siempre detener el tiempo, porque aquel éxito vivido era parte de su ofrenda a quienes le admiraban y seguían. El escenario la hacía renacer. Por eso, reinando en ese pequeño espacio, no se permitió nunca otra imagen que la que imaginaba se esperaba de ella.

La última vez que hablamos la llamé desde Madrid, el día de su cumpleaños. Olga tenía planes y proyectos, a pesar de su edad y su quebrantada salud. Olga Navarro Tauler (1930-2026) murió el pasado 26 de octubre, a los 96 años, en La Habana, en SU Habana, como mismo dijo siempre, como afirmó a mi querido Lázaro Caballero, en ese documental que, por fortuna y bajo su dirección, nos la perpetúa para siempre.

Olga pudo ser igual de próspera y exitosa en cualquier parte del mundo, como muchas de sus colegas de aquellos tiempos, tenía arte y maña para ello, pero eligió quedarse junto al Malecón en esa Habana que vivió y que continuó imaginando, a pesar de que ya ni el espíritu de su ciudad, ni la ciudad misma no existiría más como fue.

Con Olga Navarro casi termina una época y un ícono: es una de las últimas vedettes que construyeron el mito del exotismo y de lo tropical.

Buen viaje, Olga querida. ¡Dejas sello y huella!

Compartir: