“El mundo parece resignado a esperar que Castro se muera”

Mario Vargas LlosaPor Wilfredo Cancio Isla

Mario Vargas Llosa, ciudadano mayor de las letras hispánicas, ha obtenido finalmente el premio que merecía hace mucho tiempo. 

El Nobel de Literatura concedido al escritor peruano hace justicia a una vocación creadora que nos ha dejado una de las obras más reveladoras de la contemporaneidad latinoamericana, pero también a un visionario sobre el valor de la libertad.

Vargas Llosa, de 74 años, cuenta que estaba leyendo El reino de este mundo, de Alejo Carpentier, cuando recibió esta madrugada la llamada de la Academia Sueca comunicándole oficialmente el otorgamiento del galardón.

Episodios fundamentales de su trayectoria periodística y literaria se vinculan históricamente con Cuba, los cubanos y su cultura. Fue un testigo excepcional del nacimiento de la ilusión revolucionaria en la isla y también de la desintegración del sueño que marcó la existencia de varios compañeros de su generación.

A raíz del premio, volví sobre la entrevista que sostuve con él hace exactamente 10 años, en septiembre del 2000, publicada en Encuentro en la Red. Por la vigencia de sus reflexiones sobre la realidad del continente y la situación cubana, reproduzco aquí esa conversación con el autor de La ciudad y los perros.

VARGAS LLOSA: “EL MUNDO PARECE RESIGNADO A ESPERAR QUE CASTRO SE MUERA”

Miami era una escala obligada para Mario Vargas Llosa en la breve gira norteamericana para presentar su más reciente novela, La fiesta del Chivo (Alfaguara Internacional, 2000), un extenso relato que repasa los 30 años del régimen tiránico de Rafael Leónidas Trujillo en la República Dominicana.

El mercado de lectores en español del sur de la Florida se ha disparado en proporción con el torrente migratorio latinoamericano —especialmente cubano—que en la última década ha cambiado el rostro y las proporciones demográficas de la ciudad. Pero Miami no sólo ostenta ya estadísticas de gran metrópoli. Es también el escenario de la diversidad latinoamericana, donde conviven y reproducen sus tradiciones culturales peruanos y colombianos, cubanos y dominicanos, nicaragüenses y colombianos, venezolanos y puertorriqueños… Un gigantesco mosaico multiétnico que en la arrancada del siglo XXI se perfila como emergente capital de las Américas, a pesar de los pesares.

Y donde —por esas mismas razones— la terrible historia de caudillismo tropical que recrea La fiesta del Chivo es referencia cercana y herida abierta en buena parte de la comunidad hispana. “Presentar aquí la novela es hacerlo dentro de un microcosmos de América Latina”, confesó Vargas LLosa, de 64 años. “Al mismo tiempo, hay una comunidad cubana muy amplia y especialmente sensible al tema de la dictadura, el autoritarismo y la brutalidad convertida en institución política”.

Cuba, sus desgarramientos presentes, el papel de sus intelectuales, la inercia de la comunidad internacional y la hipocresía de la izquierda ante el régimen de Fidel Castro, marcaron el tono de esta conversación con el célebre autor de La guerra del fin del mundo a su paso por Miami el pasado septiembre.

¿Cómo usted valora la actual situación de Cuba en el contexto internacional? ¿A qué atribuye la pasividad y hasta la deferencia que le profesan ciertos gobiernos democráticos al régimen de La Habana?

Desgraciadamente pasa con Cuba algo muy triste: hay una comunidad internacional que parece haberse resignado a la existencia de la dictadura cubana, que hoy ya ostenta el triste privilegio de ser la más larga en la historia del continente. La comunidad internacional parece dispuesta a aceptar que esa dictadura terminará con la muerte de Fidel Castro, pues prácticamente no existe hoy una presión sobre el régimen como la que hubo años atrás, salvo la que ejercen algunos grupos muy heroicos dentro y fuera de Cuba, pero que no cuentan con el respaldo que debieran tener de los países democráticos. Hasta hemos visto recientemente al presidente de Estados Unidos , William Clinton, dándose la mano con Fidel Castro. Puede ser una casualidad, pero es también todo un símbolo de resignación, de aceptación de la comunidad democrática de una dictadura que, justamente por haber llevado al país a una situación crítica, ya no representa el peligro que se pensaba hace unos años. Ese cansancio favorece a los designios de Castro. Y lo veo con mucha pena, pues da la impresión de que todo el mundo parece resignado a esperar que Castro se muera para que la isla se sacuda de la dictadura que padece.

Por largos años los movimientos de izquierda latinoamericanos —muchos de ellos incitados y hasta financiados desde La Habana— representaron un baluarte de la defensa del régimen cubano en la arena internacional. Hoy evidentemente las circunstancias han cambiado, pero aún la influencia castrista es capaz de movilizar a admiradores latinoamericanos y europeos, incluyendo a los llamados “militantes de la izquierda festiva”…

Sí, hay grupitos de la izquierda que todavía defienden a Fidel Castro, pero son muy pequeños e insignificantes. Hay una izquierda que se siente como incómoda y avergonzada de identificarse con una dictadura tan prolongada, que ha llevado a Cuba a una situación de empobrecimiento y marginación. Lo que es muy difícil a estas alturas es encontrar una izquierda que trate de ganar votos presentando a Cuba como modelo. La izquierda con una actitud típica no habla del tema cubano, mira a otros lados y se refiere a otros temas. Ni siquiera menciona ya el caso de Cuba; lo que hace es atacar a quienes todavía mantenemos una actitud crítica activa contra Castro. Pero no se atreven a defenderlo. Pero, ¿quién se atreve a defender hoy en día a Fidel Castro? Habría que ser políticamente un suicida.

Como hizo recientemente ante el plenario de Naciones Unidas, Castro se autopromulga como luchador incansable de la pobreza del mundo. ¿No cree que esa imagen continúa cautivando a sus seguidores alrededor del mundo?

Bueno, si alguien puede hablar de pobreza en este mundo es Castro, pues ningún gobernante ha empobrecido tanto a su propio pueblo como él en los 42 años que lleva en el poder. Es decir, puede hablar con absoluto conocimiento de causa…

Usted fue uno de los intelectuales latinoamericanos que brindó desde el comienzo un entusiasta respaldo a la Revolución cubana, hasta que sobrevino la ruptura por el “caso Padilla”, en 1971. ¿Cómo usted siente a nivel personal el proceso cubano de las últimas cuatro décadas?

Tengo mucho cariño hacia Cuba y muchos amigos cubanos, de manera que el caso cubano lo vivo hace 42 años muy de cerca y muy de adentro. Para mí, como para muchos latinoamericanos, Cuba representó una esperanza extraordinaria y luego vino la terrible decepción que ha ido acrecentándose con el tiempo. Es un caso que ningún latinoamericano podría dejar de sentir como propio, pues lo que ha ocurrido en la isla ha tenido una tremenda repercusión en nuestro continente y ha marcado, en un sentido u otro, el rumbo de nuestras sociedades y nuestras vidas.

¿Tiene aún amigos allí?

Recuerdo a buenos amigos de los primeros años, como Ambrosio Fornet y Jaime Sarusky… Ojalá pudiera darles un abrazo pronto.

¿Quisiera volver? Tal vez para escribir reportajes como aquellos que concibió al filo de la efervescencia revolucionaria de los años 60…

Yo voy a volver. En el justo momento que la dictadura se derrumbe y se abra una puerta, seré uno de los primeros en volver a la isla a celebrar con los cubanos el regreso de la libertad.

¿A qué atribuye que la intelectualidad juegue un papel tan pasivo y hasta muestre una actitud genuflexa dentro de los sistemas totalitarios, cuando incluso muchos de esos intelectuales admiten y critican en privado la incapacidad del régimen?

Por una parte, el sistema es tan aplastante y destructivo que coloca a los intelectuales ante una alternativa terrible: la de ser sumisos o héroes. Y muy poca gente tiene la vocación del heroísmo. Declarar que la Patria es de todos —como hicieron los cuatro disidentes que firmaron el documento con ese titulo— puede significar un acto subversivo, suficiente para enviarlo a uno a la cárcel por cuatro o cinco años. Eso basta para explicar y entender por qué muchos intelectuales y muchos cubanos en general prefieran callarse y muerdan amargamente lo que debe ser para ellos una inmensa frustración.

A raíz del caso del niño Elián González, usted escribió un artículo (Vida y miserias de Elián, abril del 2000) donde analiza los acontecimientos como una “maquiavélica provocacion” de Fidel Castro contra los exiliados de Miami. El texto fue muy comentado incluso en Cuba, donde algunos interesados burlaron la censura y lograron obtenerlo en la Internet.

Me alegra mucho saber que mi articulo sobre Elián se haya leído en Cuba aunque haya sido en circunstancias de censura. Traté de analizar el caso a partir de la sensación de impotencia que debe muchas veces abatir a los cubanos del exilio, que sienten pasar los años sin que prosperen sus esfuerzos para acabar con la dictadura que asola a su país, mientras que la comunidad internacional parece mas inconmovible que nunca e incluso ayuda a sobrevivir a Fidel Castro enviándole turistas y dólares, o montando allí industrias que aprovechan el trabajo esclavo de los nativos. Pero la lucha política no debe ceder a la irracionalidad o la pasión, y los exiliados cayeron en un error e hicieron un daño a su causa al negarse a acatar las decisiones judiciales y administrativas que ordenaban la entrega de Elián a su padre. Las dictaduras tienen ventajas indiscutibles sobre las democracias cuando se trata de resolver diferencias sobre el terreno de la legalidad. En el caso de Elián, la ley dentro de una sociedad democrática sirvió a los intereses de un tirano inescrupuloso que se apoyó en ella para ganarle una batalla a sus adversarios e intentar legitimar sus actos. Pero el respeto de la legalidad como base del sistema democrático no puede estar subordinado a la justicia de una causa. La patria potestad es un valor respetable, aun cuando en este caso le dio un poco de oxigeno a la dictadura cubana. La arbitrariedad es el mejor caldo de cultivo para las dictaduras.

El tema de la dictadura ha sido recurrente en sus ficciones. En Conversación en la Catedral fabuló con el general Manuel A. Odria, ahora en La fiesta del Chivo, con Trujillo… Aparte de Cuba, ¿estamos llegando al final de la época de las dictaduras latinoamericanas?

Deberían ser ya pasado histórico, pero desgraciadamente terminan siendo procesos del presente. En algunos países del continente esta nefasta tradición se ha interrumpido y hay gobiernos democráticos, pero en otros la descomposición de la democracia es tan grande que la dictadura está gravitando como un fantasma sobre esas sociedades.

¿Se arriesgaría a volver al escenario político como lo hizo para las elecciones del Perú en 1990?

No. Mi paso por la política fue accidental y transitorio. Pero sí estoy en la actividad política como un ciudadano, un intelectual que escribe artículos y participa en el debate público, y sobre todo defiende un retorno a la democracia en su país. Creo que ésa sí es una obligación como ciudadano e intelectual.

Miami, 8 de diciembre de 2000

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