Reforma migratoria: Desertores, escorias y hombres nuevos

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Desde este lunes miles de cubanos inundan las oficinas de Inmigración y del Carnet de Identidad para solicitar el pasaporte con la idea de viajar al extranjero.

Desde este lunes miles de cubanos inundan las oficinas de Inmigración y del Carnet de Identidad para solicitar el pasaporte con la idea de viajar al extranjero.

Por Rafael Rojas*

La reforma migratoria puesta en vigor esta semana por el gobierno cubano no hace más que extender a la ciudadanía de la isla la libertad de movimiento que goza la mayor parte de la población mundial. Aún con las restricciones a profesionales y opositores, que establece dicha ley, es innegable que para los cubanos habrá un antes y un después de enero de 2013 en materia migratoria.

Ahora que los más variados sectores de la población, dentro y fuera de la isla, y la comunidad internacional, celebran la medida, valdría la pena remontarse al origen y el propósito del aislamiento migratorio implementado por el régimen socialista hace más de medio siglo. Sin una comprensión de aquel cierre no es posible calibrar la importancia de esta apertura.

Hace 52 años, la dirigencia de la Revolución Cubana decidió racionalmente insertar a la isla en el bloque soviético e iniciar un proceso de reproducción de los patrones jurídicos e institucionales de las sociedades de Europa del Este. Uno de esos patrones era la incomunicación de la ciudadanía socialista de la población capitalista occidental.

El aislamiento de la comunidad era un requisito indispensable para la construcción de una “sociedad diferente” y de un “hombre nuevo”. En la medida que ese hombre no tuviera contacto con las decadentes criaturas del capitalismo, estaría libre de la contaminación del individualismo y la avaricia que predominaban en el mundo occidental.

Aislamiento de máximo rigor

En el caso cubano -como en el de los alemanes divididos por el Muro de Berlín-, esa premisa del aislamiento y la incomunicación se vio reforzada por el hecho de que, entre 1960 y 1961, a raíz del giro comunista de los revolucionarios cubanos, se creó en Miami, a 90 millas de La Habana, una rica e influyente colonia de exiliados que, respaldada por Washington, se opuso al sistema socialista.

El aislamiento fue aplicado con el mayor rigor. Durante décadas se prohibió y se penalizó el contacto con los miembros de la familia que se hubiesen exiliado. Quien hiciera trámites para emigrar legalmente se convertía en un paria, perdía su trabajo y era obligado a laborar en granjas de castigo. Los que escapaban ilegalmente o los que se quedaban en otro país eran considerados “gusanos” y “desertores”.

En 1980, decenas de miles de cubanos que solicitaron que sus parientes de Miami los rescataran en embarcaciones, fueron sometidos a “actos de repudio” por sus vecinos. Los más altos dirigentes del país, la televisión, la radio y la prensa catalogaron oficialmente a esos emigrantes como “escorias” y en las rutinarias “marchas del pueblo combatiente”, por el Malecón habanero, el grito más escuchado fue “¡Que se vayan!”.

Al fin, los desertores y las escorias cubanas se han vuelto emigrantes, como en cualquier país del mundo. La pregunta que no responde el gobierno es por qué ahora. Según Granma, el país, amenazado y agredido como hace 53 años, sigue su marcha triunfal hacia el socialismo. ¿Renunció la dirigencia cubana a construir la “sociedad diferente” y el “hombre nuevo”? Si es así no estaría mal que lo informaran y, de paso, anularan la Constitución.

*Historiador cubano residente en México. Este artículo se publica por cortesía del diario La Razón, de México.

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