Pilar de la Rosa

Pili de la Rosa (1925-2017)

Por Orlando González Esteva*

Sí la posibilidad de que dos seres que se aman mueran a la misma vez, espontáneamente, víctimas de una muerte natural, es una posibilidad escasa, la posibilidad de que se cierren mutuamente los ojos es nula: a qué extremos tendría que llegar su amor para que, justo al instante de morir, a ambos les alcanzara la vida para posar una mano sobre los ojos del otro;  para que el otro sintiera la palma de la mano querida rozarle la frente, deslizarse sobre sus párpados y mostrarle, como tranquilizándolo, la oscuridad creciente.

Pili de la Rosa y la Sociedad Pro Arte Grateli nos han ofrecido el más conmovedor de los espectáculos que la primera pudo imaginar, la segunda producir y ambas protagonizar.  Y ese espectáculo ha sido su muerte simultánea;  una doble muerte que las libra del infortunio que la desaparición de una sola de ellas hubiera significado para la otra;  una doble muerte que nos confirma cómo aquello que más amamos puede rehusar sobrevivirnos con la misma determinación que nosotros rehusaríamos ser sus sobrevivientes.

Marta Pérez, Demetrio Menéndez y Miguelito de Grandy, tan notables en sus respectivas capacidades, hubieran podido renunciar a la dirección de la Sociedad Pro Arte Grateli por diversas razones:  la edad avanzada, la salud frágil, la certidumbre de haber cumplido con su misión, la actitud de una ciudad cada vez más indiferente, cuando no hostil, al género de teatro y de música que ellos privilegiaban.  Pili nunca hubiera renunciado a Grateli.  La Sociedad misma -que se sobrepuso a la pérdida de aquéllos- no se hubiera sobrepuesto a la pérdida de Pili.  Marta era una gran cantante;  Demetrio, un destacado escenógrafo;  Miguelito, un actor formidable.  Pili era Grateli.

Restaurando ánimos, convocando simpatías

La única de ellos desprovista de un historial en las tablas era, como el corazón en los animales, el órgano impulsor de la sangre que durante cincuenta años fue y vino por los altibajos de la compañía, salvando diferencias, restaurando ánimos, convocando simpatías, resolviendo lo que parecía irresoluble, gestionándolo todo, desde el respaldo de un patrocinador tacaño o un medio de prensa insensible, hasta la disponibilidad de la única butaca que convenía a una clienta impertinente en una sala de más de 2,000 localidades; apuntalando ella sola, tan menuda, el edificio que oscilaba y que, en más de una ocasión, amenazó derrumbarse.

Hubiera jurado que Pili se llamaba Pilar. De haber sabido que se llamaba María, que “Pili” era sólo un mote cuyo origen se remontaba a sus días de bebé, a un mechoncito precursor de su futura mata de pelo, hubiera intentado persuadirla de que cambiara su nombre, no sólo para que enalteciera el presunto don poético de sus padres y, con el don de ellos, el de sus paisanos, sino para que presumiera de ostentar el nombre de mujer más bello de la isla:  Pilar de la Rosa, un nombre que cualquier poeta notable, de los muchos que han cantado la flor, hubiera acariciado para que sirviera de título a uno de sus libros;  un nombre como una frase digna de figurar entre las invocaciones a la Virgen que se escuchan en sus letanías:  Arca de la Alianza, Puerta del Cielo, Estrella de la mañana, Pilar de la Rosa.

Pilar:  elemento que sirve de soporte a una obra arquitectónica.  Busca el obispo de España / pilares para su altar;  /  en mi templo, en la montaña, / el álamo es el pilar, escribió José Martí, descubriendo en los árboles, los sostenes de una bóveda monumental, el cielo, y en la naturaleza en torno, un santuario.

Rosa:  símbolo por antonomasia de la belleza y, a veces, de la perfección.

Pili:  pequeño tallo sobre el cual iba a descansar, durante medio siglo, buena parte del peso de uno de los logros más admirables del exilio histórico cubano:  la Sociedad Pro Arte Grateli.  Pili:  pequeño tallo que, lejos de quebrarse al ver desaparecer a sus compañeros de empresa, se echó todo el peso de la Sociedad encima y, como un caracol a rastras con su concha, se fue con él, maltrecha por los años, risueña siempre, callada por primera vez, hasta la orilla misma de la mar que es el morir.

La ilusión del regreso

Decir que Pili de la Rosa ha muerto y que la Sociedad Pro Arte Grateli ha desaparecido es una redundancia;  eran indisolubles.  La acera, los jardines, el vestíbulo, el alma del Miami Dade County Auditorium se quedan a oscuras sin ellos y Cuba se nos afantasma, porque, aunque no lo reconociéramos, íbamos a las presentaciones de la Sociedad Pro Arte Grateli a repatriarnos, a darnos la ilusión, por un par de horas y media, de que el regreso era posible y de que Cuba seguía siendo aquello que allí, intacto, entre luces de colores, cantos y bailes, encarnaba.  Íbamos a darnos la ilusión, ¡qué ingenuidad!, de que Cuba esperaba, impaciente, por nosotros.

La muerte de Pili de la Rosa y la desaparición de la Sociedad Pro Arte Grateli me devuelven a un poema del siglo XV:  las “Coplas por la muerte de su padre” de Jorge Manrique:

¿Qué se hicieron las damas,
sus tocados y vestidos,
sus olores?

¿Qué se hicieron las llamas
de los fuegos encendidos
de amadores?

¿Qué se hizo aquel trovar,
las músicas acordadas
que tañían?

¿Qué se hizo aquel danzar,
aquellas ropas chapadas
que traían?

Nada se hicieron.  Se hicieron nada.  Como nada se nos ha hecho Grateli y se nos hace Pili;  como nada nos vamos haciendo nosotros.

Un espacio luminoso

El ave más pequeña del mundo vive en Cuba, es endémica de Cuba, mide cinco centímetros y responde a un nombre acorde con su tamaño:  zunzuncito.  Nada de zunzún, pájaro mayor y común en otras regiones de América.  Zunzuncito:  una criatura iridiscente, más fácil de confundir con un insecto volador que con otra ave;  capaz de agitar las alas 80 veces por segundo, alcanzar una velocidad de vuelo de 114 kilómetros por hora, producir una temperatura corporal más alta que cualquiera de sus congéneres y marcar el segundo ritmo cardiaco más rápido del que se tiene registro.

La mujer más sociable y halagadora de Cuba nació en el pueblo de Cruces y respondía a un nombre acorde con su estatura:  Pili.  Nada de Pilar o María:  Pili, una criatura capaz, como el zunzuncito, su compatriota, de aventajar a todos en más de un empeño, y en ninguno como en aquél de salvaguardar un espacio luminoso donde la isla distante permaneciera a salvo de sí misma, porque es ella, la propia isla, la que más daño se ha hecho.

La Sociedad Pro Arte Grateli no ha muerto sola;  Pili de la Rosa, tampoco.  Han muerto juntas.  Vamos a echarles de menos.  Vamos a echarnos de menos.

Sé de quien son las manos que me cierran los ojos.  Voy a extender las mías para cerrar los suyos.

* Palabras leídas en la despedida de duelo de Pili de la Rosa, directora y fundadora de la Sociedad Pro Arte Grateli, el 2 de junio de 2017. 

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