Testimonio: Mercenario o la historia de una autoinculpación forzosa
Al menos 11 periodistas habían sido convocados por la policía política y acusados de mercenarismo. En la lista estaba mi nombre.

Por Jaime Masó Torres*
A cada cual su juicio, su interpretación, su creencia,
que solo puede modificarla el tiempo. Es inútil
razonar contra los prejuicios.
Gastón Baquero
Diario de la Marina, 19 de abril de 1959
El 21 de octubre de 2024 a las once y quince de la mañana recibí la llamada del oficial Rigoberto. A las tres de la tarde de ese mismo día tenía que presentarme a una “entrevista” y el punto de recogida sería el recinto ferial Pabexpo, ubicado en Siboney, La Habana. Un punto neutro para enmascarar la maniobra, gentilezas típicas de generales y doctores.
Hora y fecha quedaron fijas por múltiples razones, entre ellas, porque es el día del natalicio de Celia Cruz, la artista que el comunismo en Cuba censuró a su antojo y de la cual me he declarado siempre un perpetuo admirador. Solo una amiga estaba enterada del asunto y durante el trayecto, escuchando sus consejos, me fue imposible disimular el estremecimiento, el “efecto” justo que buscan los organismos de inteligencia: amedrentar, sembrar pánico…
Negar ahora lo que experimenté es inútil y no tiene mucho sentido que en mi versión de los hechos quede como el héroe que nunca fui. La hombría aquí está relegada a un segundo plano: te enfrentas a un aparato diseñado para ganar el combate frente a los más débiles.
Con miedo subí a la moto (entiéndase cacharro) que me trasladó hasta una de las casas que el Ministerio del Interior (MININT) posee para sus operaciones. Y con miedo acudí al segundo interrogatorio como periodista, el equivalente a criminal o narcotraficante en donde nací. Si el primer cara a cara con la KGB cubana en Villa Marista (relatado en su momento en el medio Hypermedia Magazine) terminó con mi expulsión definitiva de los medios de comunicación, esta plática pantanosa buscaba un fin más directo: la cárcel.
A partir de la nueva Ley de Comunicación Social -implementada el 4 de octubre- comenzó una ola de persecución a periodistas, reporteros y/o colaboradores de medios independientes, detenidos y obligados a retractarse a través de las redes sociales. A inicios de ese mismo mes, Reporteros sin Fronteras publicó que al menos 11 periodistas habían sido convocados por la policía política y acusados de mercenarismo. Me mantuve al tanto de lo que había sucedido con algunos amigos editores y del cierre parcial o definitivo de medios tan importantes como Magazine AM:PM. No faltaron las advertencias que hasta el sol de hoy agradezco profundamente, pero en la lista estaba mi nombre.
Me gustaría, en lo adelante, olvidar el rostro trasnochado del coronel y los tres muchachos más jóvenes que yo. La miseria textil que los viste y la incapacidad (quiero decir, ignorancia) para hablar de cualquier tema relacionado con la cultura cubana. Es de tontos debatir de arte con cuatro agentes formados en institutos (de fácil acceso), donde solo se les capacita para causar dolor y matar si es necesario… en nombre de la patria. No se les puede culpar, la pobreza obliga.
Los “encuentros” con estos macarras tienen un guión que casi nunca varía: van de la compasión al cinismo, de la mentira a la amenaza, de la amenaza a la amenaza y ahí terminan. Entran a sus oficinas, repasan el libreto, te permiten fumar (en mi caso), intentan demostrar una inteligencia que por naturaleza no poseen y cuando se acaban los argumentos hablan de tu familia (punto débil), de supuestas historias sensibles en tu vida y hasta de gustos sexuales. (Confieso que me hubiera encantado saber, por morbo, quién de los cuatro llevaba en su alma la bayamesa).
Para “justificar” mis trabajos pagados por el imperio tuve que exprimir la memoria cinco años atrás y recordar nombres de personas que nunca conocí y hasta de artículos que en su momento no tuvieron trascendencia. La más mínima imprecisión fue corregida desde sus agendas y así hasta finalizar el show frente a una cámara y sin ninguna garantía legal, según dijeron.
Dicha grabación, lo sabemos, ha esperado por esta y otras crónicas. Es el arma que utilizan para un supuesto descrédito nacional, para instigar a familiares, para demostrar la fortaleza que les falta e intentar ganar la credibilidad que hace años perdieron.
En la noche del mismo 21 de octubre y antes de terminar el “encuentro”, uno de ellos exigió que antes de las nueve quedara publicado en la red social Facebook el post donde me negaba a colaborar con cualquier medio pagado por el gobierno de Estados Unidos, específicamente uno. Estaba claro: el plan consistía en utilizarme para agredir a terceros y al mismo tiempo manipular a su antojo lo que había escrito. Así fue.
Veinticuatro horas después no solo comenzarían a emerger las secuelas del estrés, la autoinculpación (efecto de la coacción), la baja autoestima y sospecha de todos alrededor. Como si no fuese suficiente, también tendría que soportar otros cuestionamientos, curiosamente, desde la parte opuesta del tablero y en nombre del civismo. Quizás, sin saberlo, la persona que me chantajeó puso en duda su credibilidad, esa que defendí públicamente, como otros, sin conocer a fondo quién estaba detrás. No obstante, salió ganando, aplicando, casualmente, las mismas técnicas.
Nada de lo que aquí ha sido relatado brevemente puede compararse con otras historias, todavía más dramáticas y cruentas. Muchísimo menos puede igualarse a los maltratos y abusos que hoy sufren cientos de cubanos detrás de las rejas. Todo lo anterior es, si se quiere, un detalle, un avance, una pizca de lo que un periodista, artista, intelectual u obrero está sometido cuando “desafina” en el coro del sistema.
Si cada cubano narrara sus dramas vinculados al comunismo, las historias serían infinitas. Aun así, lo contado no resume lo vivido: prefiero omitir el hambre, la reclusión (¿voluntaria?) y las secuelas físicas. Escribir, como gritar o llorar, es otra herramienta del método catártico que libera y permite sentirte en paz, aunque un poco de rabia todavía permanezca en el cuerpo. La misma rabia que tiene nombre y apellidos y que te persigue vayas a donde vayas.
Una madrugada, meses después, al salir de la casa donde me acogieron, cantó una oropéndola. No es común oírla a esas horas y, según me dijeron, es señal de buena suerte.
*Periodista cubano, exiliado en Costa Rica. Coaborador de CaféFuerte.