Por Roberto Céspedes
Cualquiera con un mínimo de responsabilidad y conocimiento histórico entiende que Alligator Alcatraz no es un campo de concentración en el sentido más estricto del término.
Y que, al usar esa comparación, se corre el riesgo de herir la memoria de una comunidad que, hace apenas ocho décadas, fue objeto de un genocidio sistemático.
Todavía tenemos sobrevivientes del Holocausto entre nosotros. Y con razón, sus familias pudieran sentirse insultadas ante lo que podrían considerar la trivialización de la tragedia: al menos seis millones de judíos asesinados —torturados, fusilados, gaseados— en más de 44 mil campos de detención, trabajos forzados y exterminio. Un horror que no debe ser reducido a metáfora sin reflexión profunda.
Pero después de revisar decenas de reacciones en redes sociales, algo me resulta inquietante: buena parte de las críticas más inflamadas al uso del término “campo de concentración” provienen de fundamentalistas MAGA, de esos que tratan de diluir el discurso supremacista predominante en dicha corriente. Lo cual no deja de ser una ironía amarga.

Porque si miramos la historia con atención, veremos que los nazis no comenzaron con Auschwitz. El régimen de Adolf Hitler estrenó su maquinaria anti judía con políticas migratorias restrictivas, despojo de ciudadanías, deportaciones masivas, leyes raciales, confiscación de propiedades y aislamiento social. Durante años, los nazis trabajaron meticulosamente en la degradación del pueblo hebreo antes de implementar la llamada “solución final (las palabras exterminio, muerte, eliminación física quedaron excluidas de la detallada burocracia alemana).
Las leyes de Nuremberg de 1935 retiraron la ciudadanía alemana a los judíos nacidos en el país. Les obligaron a llevar nombres “étnicamente marcados –Israel y Sarah–“ junto a los propios, y una “J” en sus pasaportes para facilitar la identificación. Fueron obligados a pagar impuestos diferenciados, vender sus bienes a precios irrisorios o verlos confiscados sin compensación. Y luego vinieron la deportación a otros países, la reclusión en guetos, la miseria, el hambre y las enfermedades, los trabajos forzados y , a partir de 1941, el homicidio a escala industrial.
El Holocausto no fue un relámpago de odio. Fue una secuencia cuidadosamente planificada y ejecutada, una escalada sostenida de deshumanización que contó con la pasividad -cuando no el aplauso- de amplios sectores de la sociedad. Los nazis normalizaron entre los alemanes el odio y la discriminación racial antes de proceder al genocidio.
Dicho esto, ¿qué pasa hoy? ¿Por qué incomoda tanto usar la palabra “concentración”?
En Alligator Alcatraz, cientos de personas —en su mayoría hispanas— han sido concentradas bajo condiciones degradantes, sin acceso a derechos fundamentales, tratadas como animales enjaulados. Los detenidos se quejan de que incluso les han negado sus medicinas.
“Bueno, las jaulas están limpias”, fue la defensa de la congresista cubanoamericana de Miami, María Elvira Salazar, durante una reciente entrevista televisiva.
Humillación es la palabra que define al centro de detención construido en la emblemática Calle 8 del exilio cubano, mientras en muchas comunidades hispanas impera el pánico. Nunca antes vimos a mujeres embarazadas, incluso acompañadas de niños pequeños, secuestradas por guardias enmascarados en las calles.
Vivimos un momento enrarecido, en el que el jefe de las redadas migratorias, Tom Homan, ha alentado las detenciones basadas en “la apariencia física”. Profiling le llaman en América y hasta hace muy poco era considerada una práctica discriminatoria e ilegal. Los nazis, por cierto, habían perfeccionado también los métodos para la detección física y racial del “enemigo” judío.
El presidente Donald Trump, por su parte, ha llamado públicamente a los inmigrantes “criminales”, “violadores”, “plagas”, incluso “veneno para la sangre de la nación”. Palabras casi textuales de Mein Kampf, el manifiesto de la ideología nazi que alertó sobre el «peligro judío».
Trump suele escuchar con atención a su amiga y confidente Laura Loomer, quien “bromeaba” el otro día con alimentar a los caimanes con los 65 millones de hispanos que viven en Estados Unidos, mis hijos y los tuyos incluidos.
Y mientras se endurecen las políticas migratorias y aumentan las redadas, una docena de personas ya han muerto bajo custodia de ICE en los últimos meses, cinco de ellas en Florida.
“La gente muere”, se burló Homan. Como si no importara.
Entiendo entonces a quienes usan el término “campo de concentración” no como una definición técnica, sino como una alerta ética. Una advertencia urgente.
Porque no hay que esperar a que haya hornos para empezar a llamar las cosas por su nombre. La historia nos enseñó —dolorosamente— que el horror no comienza con la masacre, sino con el desprecio. Con el lenguaje de odio. Con la normalización de la discriminación y las razzias. Con la Banalización del Mal.