Abortos en Cuba: "Abre las paticas"
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- Publicado el Sábado, 12 Mayo 2012 08:17
- Por Café Fuerte
Siete de la mañana en Maternidad Obrera. El miedo me hace sudar. La sala de legrados está repleta de mujeres impacientes: unas nerviosas, otras muy seguras; todas con deseos de que acabe pronto la espera.
Mujeres que comparten su vivienda con varias generaciones; el salario que perciben no resuelve su existencia ni la de su familia, la comida que pueden comprar con él no les alcanza para llegar a fin de mes.
Por un error de la muchacha de admisión debo bajar a recoger mi historia clínica, así que pierdo el turno. Antes de irme escucho por tercera vez a la enfermera: “no puede haber hombres aquí, las que no vengan con una mujer para que las acompañe no se hacen el legrado.”
El muchacho al que va dirigido el mensaje mira a su pareja, le da un beso y sale mientras ella repite que no tiene quien la cuide, solo su esposo.
Bajo. Luego de unas gestiones regreso con la historia clínica en la mano. Ya han repartido las diez camas que hay y sigo esperando aunque los legrados diagnósticos tienen prioridad. La espera me permite interactuar con la gente, escuchar historias, opinar (poco).
En una camilla traen a las mujeres anestesiadas, el camillero parece haber pasado un curso de estibador y sabe muy bien cómo tiene que hacer para que el bulto caiga como un saco de cemento en la cama. Intento ayudarlo y no me deja.
La enfermera se da cuenta de que no debo esperar tanto y me da la segunda cama que se desocupa. Le hablo bajito, le pido un sitio con mas privacidad. Según ella no tiene sentido el cambio, si cuando salga del salón voy a estar dormida.
Todo es rápido: cámbiate la ropa, ve con el anestesista que solo pregunta si eres alérgica a algún medicamento, pasa al banco de espera, ve rodándote en el banco a medida que entra la que le toca, ponte unos improvisados zapatos de nailon y un gorro de tela verde cuando apenas te falten tres personas para entrar.
Mientras, veo salir dormidas a unas y escucho las historias de otras.
Calculo: hoy deben hacer unas 20-25 interrupciones, de martes a viernes sumarían cien (o casi) por semana. Es un país sin futuro, pienso.
Una muchacha de veinte años repite no estar nerviosa porque en su familia “todas las mujeres han pasado por esto..”. Los lamentos de una señora que perdió la criatura y la “limpiaron” sin anestesia inundan la sala.
Detrás de mí sigue una con un bebé de ocho meses de nacido, y no puede parir ahora. Pero las más impresionantes son las que están delante: una madre de 35 años con poco tiempo de embarazo que ya tiene tres hijos grandes, dos varones y una adolescente de 15 años que también está en cola para hacerse una interrupción.
La niña entra llorando al salón.
El médico habla con la madre: “esto es voluntario, vamos a esperar un ratico, si cuando vuelva a entrar se sigue negando, la sacamos de la sala. No podemos hacer nada en contra de su voluntad.”
La madre pregunta: “¿y quién lo va a criar, yo? Porque ella (la hija) no quiere perderse al Chacal cuando canta.”
Llegan otras parientes de la niña: “¿qué es lo que te pasa? Yo pensé que anoche todo había quedado claro, deja de llorar y entra que estás muy joven pa´ desgraciarte.”
Hasta una asistente de la sala dedica unas palabras a la muchachita: “No puedes ponerte así, ¿por qué lloras? Seca esas lagrimitas. Tienes que estudiar porque nosotros los negros tenemos que estudiar pa que después no vengan los blanquitos a quitarnos del medio. Así que ahora tú vas a entrar ahí, sin llorar, vas a abrir las paticas como mismo lo hiciste pa que te la metieran, vas a respirar profundo y luego no vas a sentir nada.”
La niña se convence, entra.
La madre anuncia: Mañana le voy a dar una zurra, mira que me da dolores de cabeza. Pobrecita, le digo, está pasando por un mal momento. Me callo enseguida cuando siento su mirada de dolor: “yo también paso por un mal momento, me paso la vida trabajando, se lo doy todo y mira como me paga.”
Entro al salón, el médico hunde sus dedos dentro de mí: “¿cuánto tiempo tienes?”, pregunta con brusquedad. Cuando le aclaro que lo mío es un legrado diagnóstico el trato cambia, se torna más dulce, menos ansioso.
Me pinchan y ya no siento nada.
*Esta crónica se reproduce por cortesía del sitio digital Havana Times. Agradecemos a su director, Circles Robinson, y a la autora de este artículo por esta colaboración.
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