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Un chiste grueso de Abel Prieto

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Abel Prieto presenta su novela Viajes de Miguel Luna en La Habana.

Abel Prieto presenta su novela Viajes de Miguel Luna en La Habana.

Por Carlos Cabrera Pérez

Abel Prieto Jiménez, el ex ministro de Cultura devenido asesor del gobernante Raúl Castro, acaba de hacer el peor chiste cubano de los últimos 53 años.

En una peña literaria que reseña el diario Granma con un título ya revelador, “En un rapto, la risa”, Prieto dijo que los cubanos no hacen chistes sobre la revolución. Si la versión del Granma es exacta y no se trata de un chiste de otoño, el otrora ensayista lezamiano aseveró: “En los cubanos no hay un solo chiste que aluda a la Revolución, ni a delaciones ni a presos de conciencia, ni a personajes escindidos, más bien apuntan a las carencias o a la emigración de forma benevolente, perdonadora, sin rencor ni hiel”.

Y puede que las palabras de Prieto hayan sido fruto de un rapto a causa de la escasez de alimentos, la crisis del transporte público en La Habana o de que padezca de dengue o cólera. O de que lleve una estricta dieta de Moringa, o que sufra las consecuencias del bloqueo yanqui. Pero me inclino a pensar que el risueño ex ministro acaba de cometer un acto de leso cinismo y se ha suicidado civilmente.

Chistes ácidos sobre el gobierno

En cualquier país del mundo, una buena parte de los chistes que circulan entre los ciudadanos son sobre el gobierno, los políticos y la actualidad nacional. ¿Cómo es posible entonces que un escritor y ex alto cargo como Prieto se atreva a pronunciar tamaño disparate, por muy relajado que haya sido el ambiente? Lo más natural, la simple lógica humana indica que un régimen totalitario de más de medio siglo sea objeto de chistes, bromas y rumores -y que los haya de todo tipo- ácidos, más ocurrentes, menos hirientes, incluso a favor del castrismo y sus personeros, incluidos sus dirigentes.

Pero la frase que lo delata -siempre según la versión de Granma-  es que los chistes de los cubanos apuntan a carencias o a la emigración de forma benevolente, pero no aluden a la revolución, ni a delaciones, ni a presos de conciencia ni a personajes escindidos.

A ver, si nos aclaramos, Abel, ¿cómo se te ocurre pensar -y peor aún- decir en público que la gente no hace chistes sobre chivatería, presos políticos o escindidos? Si nada de eso ocurre ni hay personas así en Cuba, ¿cómo quieres que los cubanos hagan chistes sobre lo que no viven? O es que -al meterte en el jardín de la comparación con el humor en el antiguo bloque soviético- se te cruzaron los cables y has acabado reconociendo implícitamente que hay presos de conciencia, que hay delaciones y que hay gente que se aparta del proyecto castrista y se exilia o se inxilia?

Y claro, cuando te refieres al exilio y a las carencias económicas tal parece que son temas recientes en el humor cubano que estarían justificados por la caída del Muro de Berlín, etcétera, etc; o sea, que en Cuba no ha habido exiliados antes de 1989 y hasta esa fecha, la isla vivía en una ambrosía permanente.

Trabalenguas, delaciones y caprichos

Quizá sería oportuno que aclararas ese pequeño trabalenguas en el que te metiste tu solito o en el que te ha metido Granma sin querer queriendo, no solo por tu supervivencia civil en el entramado totalitario del que formas parte, sino porque duele que alguien al que se le atribuye cierto grado de información frivolice con delaciones, seres humanos encarcelados o ex compañeros de viaje sin tu sentido del humor para tragarse sin rechistar las arbitrariedades, caprichos y disparates de Fidel y Raúl Castro.

No se percata Abel que cuando Raúl Castro y su gente, incluso una mayoría de cubanos aparentemente silenciados por la tiranía, lean lo que soltaste, te despreciarán por mentiroso y guataca.

Por ejemplo, cuando aludes a presos de conciencia, ¿en quién estabas pensando? ¿en Ana Belén Montes, la ex experta del Pentágono que fue espía del castrismo, siempre desinteresada en la Seguridad Nacional de USA, o en Jorge Vázquez Chaviano?

Cuando aludes a delaciones, ¿pensabas acaso en los informes que autorizó a pasar tu Comandante en Jefe al FBI y que -entre otras consecuencias- motivó el desmantelamiento de la Red Avispa, con más de 30 miembros, y la condena de cinco espías cubanos capturados con las manos en la masa? ¿Se hacen chistes en Cuba sobre los nueve que no decidieron ser héroes y cooperaron con el gobierno de Estados Unidos? ¿O te referías a los numerosos chivatos de los CDR y otras perlas del castrismo?

Cuando hablas de elementos escindidos, ¿te refieres a Pablo Milanés o a Sirley Ávila León, la delegada del Poder Popular que, harta del desprecio oficial, denunció  públicamente su calvario político y personal?

Un episodio desafortunado

Debemos estar entonces ante otro episodio desafortunado de tu carácter, que no es la primera vez que te juega una mala pasada. Comprendo que retractarte de tu chiste ahora, más que complicado es imposible, porque no existe el mecanismo habitual del derecho a rectificación en la prensa cubana. Incluso puede existir una grabación y numerosos testigos muertos de risa con tu ocurrencia, pero tampoco te conviene mucho andar revolviendo el asunto, porque ya sabes que en las cárceles – y Cuba es una Isla Cárcel- lo único que sobra es tiempo para pensar en cómo fugarse o en cómo joder al prójimo.

Sólo me atrevo a pedirte que reflexiones antes de hablar; aunque te provoquen los partidarios del vacío intelectual y la miseria moral que asola a nuestro país –el tuyo y el mío- y evites, si te fuera posible herir la sensibilidad de una madre, una esposa, hermana o hija que sufre por un hijo o ser querido encarcelado por pensar de manera diferente a ti. Sé que puedes autojustificar el ataque pensando que cobran dólares del Imperio, pero, ¿te imaginas que pensáramos que las “Figuras de la Cultura Nacional” a  quienes resolviste un salario mensual de 100 CUC mientras vivan, son agentes del castrismo, incapaces de pensar por sí mismos, de generar ideas y de crear?

Como en la película Casablanca, siempre nos quedará la duda de si lo dijiste, se te escapó, o como dice Enrisco, los chistes ya te llegaban censurados a tu despacho. Tal vez sucedió que todos tus amigos, novias, familiares y entorno más próximo se confabularon para solo contarte chistes cubanos sobre la emigración y las carencias, pero de “forma benevolente”, sin esa acidez tan usual que recuerdas entre los ex soviéticos del socialismo real.

En esa época previa a tu nombramiento a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) algunos te recuerdan haciendo chistes sobre el peinado del hoy actual vicepresidente primero José Ramón Machado Ventura en los predios del Instituto del Libro, pero eso solo fue un desliz, un chiste de adolescencia política. (Ahora el chiste de Machadito no tiene gracia, porque no tiene un pelo en el coco).

Tufo oficialista

En cualquier caso, tu final político no será como un Watson habanero, sino que quizás tengas que bucear en tu chistosa mente y acudir a amigos leales para que te ayuden a salir airoso de esta atrevida vuelta a la escena. Todo estaba bien tras liberarte del cargo ministerial. Te habían ascendido a asesor del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y estabas calladito y asesorando, mientras tratabas de volver a figurar como escritor y de quitarte el signo -y el tufo- de oficialista que va a perseguirte por mucho tiempo.

Por si te sirve de algo, intento ayudarte con un chiste inclemente que seguramente no conozcas, porque es anterior a tu ensayo sobre el humor cubano, y que quizás refleja mejor el espíritu de tu reciente chiste de humor negro.

Fidel Castro está hablando en la Plaza de la Revolución (¿te acuerdas, Abel?) y afirma que estamos hartos de las campañas de desprestigio contra la revolución y mañana mismo vamos a dar un ejemplo de civismo ante el mundo: todos los que crean en la revolución se van a ahorcar aquí mismo, en esta plaza, delante de los ojos del mundo.

Se produce un murmullo generalizado y el orador pregunta qué está ocurriendo. Un hombre del público levanta una mano y Castro, le dice, a ver, que hable.

-No, Comandante, es que a nosotros, los del Sindicato del Pan y el Dulce, presentes ahora y siempre en las tareas revolucionarias, nos ha surgido una duda…

-¿Qué duda?, los revolucionarios no dudamos jamás

-Sí, Comandante, pero ¿la soga la ponemos nosotros o las van a repartir por los cedeerre?”

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