Grammy Latino 2015: Gusto y sabor del Septeto Santiaguero

PortadaSS-displayPor Michael H. Miranda

La música cubana, ese maltrecho ente que nos une, a veces es zarandeada por algunos eventos que enaltecen su historia y la devuelven a esa pista imaginaria donde se baila, se escucha y se deja querer. Uno de esos eventos recientes es el disco No quiero llanto. Tributo a Los Compadres (2014), del Septeto Santiaguero con el dominicano José Alberto El Canario. Con independencia de que ha conseguido una vez más una nominación para el Premio Grammy Latino 2015, invito a que sea escuchado con atención por la seriedad del trabajo que están realizando estos músicos del oriente cubano en momentos de escasas novedades para tener en cuenta.

En textos anteriores he valorado la importancia que tuvo para mí  -como para muchos, imagino- haber visto por televisión con apenas nueve años los conciertos aquellos de Oscar de León en el Festival de Varadero 1983 tocando clásicos cubanos. Eso marcó mi inclinación por esta música para siempre. No quiere decir que ello no llegó antes porque no me gustara o desconociera la música cubana, porque esa música era la que yo respiraba, aunque nadie en mi familia ni era músico ni mostraba grandes inclinaciones hacia la música. Simplemente tenía que pasar y pasó.

De Irakere y Elena Burke

A mí de niño Irakere y Elena Burke (si no cantaba “Ámame como soy” o “Son al son”) me caían mal, y Los Van Van y las charanguitas típicas que iban a mi pueblo como los Rítmicos de Palma me caían muy bien. Y Los Compadres me gustaban cuando salían en la televisión rusa aquella en blanco y negro, sobre todo si el viejo Hierrezuelo hacía ese sonido percutivo con la boca como de bongó o caballo trotando, eso me mataba. Lo demás llegó después, incluso que comenzaran a gustarme Irakere y la Burke. Pero para eso uno es niño, para elegir gustos con mayor libertad sin tantos compromisos ni cosas de academias y libritos.

De ese momento a hoy no hubo eventos que involucraran a estrellas foráneas tan impactantes como ese. Las visitas de Dizzy Gillespie, Max Roach o Carmen McRae a los Jazz Plaza en los tardíos 80 o de los brasileños creo que fueron bien leídas y digeridas, pero en una dirección que apuntaba menos a la música popular bailable.

Este es un disco pensado y trabajado con buen gusto para enaltecer la herencia de los Hierrezuelo, esos duendes satíricos de la música caribeña, gestores de tantos modos de hacer, y merece ser bien considerado tanto por los músicos como por los críticos y promotores. Ya saben que tras el fenómeno Buena Vista y la expansión del turismo en la Isla proliferaron los formatos de música tradicional casi en cada ciudad cubana, muchas veces para garantizar la sobrevivencia, el típico “hacer sopa” que no pasaba de montar algunas piezas de los Matamoros, Piñeiro, Arsenio, Compay Segundo, Benny Moré y algunos otros. No se puede decir que musicalmente dejaran una huella, pero habrá que reconocerles que mantuvieron vivos de alguna manera varios géneros tradicionales que hoy habrían sido barridos por el reguetón. Este fonograma del Septeto va por otras rutas, se inscribe con agresividad a un más allá de todo eso.

Encerrados en sí mismos

Hace apenas unos años parecía imposible solo imaginar la oportunidad de realizar un disco como este, por la distancia que había entre la música cubana y los circuitos donde suelen moverse estas estrellas de la música caribeña: todas las ciudades del mundo excepto La Habana o Santiago de Cuba. Era más fácil que Los Van Van tocaran en Nebraska que El Canario cantara en La Tropical. Ni por logística ni por voluntad de nadie ni por nada: eso era impensable. También hay que decir que los músicos cubanos se encerraron en sí mismos, por desconocimiento o por mirarse demasiado el ombligo desdeñaron lo que se hacía en el Caribe. Eran los tiempos de ver a los salseros como “el otro”, esos ladrones que se les meten por la ventana y les roban la novia.

Ya hoy, cuando la música cubana es mucho menos atractiva, cuando se ha puesto en algún sentido más conservadora (dicho esto por la ausencia de propuestas verdaderamente renovadoras de lo bailable tras lo sucedido con NG La Banda y la timba en los años noventas), cuando prevalecen reguetón y máquinas por doquier, y es más relevante el cómo lucir que el cómo cantar, aparece la posibilidad de trabajar en conjunto este homenaje a Los Compadres.

Y no veo a otro sonero como El Canario (porque es son puro lo que entrega) para haberlo acometido. El Canario se desdobla aquí, se divierte como exige el repertorio de Los Compadres, juega con estos sones, lo hace como si los hubiera cantado toda la vida, como si formaran parte de su biografía desde siempre. Y su voz, “con el edén que tienen los roncos”, como decía Embale, y sus solos de “flauta humana” (veo que así le llaman en lugar de “flauta vocal”), no pueden empastar mejor con el concepto general de un disco que vuelve a conectar esa zona noble de la música tradicional cubana con otras piezas del entramado musical caribeño, que durante tantas décadas pareció tan lejos, tan inasible.

Punto de partida

Este no es solo el disco de El Canario. Otras muchas voces aparecen en el disco, como Oscar De León (en “Mi son oriental”), Andy Montañez (“Baja y tapa la olla”), Ismael Miranda (“Pensamiento”, una de las más hermosas grabaciones de todas las que se han hecho y se harán de este clásico del espirituano Teofilito, con cuerdas y con el agregado del Orfeón Santiago), Aimée Nuviola (“Metiste la pata”, uno de los pocos donde no interviene El Canario, el único tema prescindible del disco y que muestra la preocupante carencia de grandes voces soneras femeninas en el contexto cubano actual), Eliades Ochoa, Tiburón Morales, Papote Alvarado del Cuarteto Esencia de Puerto Rico, y las del Septeto Santiaguero (Chencho, Giraldo, Rudens y Fernando Dewar), además del percusionista Edwin Bonilla. Pero en verdad todo gira alrededor del dominicano, él es quien protagoniza y lo hace porque aporta las necesarias diferencias. Es difícil encontrar una empatía mejor. Escuchen “Amor silvestre”, aunque sea solo esa, y se darán cuenta de la plasticidad de su voz, sus cualidades para sonear, su carisma y sabor.

Hay que reconocerles y agradecerles a Dewar, al resto de los músicos y también a Alden González, su productor y representante, una de las personas mejor informadas de música a quien conozco y aprecio desde nuestros años de la Loma de Quintero, por este proyecto tan sano y tan bueno. Bueno para escuchar, bueno para bailar. Y que no me sorprendería que contribuya a reconciliar a quienes lo escuchen con lo mejor de la música popular tradicional cubana, tan digna de no tener que remar tanto a contracorriente en estos tiempos.

Quizás haya llegado la hora de que los músicos cubanos vayan a algún diván, “se revisen”. Un buen punto de partida podría ser este disco del Septeto Santiaguero.

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