Reflexiones de la Caimana: Miguelangel, el corrector cubano de Kim Il Sung

Cuadro homenaje a Kim Il Sung, patriarca del disparate coreano.

Cuadro homenaje a Kim Il Sung, patriarca del disparate coreano.

Por Ramón Alejandro*

No todo puede venir siempre con Iré, a veces se presenta con Osobbo, Iña, Arayé e Ikú.

Porque la cosa se le puso mala a Miguelangel cuando vio que el campo socialista se descampaba por todas sus costuras.

El desmerengamiento soviético le provocó un descuajaringamiento mental con pase para paranoia, mi abbure.

Cuando salimos a pasear cierto día, justo delante de la ceiba que crece frente a la estación de trenes principal de la calle Egido, el tipo se me sentó en un quicio de la acera y empezó a delirar musitándome con voz quejumbrosa que cuando el gobierno cayera a él lo iban a arrastrar.

Yo hice lo que pude para desviar su pensamiento de esa visión apocalíptica sin gran resultado.

Una amiga común, con mucho subuso, me dijo que la madre le había dicho que estaba tratándose con Lithium, porque cuando estaba solito en casa le venía el pánico de que la policía lo venía a buscar a la puerta de su tercer piso.

Me rogó que no se lo dijera a nadie: Mongui por favor -me dijo- porque ya tú sabes como son la gente etcétera. Te lo cuento pero no se lo repitas a nadie.

La gregaria existencia del cubiche

Ese es el prólogo clásico que da inicio a los más truculentos chismes que desolan o alegran nuestra gregarias existencias de cubiches en estos últimos años de deriva final de lo que fue un día una nación con esperanzas de llegar a estar entre las primeras del mundo desarrollado. Ya no estamos muy lejos de los últimos y más rezagados puestos en la carrera al desarrollo. Junto con Uganda, Swazilandia, Burkina Fasso, Haití, Honduras, sin olvidar a Namibia que nos debe su independencia. Además de otras naciones hermanas tan zarrapastrosas las unas como las otras.

El pobre Miguelangel no tuvo suerte en la vida, tenía una memoria prodigiosa que le permitió pasar por inteligente en los cursos de la escuela primaria y secundaria. Pero cuando la vida lo puso a prueba se fundió y se fue a refugiar entre las faldas de Lula, su madre, una mujer de un carácter tan fuerte y bondadoso que lo mediatizó con su amor excesivo.

Perdonen que siga hilando el leitmotiv del abuso consentido en todas sus conjugaciones.

De niño tuvo por decirlo así un serio tropiezo, su padre había sido criado por un padrastro.

Un buen señor cualquiera que se apiadó de su orfandad y lo había adoptado y criado como hijo suyo.

Siendo ya bastante anciano, el alevoso individuo manifestó su aspecto negativo aprovechándose de la inocencia de Miguelangel y puso al niño a chuparle el rabo. Esta relación abusiva duró muchos años hasta que el niño terminó por contárselo a Lula, quien se lo contó al padre, consecuentemente la familia se mudó al apartamento de La Habana Vieja donde yo lo conocí. Quizás esto hubiese sido lo que afectó su carácter, haciéndolo tan dependiente de la buena y sobreprotectora Lula.

También por parte de madre tenía familiares que estaban relacionados con gente muy importante en las altas jerarquías del Ministerio del Interior y fue por ahí que apareció en su existencia Elpidio Manduley, hijo de altos funcionarios policíacos de rancio pedigrí revolucionario, quien aprovechándose de la mansedumbre y de las relaciones privilegiadas de mi amigo con muchos literatos y artistas habaneros, le metió el pie y lo puso a trabajar para la causa, obteniendo muchos datos y conocimeinto de este resbaladizo terreno cultural, siempre sospechoso a los guardianes de los intereses de la clase obrera y vanguardia inmarcesible del proletariado mundial.

Estación en el Infierno

Durante años fue traductor oficial de la embajada de Corea del Norte y tuvo que retocar para redactar en castellano correcto los disparates que los traductores coreanos le entregaban de los copiosos discursos de Kim Il Sung. Una verdadera pesadilla.

Una estación en el Infierno, no de Rimbaud sino de Trespatines. Para eso le sirvió su inteligencia y educación.

Recientemente falleció subiendo una jaba demasiado pesada con unas naranjas que inesperadamente habían aparecido en el agro, la víspera de Nochebuena. La tortuosa escalera de tres pisos que llevaba al destartalado apartamento donde vivía con su madre le provocó un jaratá, como se llama el infarto cardíaco en Miami, final y definitivo a sus 69 años.

Fue amante de Mimí Yoyó, también conocida como Miguel Barniz y hasta a veces como Miguel Barnet, durante unos meses, pero esa amistad nunca le resolvió nada importante. Vivió fingiendo ser comunista sin serlo y ni siquiera logró ser el escritor que hubiese soñado ser.

Leer, que era su pasión, le fue cruelmente vedado porque una simple operación de cataratas le hizo perder noventa por ciento de su visión de un ojo, con pérdida total de la visión del otro.

La operación fue un éxito, me dijo, lo malo es que por falta de higiene en el hospital cogí una infección y perdí ese ojo.

Les prometo que la próxima reflexión será más risueña.

Comenzará en una fiesta muy mundana en un apartamento parisino del célebre barrio de Saint-Germain-des-Pres en honor a Pepe Triana, quien a la sazón estrenaba en el teatro del Odéon su fabulosa Noche de los Asesinos.

Corría el año 1967 y Mimí Yoyó había publicado con estruendoso éxito un año antes su magnífica Biografía de un Negro Bembón que lo llevó a la cúspide de la notoriedad y fue en esa festiva ocasión cuando lo conocí y naturalmente hablamos de Miguelangel, nuestro común y fiel amigo de La Habana Vieja.

Pero por hoy los dejo ponderando cuán diferentes son los destinos de cada individuo.

Como decía la hermanita fea y bruta en el velorio de su hermana linda e inteligente:
Caballeros, no me miren así, que a la que le tocó le tocó.

*Reflexiones de la Caimana es una sección de crónicas y testimonios que publica semanalmente el pintor cubano Ramón Alejandro en CaféFuerte.

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