Reflexiones de la Caimana: Un infiltrado comunista en Buenos Aires

Por Ramón Alejandro*

Me encontraba yo con 18 años en la gran ciudad de Buenos Aires. Mi padre había aprovechado la ocasión de que la Revolución Cubana iba poniéndose cada vez más zoquetica con su gran vecino del Norte para deshacerse de mí enviándome adonde más lejos le fuera posible.

Yo había accedido con mucho gusto al deseo imperioso que mi querido padre tenía de desentenderse definitivamente de mi destino mandándome desde el Trópico de Cáncer, que pasa justo frente a La Habana, hasta mucho más allá de la línea imaginaria del Trópico de Capricornio, que pasa cerca de Rio de Janeiro.

Hay que decir en su favor que yo no paraba en casa, me pasaba hasta semanas sin volver a ella y le había confesado mi homosexualidad de manera muy agresiva.

La Habana era durante esos cortos meses de euforia colectiva un eruptivo hervidero de singuetas tumultuarias.

Me había enrolado en la Milicia Juvenil Revolucionaria del Instituto de Segunda Enseñanza de La Víbora donde entonces estudiaba y -siendo parte de la aguerrida tropa- había hecho un conmovedor viaje a la Sierra Maestra, con el objetivo de llegar al caserío de La Plata Alta en la solemne ocasión de la proclamación de la Ley de Reforma Agraria u otra gran ocasión del mismo género de las que estaban en boga en esos años.

Naufragio en el Guacanayabo

Pero a causa de la desorganización generalizada y después de casi naufragar en el Golfo de Guacanayabo, y de paso -como quien no quiere las cosas- encontrar el cadáver descuartizado de una miliciana indocumentada en el lecho de un idílico arroyo, nunca llegamos.

Por aquel entonces, Regina, mi hermana mayor, intentaba divorciarse de un angloargentino gerente de la Otis Elevator Company que le había salido cherna, y no sé muy bien qué razón pudo tener para hacerlo, pero el caso es que a pedido de mi padre me acogió en aquel triste hogar, que a la sazón estaba en flagrante trance de descomposición.

Fue en ese viaje iniciático a la Sierra Maestra que me pude dar cuenta del deplorable estado en que vivían los campesinos de mi tierra. Nunca antes había salido de los linderos de mi barrio y era tan guajirito que solamente de ir a La Habana Vieja en guagua me provocaba dolor de cabeza.

Ignoraba totalmente la terrible realidad social de Cuba.

Al enrolarme en la Milicia tuve que comenzar a estudiar el marxismo y quedé encantado con la lectura de un Manual de Materialismo Histórico de un tal Konstantínov, de la Academia de Ciencias de la URSS. Porque leyéndolo me enteré por vez primera de la existencia de Demócrito, Epicuro y Lucrecio, quienes pocos años más tarde tuvieron tanta importancia para mi desarrollo intelectual.

Recién vuelto de ese alucinante viaje a Oriente con la milicia, cayó en mis manos el famoso libro de George Orwell, Animal Farm (Rebelión en la Granja).

Orwell a la vista

Mi conclusión fue fulgurante. Comprendí inmediatamente que eso mismitico que describía magistralmente la fábula de Orwell era lo que se fraguaba en Cuba.

La lectura succesiva del Manual de Materialismo Histórico y del Animal Farm de Orwell me fueron muy saludables.

Aproveché esa favorable y vertiginosa coyuntura de cosas y me piré por 40 años de aquella tumultuosa isla.

Llegando a Buenos Aires me inscribí en una escuela de Bellas Artes y allí hice migas con un esbelto joven porteño de origen italiano, que tenía los ojos dorados más bellos que hasta entonces me hubiera sido dado contemplar. Como en Cuba no ha habido mucha inmigración italiana, esa belleza florentina de Daniel me resultaba completamente inédita y absolutamente deslumbrante.

El buen muchacho era anarquista como toda su parentela. Como la Revolución cubana estaba tan de moda, se interesó mucho en mí, y yo embelesado por su inocente mirada boticelliana no hubiera sabido cómo negarle nada que pedido me hubiera.

Me pidió dunque, o perdón, que en español se dice entonces, que fuera a una reunión de obreros paraguayos en el proletario barrio de Avellaneda para contarles mis experiencias de esa revolución que tenía tan alborotada y llena de esperanzas a toda Latinoamérica.

Preso y acusado de comunista

Accedí subyugado por sus inverosímiles ojazos, pero para ser totalmente sincero, también fue por orgullo nacionalista, porque la extrema juventud nos suele hacer propensos a esa bobería pasajera.

Resultó que en medio de mis respuestas a esos ávidos cabecitas negras, como despectivamente los llamaba la burguesía porteña, una cohorte de milicos armados hasta los dientes tumbaron a empujones la puerta e invadieron la humilde morada donde estábamos reunidos.

Nos sacaron esposados, recuerdo que esa noche triste una enorme luna llena intensamente roja se levantaba sobre el horizonte industrial de esa barriada obrera del sur de Buenos Aires.

Estuve preso 20 días con mi amigo y algunos de sus parientes y compinches anarquistas, compartiendo una gélida celda bastante grande con unos ladrones chilenos simpatiquísimos.

Los periódicos anunciaban con grandes titulares la captura de un infiltrado comunista recién enviado desde Cuba para descuarijingar la democracia argentina.

Mi hermana estaba atacada de los nervios, como se podrán imaginar, y en su única visita a esa prisión de barrio me cubrió de improperios.

La visita del embajador

El entonces embajador de Cuba y su mujer me vinieron a ver muy azorados. Era una pareja de ancianos elegantísimos, rezagados en aquel puesto periférico del mundo habitado, sencillamente porque la joven revolución triunfante aún no había podido renovar a sus representantes acreditados ante la república Argentina.

El bien educadito ocambo me dijo:

“Niéguelo todo, niéguelo todo”, y se retiró dando salticos.

Al día siguiente de su corta visita, él y su señora se metieron de cabeza en la Embajada Americana y pidieron asilo del susto y del tirón.

Mientras tanto en su casa, Regina escudriñaba mis escasas pertenencias quizás buscando explosivos o armas de destrucción masiva, aunque por aquel entonces aún no estaba de moda esa socorrida fórmula que hizo famosa al confirmado borracho y ex presidente dudosamente electo Georges W. Bush.

Lo que encontró fue mi diario íntimo, convirtiéndose en mi primera y no por eso menos apasionada lectora.

Yo contaba en un estilo probablemente muy ridículo mi amor imposible por Daniel y mis amores más carnales con algunos marineros del puerto de esa urbe situada al borde del Estuario de La Plata.

Hasta se lo pasó a una vecina que se convirtió en mi segunda fanática lectora.

Saliendo de la cárcel no podía volver a casa de mi hermana, que estaba furiosa conmigo, así que fui a parar a casa de Daniel.

Vicios platónicos

Yo estaba encantado.

Pero el Diablo que nunca duerme y que todo lo añasca, como dice Cervantes, hizo que la pasión por leer mi diario personal se le metiera en el cuerpo al padre de mi amigo, quien maravillado por mis revelaciones sulfurosas se lo pasó a su hermano mayor, y como resultado de tan ávidas como inquisidoras y -en crecimiento geométrico- sucesivas lecturas, todos mis vicios, platónicos y bastante menos platónicos, divulgados atrocofoco mocairén, que en carabalí así es como se dice a los cuatro vientos, tuve que salir pitando del pintoresco barrio de Avellaneda y refugiarme en la casa de un amigo de una amiga psicoanalista de origen alemán, que trataba insistentemente de que yo iniciara mi psicoanálisis.

Justo en medio de ese trance y bamboleo frenético.

“Estás muy jodido, ché, necesitás tratamiento”, me decía ella compasiva. 

Regina quería mandarme con la misma de vuelta a La Habana, pero yo ni muerto estaba dispuesto a virar para mi lejana Animal Farm.

Hablar mierda para complacer a Daniel era una cosa, pero volver a construir el futuro glorioso que nos proponían Fifo y el Ché, ñínga.

Ya había perdido mis ilusiones, aunque todavía me quedaba ese descabellado orgullo de ser cubano que aún me aqueja.

*Reflexiones de la Caimana es una sección de crónicas y testimonios que publica semanalmente el pintor cubano Ramón Alejandro en CaféFuerte.

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