Reynaldo Miravalles, hablando en cubano

Reinaldo Miravalles durante el homenaje tributado en el club Cuba Ocho, el pasado sábado.

Reinaldo Miravalles durante el homenaje tributado en el club Cuba Ocho, el pasado sábado.

Por Wilfredo Cancio Isla

Reynaldo Miravalles recuerda con exactitud los momentos en que filmaba el cuento El Herido para el filme Historias de la Revolución, con Tomás Gutiérrez Alea. Repasa la escena en la memoria: la concentración, el pánico, la determinación y la naturalidad con que trató de asumir aquel pequeño papel, un lechero que arrastra hasta su carro a un combatiente para salvarlo de una muerte segura.

Era su primer personaje en el cine y Miravalles no tenía mucho que consultarle a Titón, quien encaraba a la vez su opera prima como director de largometrajes y se sentía agobiado por los aspectos rutinarios de una producción cinematográfica. El actor pensó que había salido bien de su bautismo en el cine, pero quería comprobarlo viendo las escenas filmadas.

Repasando los rushes del rodaje -rememora- se le acercó por la espalda el fotógrafo Otello Martelli, uno de los patriarcas del neorrealismo italiano, y lo felicitó por su interpretación.

“Me quedé cagao, como decimos los cubanos”, dice con una carcajada. “Me asusté con el elogio, porque si él lo decía era que había dado en el clavo”.

El arte de la naturalidad

Las palabras de Martelli fueron como una bendición que lo reafirmaría en el ejercicio de la naturalidad, un don que ha acompañado desde entonces a Miravalles en el arte de la actuación. Todo surgió, confiesa ahora, el día en que fue a ver la película italiana Ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica, en un cine de la calle Consulado, en La Habana.
 
“Me fui con un amigo a ver una película italiana y era Ladrón de bicicletas y fue cuando descubrí la forma en que yo quería actuar… el juego de la conversación de los italianos, la frescura de la expresión, hablar como hablaban las personas, no como los artistas”, cuenta. “Eso marcó para siempre mi trabajo y empecé a hablar con la mayor naturalidad posible, sin artistaje”.

Con esa naturalidad de hombre campechano, dicharachero y cubanísimo, Miravalles (La Habana, 22 de enero de 1923) celebró los 90 años el pasado fin de semana, acompañado de antiguos colegas, amigos y admiradores que se congregaron en el club Cuba Ocho, en pleno corazón de la Pequeña Habana de Miami, para escucharle sus anécdotas y recuerdos mejores.

Fue una jornada de reencuentros y rico anecdotario, con Miravalles haciendo gala de memoria y dicción impecable, dueño de una vitalidad no común para un nonagenario. Impresiona aún el paso erguido y la prestancia del actor, que se ha impuesto vivir una ancianidad vital y útil. No me explico que el XXX Festival Internacional de Miami no lo haya incluido entre los homenajeados, porque estamos ante una de las luminarias indiscutibles de la cinematografía iberoamericana y no todos los días se llega en pleno ejercicio a los 90.

Entre Melesio y Cheíto León

El actor habló del personaje de Melesio Capote, una recreación a partir de observar la  cadencia del habla de guajiros de Pinar del Río, “porque no quería hacer el mismo guajiro que todo el mundo hacía”; y también de Cheíto León, el alzado del filme El Hombre de Maisinicú (1973), convertido en referencia popular con dos frases que forman ya parte del gracejo criollo: “Alberto Delgado, cará” y “Pínchalo, pínchalo cabrón”.

“En el Escambray se pasó tremenda hambre haciendo esta película, pero acepté participar bajo la condición de hacer este papel, que era un personaje pequeño en el guión y que yo ví con más posibilidades de enriquecer en la historia”, contó.

También se refirió a la comedia Los pájaros tirándole a la escopeta (1983), de Rolando Díaz, una película que sigue viendo con muchísimo gusto: “Cada personaje tiene una fuerza tremenda, una alegría, un conflicto, todo el mundo brilla, y eso es lo que la hace vital y atractiva para el público… disfruté mucho haciéndola”.

Díaz, que realizó Cercanía (2006) con Miravalles en Miami, filma actualmente un documental sobre la vida del actor.

Tras la tormenta de Alicia en el pueblo de Maravillas (1991), de Daniel Díaz Torres, y en pleno apogeo del llamado “período especial”, Miravalles abandonó la isla y se radicó en 1994 en Miami, donde ya vivía su hijo.

“La situación ‘ambiental’ de Cuba era bien dura”, recordó. “Mi aspiración al salir de Cuba, con unos cuantos años ya, era vivir y trabajar en una situación menos conflictiva y lo he logrado… he podido hacer cine en Venezuela, en Canadá, en España y Estados Unidos, y estoy vivo”.

Inglés a los 80

Una de sus experiencias cinematográficas más retadoras en el exilio fue interpretando un agente de la CIA en el filme El misterio de Galíndez (2003), junto a los actores Saffron Burrows y Harvey Keitel.

“Yo acepté el papel que me dio Gerardo Herrero y me fui a Canadá a ensayar con Saffron Burrows, confiando en el inglés que sabía, pero cuando me escucharon allí no me entendieron ni papa… Eso obligó a cambiar las escenas con ella al español, pero tuve que hacer de todas maneras escenas en inglés, y a los 80 años tuve que ponerme a estudiar y practicar fonética con un asistente cubanoamericano”.

Fue la gran prueba de Miravalles. El asistente le grabó todos los diálogos en que participaba y vinieron interminables horas de estudio y repetición, quitándoselas al sueño. Cuando llegó el momento de la filmación, el personaje tenía una pronunciación perfecta.

El homenaje en Miami -organizado por la Fundación Apogeo- reunió a una pléyade de artistas cubanos del exilio: los actores Ana Viñas, Diana Rosa Suárez, Grettel Trujillo, Carlos Cruz y Orlando Casín; los realizadores Rolando Díaz y Orlando Jiménez Leal; el editor Jorge Abello y el director de fotografía, Luis García.

Feliz, pensando en los 100

El pasado año Miravalles fue a Cuba para rodar Esther en alguna parte, una coproducción cubano-peruana que dirigió Gerardo Chijona partir de una novela de Eliseo Alberto Diego. Era su primera participación en el cine cubano después de 18 años de ausencia.

Fue otra batalla por la naturalidad de su personaje, porque Miravalles devolvió dos versiones del guión, inconforme con el tono de irrealidad de los diálogos.

“Entre Enrique Molina y yo trabajamos muy bien, nos sentimos muy cómodos con los diálogos, que son como duelos verbales entre él y yo”, comentó. “Si me decidí a hacerla es porque se trata de una película que no tiene una pizca de política, no me interesa la política ni quiero molestar a nadie… es una película de emociones y sentimientos”.

Miravalles planea regresar a Cuba para el estreno de Esther en alguna parte.

“Soy un hombre enteramente feliz, he vivido con felicidad en Cuba y en Miami, porque en ambas partes he sentido la admiración de la gente y el calor de los amigos”, confesó. “He luchado para llegar hasta aquí y creo que voy a estar un poquito más todavía, a ver si puedo seguir hasta los 100, más lejos no se puede ir”.

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