Cuba termina en Río con la peor cosecha olímpica en 44 años

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Mijaín López, el gran acorazado cubano de la lucha greco.

Por Eric Reynoso

Cayeron finalmente las cortinas de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 y la delegación cubana se va con una magra cosecha de 11 medallas, una cifra que nos devuelve al punto de conquistas en que andaba el deporte nacional hace 44 años.

Sí, efectivamente, las cinco preseas de oro, dos de plata y cuatro de bronce, son el peor saldo. al menos en cantidad, desde Munich 1972, cuando se obtuvieron ocho medallas, tres de ellas doradas a cargo de los boxeadores Teófilo Stevenson, Emilio Correa y Orlando Martínez.

La diferencia es que  Munich’72 marcó entonces el despegue olímpico del movimiento deportivo impulsado después de 1959, luego de una década de cuantiosas inversiones, contratación de legendarios entrenadores foráneos y una política sostenida de estimulación de los valores atléticos como parte de un reconocimiento social. En Montreal’76 se alcanzaron 13 con el pico de 31 (14 de oro) en Barcelona’92.

Retroceso imparable

En Río, el descenso en el medallero es el síntoma de un retroceso imparable que refleja la crisis general de un país lleno de talento, pero devastado por la incoherencia de una política deportiva, más política que deportiva.

Dos deportes sacaron ahora la cara por Cuba a la hora de garantizar medallas doradas: boxeo y lucha grecorromana.

El boxeo dio un salto sorprendente con relación a la pobre actuación de Londres 2012 y coronó a Julio César La Cruz, Arlen López y Robeisy Ramírez, quien revalidó su título de hace cuatro años.  Los púgiles aportaron además otras tres medallas de bronce, lo que reafirma al boxeo como el caballo de batalla histórico de nuestra cosecha olímpica.

Mientras, la lucha greco proporcionó los dos restantes títulos por vía del ya legendario Mijaín López y de Ismael Borrero, a la vez que sumó una inesperada presea plateada con Yasmani Lugo. El panorama fue muy diferente para los luchadores libres, que se fueron en blanco, muy por debajo de ocasiones anteriores.

Las dos medallas restantes a cargo de la judoca Idalys Ortiz y la discóbola Denia Caballero, única galardonada en el atletismo, que quedó como el gran fiasco de la delegación cubana.

Meta cumplida, resultados para olvidar

Esto permitió a Cuba cumplir con la meta de terminar entre los 20 primeros países en la tabla de posiciones, pero con un déficit preocupante de preseas y resultados como delegación olímpica. Cumplir esa meta con semejantes dividendos es como llenar una formalidad, como si se tratara de un informe de rutina para la próxima reunión del Consejo de Ministros.

Ni el atletismo, ni el judo ni el canotaje ni el taekwondo pudieron acercarse a los pronósticos fijados en los días previos a la competencia desde las oficinas del INDER, con la cotorrona complacencia de algunos comentaristas deportivos del oficialismo. Tampoco se materializaron las expectativas generadas por el gimnasta Manrique Larduet, que ciertamente hizo un esfuerzo encomiable al competir afectado aún por una lesión.

No hablemos del voleibol masculino, único deporte de conjunto que compareció a Río, porque sabemos que estaba predestinado a la debacle. Fueron cinco derrotas aplastantes de las que no podría librarse  la escuadra, luego que seis de sus titulares fueron impedidos de asistir a los Juegos por hallarse bajo arresto en Finlandia.

Pudiera ahora pasarse balance de las lesiones que diezmaron el rendimiento de nuestros representantes, particularmente en el atletismo. Ni el triplista Pedro Pablo Pichardo ni la pertiguista Yarisley Silva estaban suficientemente recuperados como para dar lo mejor de cada uno en sus respectivas disciplinas. Dayron Robles, que estaba en la lista de los competidores al conformarse la delegación, no pudo salir a la pista y con ellos se cerró, tal vez para siempre, su empeño olímpico.

Se esperaba algo de los triplistas Lázaro Martínez y Ernesto Revé, pero ambos estuvieron en jornadas fatales. Martínez clasificó para la final, pero al parecer se le acabó la gasolina y en los saltos de la verdad ni siquiera se aproximó a los 17 metros.

Algo para entusiasmarse

Del atletismo anota dos puntos sobresalientes: El relevo masculino 4×400 metros (Yoandys Lescay, William Collazo, Adrián Chacón y Osmaidel Pellicier), que entró sexto con la segunda mejor actuación olímpica de una cuarteta después de la plata de Barcelona’92, y un tiempo de 2:59:53 que clasifica como el cuarto mejor  de corredores cubanos en toda la historia. Y el maratonista Richer Pérez, que se ubicó en el puesto 46 entre 155 competidores, con un tiempo de dos horas, 18 minutos y cinco segundos, que es el mejor de un corredor nacional en estas lides.

Pero de todo el entramado competitivo de los cubanos, lo que más entusiasmo me proporcionó -hablo desde una perspectiva muy personal- fue el desempeño de los los voleibolistas de playa Sergio González y Nivaldo Díaz. El quinto lugar de esta dupla, marcado por una impetuosa competitividad y el afán de no cejar en el sueño, a pesar de su inexperiencia, fue acaso la mayor sorpresa cubana en Río. La entrega y  la alegría de estos dos jóvenes en su batallar fue acaso la estrella más refulgente de todo el desfile cubano por Río.

La XXXI Olimpiada moderna también nos proporcionó el encuentro con una realidad cada vez más frecuente en este mundo globalizado y cambiante, donde los pabellones nacionales suelen trastocarse con volatilidad: la presencia de “otros cubanos” que compitieron representando banderas que no eran la de la isla.

Retórica del pataleo

No me refiero a atletas como el laureado gimnasta Danell Leyva o del remero Robin Prendes, ambos nacidos en Cuba pero formados como deportistas en Estados Unidos. Hablo de figuras que entrenaron, ascendieron como atletas e incluso representaron a Cuba como parte de selecciones nacionales antes de irse a otro país por motivos que van desde el amor al desencanto. Como nunca antes, en Río vimos el rostro de estos cubanos que con bandera de España, Italia, Azerbaiyán o Turquía formaron también parte de esta historia con dignidad y denuedo.

Pongamos a un lado la estupidez del comentarista Randy Alonso calificando de “ex cubano” al vallista subcampeón olímpico Orlando Ortega, porque eso forma parte de la retórica del pataleo. Los cubanos de a pie ya están mirando con normalidad esta alternativa, y Randy o cualquiera de los amaestrados del  discurso oficial podrán decir lo que les dicte la circunstancia para sobrevivir en sus puestos. La realidad va por un lado muy diferente y, en esencia, las medallas de Ortega, del vallista Yasmani Copello, del boxeador Lorenzo Sotomayor, del luchador Frank Chamizo o del voleibolista Osmany Juantorena, las sienten también suyas los cubanos de la isla, más allá de lo que la Mesa Redonda o el periódico Granma se desgañiten en inculcar.

Los resultados de Rio de Janeiro son realmente una decepcionante cosecha para el deporte cubano.  Ahora podrán venir los análisis de la dirección del INDER, deporte por deporte, caso por caso, y con algún discurso programático de Fidel Castro en la mano, como hace en su comentario de hoy Oscar Sánchez Serra, enviado especial del Granma. Pero lo que nadie podrá eludir, de manera más o menos cantada, es que el descalabro nacional es la verdadera causa de este descenso en picada, agravado por la acumulación de factores que van desde los recursos económicos a la apatía del deportista.

La evidencia es que el deporte cubano amerita una restauración desde los cimientos. Si no, en Tokío 2020 la película será la misma, con béisbol añadido.

MG Revista de Marketing

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