Reflexiones de la Caimana: Mimí Yoyó de fiesta en París

Ahora es cuando es (2005), dibujo de Ramón Alejandro.

Ahora es cuando es (2005), dibujo de Ramón Alejandro.

Por Ramón Alejandro*

A esa fiesta tan mundana vino mucha gente excepcional, pero quienes más vivo interés suscitaron de parte de los asistentes auténticamente parisinos fueron los segurosos que la Embajada nos mandó.

A nadie le importaba nada si llegaba o no la Vizcondesa Marie Laure de Noailles, quién antaño había financiado los famosos filmes surrealistas El Perro Andaluz y La Edad de Oro de Dalí y Buñuel.

La comidilla de esos franceses tan majaderos era saber cuál de los cubanos presentes trabajaba para el MININT.

Su interés por el entonces joven y ya reconocido talentoso José “Pepe” Triana era relativo.

La cosa que los alebrestaba era saber quién era esbirro o no.

Yo, frívolo y pedante como solía ser de jovenzuelo, aunque algunos murmuran que todavía lo soy, me divertía de lo lindo contándole a mis compinches que Wanda Garatti, la mujer del famoso arquitecto de la nunca terminada Escuela de Danza que la Revolución estaba fabricando en los antiguos terrenos de golf del elegantísimo y occiso Havana Country Club, no sabía lo que era una marioneta articulada del teatro de sombras balinés cuando y se la enseñé.

Una rara mujer de teatro

Nunca había visto una ni oído hablar de representaciones teatrales de la epopeya del Ramayana a la luz de una vela, ni sabía nada de la música de  melífluos gamelanes que la acompañaba.

¡Y pretende ser una mujer de teatro!

Lanzaba yo con sarcástica carcajada entre dos traguitos furtivos y silenciosos sorbidos delicadamente de la copa de champán, que tenía sostenida en precario equilibrio con la punta de mis también articulados dedos.

Allí estaba Mimí Yoyó, también conocida como Miguel Barniz y hasta a veces como Miguel Barnet, contándole a todo ese elegante y exclusivo mundillo sus recientes glorias profesionales con la publicación en siete mil ochocientas lenguas de su maravillosa Biografía de un Negro Bembón. Hablándoles de una nueva novela inédita que tenía entre manos y que ciertamente sería también otro exitazo: La Canción de Suchel.

El vecino inmediato de mi apartamento era James Lord, un divertido millonario americano gran amigo de Giacometti, Cocteau, Picasso y de esa famosa poetisa también americana que fue una de las primeras coleccionistas de Matisse y Cezanne, y que lamentablemente cometió aquellos ridículos versos de “A rose, is a rose is a rose…” que tuvieron tremendo éxito, Gertrude Stein.

Su apartamento también estaba abierto a los selectos invitados de mi amigo de entonces, Fernand Firoulet. Todos iban desde un apartamento contiguo al otro con gran jelengue, ajetreo y pueril excitación. Apreciando los magníficos retratos que Picasso había hecho de James y otras delicadezas que ornaban las paredes de ambos gaos.

Por cierto que aunque no tenga que ver directamente con esta fiesta, hace pocos días supe que todavía el pobre Vittorio Garatti está jalando levas y lamiendo botas, cuando no chupando medias -o calcetines, como debe decirse correctamente- a los funcionarios del gobierno cubano para ver si lo dejan por fin terminar su obra, que se le quedó a medias.

Alicia la Caimana y el italiano incauto

En efecto, Alicia Alonso detuvo en seco su construcción al decretar súbitamente que ese edificio era tremenda mierda, después de una visita relámpago que hiciera a los terrenos de la construcción la Prima Ballerina Assoluta. No le gustó a esa caimana la obra de ese pobre italiano tan oportunamente afecto a la Revolución.

¡Mira tú que pena, chico!

Ricardo Porro lo había embarcado invitándolo a Cuba a tomar parte en el fabuloso proyecto de las escuelas de arte de Siboney, al borde de las entonces aún idílicas riberas del que después se convirtió en el infecto arroyo Quibú.

Ricardo, como cubano al fin, se dio tremenda y justificada prisa en terminar los edificios de las Escuelas de Artes Plásticas que le quedaron de rechupete.

Pero el incauto italiano se durmió en sus laureles y aún hoy día, ya siendo anciano, anda corriendo por toda La Habana atrás de quien pueda ayudarlo a que le devuelvan su siempre postergado proyecto.

Moderno Sísifo.

Ricardo sabía que Perseverancia es una calle que empieza en el Malecón y apenas cinco cuadras mar adentro muere prematuramente en Neptuno.

Que así somos los cubiches, nos mantenemos muy entusiastas cinco cuadras, pero si la cosa queda demasiado lejos nos derrengamos por el camino, asere.

No nos gusta coger lucha por nada, ecobio.

Celosa y sádica

La perseverancia del gobierno revolucionario duró sus cinco cuadras y después fueron a ocuparse de otro asunto con la misma vehemencia con la que el mismito Ché y el entonces carismático Fifo habían dado inicio a ese ambicioso proyecto arquitectónico.

Ahora parece que Carlos Acosta, un joven bailarín mulato talentosísimo que ya hace algunos años anda triunfando en Londres, quiere darle la terminación del proyecto a un famoso arquitecto americano, anglo o algo de eso.

Qué suerte que alguien que no sea Alicia Alonso haya podido descollar en esa escuela del Ballet Nacional.

Será porque es varón y que prudentemente se fue Inglaterra.

Porque Alicia aún vela celosa y sádicamente para que ninguna otra mujer pueda descollar en la escena donde ella quisiera perpetuarse ad infinitum , violando todas las leyes de la naturaleza humana y la más elemental decencia.

Se cuentan por centenas las carreras tronchadas por esta tigresa del tutú. Otra Mimí Yoyó pero de la danza.

Que en la tierra del Máximo Lider Mimí Yoyó por excelencia, el vetusto molde no ha cesado de reproducir a cientos de ejemplares con ese modelito tan típicamente nacional.

Pues así fue como conocí a Pepe Triana y a Mimí, además de Wanda, a quien nunca perdoné ser tan ignorante y no volví a ver jamás.

Que la juventud es dura con los mayores.

Y tiene muchísima razón de serlo.

Consejo en la Calle Ocho

Al despedirse de mí, con mucho cuidado de que nadie nos escuchara, Pepe Triana me dijo poniendo mirada de loco: “Yo vuelvo a Cuba a hacer contrarrevolución”.

A Mimí la volví a ver esporádicamente otras veces, pero no fue sino cuando mi amigo y marchand de pinturas con galería en la Calle Ocho, Israel Moleiro, me dijo; “Te convendría que el Museo Nacional de Arte de La Habana, recientemente restaurado y de nuevo abierto al público, tuviese una pintura tuya. Eso haría subir tus precios en Miami”.

Era verdad, por eso es que cierto amigo mío que es artista plástico y vive en París ha conservado un tallercito en La Habana.

En París no vende nada y, sin embargo, gracias al embargo, los americanos excitados por el carácter prohibido de sus sigilosas excursiones a Cuba, se sienten inclinados a comprar pinturas de jóvenes artistas en La Habana, pero nunca las hubieran comprado en París o Nueva York.

Que el mango que más sabroso nos sabe es aquel que nos robamos cogiéndolo de la mata de un vecino, mi yérnica.

Pero lo que sigue queda para otra reflexión, que ya hoy se me agotaron las meninges, y la tonga de años no perdona.

La próxima vez los llevaré a pasar seis meses en La Habana, bajo el ambigüo y dudoso patronazgo de Mimí Yoyó, y los cantos de sirena del MININT.

*Reflexiones de la Caimana es una sección de crónicas y testimonios que publica semanalmente el pintor cubano Ramón Alejandro en CaféFuerte.

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