Reflexiones de la Caimana: Los que lloran y los que ríen

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Demócrito y Heráclito, oleo sobre tabla de Rubens.

Demócrito y Heráclito, oleo sobre tabla de Rubens.

Por Ramón Alejandro*

Un tema recurrente en la pintura del siglo XVII europeo es el de dos viejos, uno que llora y otro que ríe.

Son dípticos de la mano de muchos grandes maestros.

Velázquez se disparó el suyo como era de rigor entonces. Todos los gobernantes que se respetaban le pedían a sus pintores de corte que les representaran a Heráclito llorando y a Demócrito riendo para demostrar a los cortesanos y a los eventuales embajadores extranjeros lo leídos y escribidos que eran.

Pero no crean que esas imágenes eran tan insignificantes como pueden serlo hoy las Marilynes sonrientes de Andy Warhol, o los mofletudos colombianos con bombín y corbata de Botero.

Cada uno de nosotros está dotado por la naturaleza de nuestra curiosa especie de un sentido ético profundo y básico que es común a todo el género humano. Las diferentes culturas lo educan para obtener los resultados que cada una de ellas valoriza prioritariamente.

Moral y experiencia humana

Las diferentes experiencias por las que pasa cada individuo hacen el resto para que cada uno desarrolle una moral que le es particular y única.

La ética es una. Las morales pueden ser muy diferentes y hasta divergentes las unas de las otras.

Esa es la raíz de todos nuestros malentendidos con sus subsecuentes peleas, querellas, riñas, broncas, rififís y ¿Qué coño es lo que tú te crees, asere?

Pueden terminar en puñaladas traperas.

Quien por temperamento tiene la tendencia de llorar ante el triste espectáculo del mundo con sus incesantes cambios de fortuna, y todo tipo de imprevisto accidente o súbita buena fortuna, puede ponerse a llorar como Heráclito, lamentando no poderse bañar dos veces en el mismo río porque ya sus aguas serían otras que aquellas en las que ayer se sumergió.

Quien por temperamento tiene la tendencia a reír del espectáculo que mutuamente nos damos los humanos con nuestro comportamiento social y las múltiples ridiculeces en las que nos hace caer, sigue el consejo que nos dio Demócrito. Reírnos de todo este burlesco espectáculo y hasta de la dolorosa certidumbre de que nos tengamos que morir un día.

Demócrito seguía a su maestro Leucipo, pero antes de que los griegos se hubieran puesto a pensar, ya otros pueblos habían pensado antes que ellos, lo que sucede que muy pocos son los que recuerdan con agradecimiento a los maestros que les han ayudado a comprender la existencia humana y este extraño mundo en que por fuerza tenemos que desenvolvernos.

Cuando los turbulentos monjes cristianos decidieron eliminar de la memoria humana todo conocimiento filosófico, procedieron primero que nada a quemar los 300 volúmenes de las obras de Demócrito.

No dejaron ni una sola página.

Sabemos de él y de su pensamiento gracias a Epicuro y a Lucrecio quienes divulgaron su filosofía después de que se muriera de risa el Maestro.

Fue él quien fundó el pensamiento materialista del cual es consecuencia, a pesar de los esfuerzos de la Iglesia Católica por impedirlo, el maravilloso progreso material y tecnológico del que disfrutamos hoy en día en este mundo globalizado.

Siguiendo esta escuela de pensamiento, Lucrecio nos explicó en su largo poema De Natura Rerum, la Naturaleza constituída por átomos, y repitiendo la enseñanza de Epicuro nos dijo que no debíamos temer a la muerte porque cuando ella está, ya nosotros no somos, y mientras nosotros somos, ella no existe. O sea, que nunca estaremos en relación con ella.

El ideal de estos materialistas era la “Ataraxia”, es decir, la ausencia de sufrimiento. El mayor placer era el de simplemente existir sin miedo ni necesidades. Sin lucha. El mayor placer era no sufrir. Recomendaban una vida simple satisfaciendo los placeres naturales y necesarios.

Sufrir y gozar

Como podrán comprender al histérico de San Pablo, quien confesaba vivir con una espina clavada en sus carnes que nunca explicó claramente en sus escritos de qué se trataba, no podía gustarle esa manera de ver la vida.

El nos recomendó sufrir y gozar de esas espinas en la carne, que sólo su quimérico Dios Único puede saber que diablos sean.

Pero cuando con el Renacimiento Italiano se le desmerengó el tinglado de la escolástica que la Iglesia instituyó para enredarle la mente a sus creyentes de manera a que siguieran, contra toda elemental razón y simple lógica, creyendo en esos fantásticos mitos importados por los cristianos desda la exótica Palestina, poco después ya pudo aparecer en Holanda Baruj Spinoza, hijo de judíos españoles y portugueses expulsados de la Península Ibérica por la Inquisición, a darnos la solución del dilema que los puntos de vista divergentes que Demócrito y Heráclito nos proponían.

Spinoza nos dijo simplemente: “Ni llorar ni reír, sino comprender”.

Y de paso, como quién no quiere las cosas: Ahí donde dicen Dios, entiende tú: “Natura”.

Que se puede engañar a muchos por muy largo tiempo, pero que siempre en el fondo de la mente de cada ser humano reside ese Buda, el Maestro Interior que desde el fondo del tiempo sin comienzo ni final, termina por disipar las tinieblas del oscurantismo y la superstición. Solo usando la razón podemos esperar reducir en lo que sea posible tanta jiña, riña, pelea absurda, e infelicidad sobre las que medran las religiones tradicionales para mantener su siniestro modus vivendi.

Ganándose la vida descaradamente con la fe de los incautos y los incultos.

*Reflexiones de la Caimana es una sección de crónicas y testimonios que publica semanalmente el pintor cubano Ramón Alejandro en CaféFuerte.

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